Y nunca de su corazón (XVII)

By on abril 11, 2019

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V

“EL DEGOLLETE”

(jarana bravía, de nervio, aptitud y sudor).

Muchos años pasaron desde que Evaristo Quiñones mató a don José D. Pamplona.

Cierta vez, Gurmina, cazador entonces por necesidad, salió a lamparear venados en unión de otros compañeros. Hicieron el viaje en camión carguero porque iban muy lejos, más allá de la sierra, hasta los bosques del sur cercanos a la “mojonera Put”, entre Quintana Roo, Yucatán y Campeche. Su batida debió ser de días, y aun de semanas, pues cobrar muchas piezas, cocerlas bajo tierra y obtener pieles, eran su vivir sin hambre.

Dos días después de abandonar Chíabal, ya muy adentro en los bosques del sur, se inició una terrible tormenta con rayos y fragor de truenos. Una tormenta infernal. Diluvio en la selva. Cantar tenebroso del viento en las frondas. Árboles por tierra al impacto del rayo, hechos pira que la lluvia no lograba apagar.

Les ganó la noche con profundas tinieblas, menos densas a ratos por la luz de los relámpagos. Mas después se cerraban espesas sobre sendas y trochas por el cielo nublado y el vapor neblinoso que subía del suelo. Dejaron su campamento y fueron en busca de un albergue providencial.

El camión resbalaba en el barro de los caminos, y la luz de sus faros no iba más allá de un “mecate” escaso. A las diez de la noche los llenó de esperanza una luz mortecina que a lo lejos guiñaba su pupila de gato. ¿Era real ese faro, respuesta a sus gritos de auxilio, insensatos, en medio del fragor de los elementos sin freno? ¿Era acaso el mirar luminoso de algún mínimo insecto? Gurmina y su tropa redoblaron sus gritos de ¡juuuuu!, ¡juuuuu!, ¡juuuuu!, y a la luz entrevista pusieron el rumbo. Llegaron a ella, en una casa ripiada, solita en la selva, Eusebio hizo acopio de fuerzas para vencer el estruendo del huracán y gritó:

–¡Juuuuu! Aquí venimos a que nos presten su techo. –Y otra voz respondió, también estridente, al tiempo que alguien abría, sin hacerlos esperar mucho:

–¡Que pasen, señores! Ya están en su casa.

Se apearon del vehículo todos, veloces. Gurmina alzó en alto el quinqué de viento para verle la cara a quien así les daba asilo, tal vez un chiclero, y dio un grito de espanto.

–¡Varish! ¿Eres tú? O estoy viendo visiones.

–Soy yo, Seb. No estás viendo visiones. Soy el mismo Varish, tu amigo y hermano.

–¡Páaaaasu mecha sáaaaamare! Mi hermano, si ya estás difunto, enterrado y podrido.

Evaristo sonrió desconfiado viendo a los otros venir con su rifle.

–Mas si tienes miedo ¿ja?, Varish. Ya no soy policía. Ahora mato venado. De eso vivo y éstos también, la cochina política no da más que disgustos.

Se acercaron los otros y reconocieron al prófugo algunos. Porque los había muy jóvenes que, cuando el crimen, eran muy niños. Y Eusebio los hizo jurar que nada dirían. Y juraron sobre la promesa blasfema contra su propia madre, los que la tenían, contra su memoria los que la tenían muerta.

La lluvia cantaba ritmos variados sobre las frondas del bosque y sobre el techo de “huano” de la casa ripiada solita en la selva. Ritmos de tres sobre cuatro, multiplicados a veces por dos sobre dos, con redoblar de timbales en los truenos lejanos en el cielo cerrado, negro como boca de perro “malish”. Luz y relámpagos eran como los voladores que acompañan a la jarana, o el alumbrado de las lámparas de “camiseta” que en otro tiempo alumbraron la fiesta jocunda, cuando se inicia el ansia y bulle la alegría adentro por zapatear. Cuando la orquesta rompe a tocar “Los Aires” y prepara el ánimo para el trasunto de la “jierra” que es la “vaquería”. Y después “El Torito”, “La Angaripola”, “El Degollete”, toda la gama de las piezas de estirpe en el ritmo sin par de las más famosas orquestas.

Y era solo en la mente así de los que estaban al cobijo de la casa ripiada solita en los bosques del sur de Yucatán, cerca de la “mojonera Put”. En la imaginación de todos, por el ruido de lluvia en las ramas del bosque y en la maleza, en la hojarasca, y en las anchas hojas, vencidas, de los platanares; en el huerto que Varish Quiñones plantara como cercado de su lejano refugio; en todo, en todos, el recuerdo de la alegre jarana.

Y se oyó desde adentro el canto de una voz ancha y limpia. Y salió una mujer con música de teclas blancas en la flor de su risa. Era Nichita Rosales que, desde tiempo atrás, una noche oscura, huyera del pueblo Chíabal con un ser misterioso, para ir a los brazos del que por ella matara.

Jesús Amaro Gamboa

Continuará la próxima semana…

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