Y nunca de su corazón (VIII)

By on febrero 8, 2019

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VIII

EL MILAGRO

Continuación…

Más de seis meses llevaba Marijosefa en la ciudad curándose y Tránsito, ocupado en acrecentar sus entradas semanales, sólo podía visitar a su consorte cada quince días. Pero eso sí: en lugar de uno, dos eran los sobres que le llevaba, además de otros dos, más humildes, de sus rayitas, aunque ya no tan escasas, de jefe de zona ejidal.

El compadre don Isidro se pasaba el mayor tiempo en Mérida y casi ya no se aparecía por su hacienda ni en el pueblo. Si acaso, llegaba al pueblo cuando Tránsito estaba en Mérida y viceversa. Ahora era su administrador quien, en todo tiempo, andaba en el yip desde la madrugada, de ejido en ejido, pirateando pencas de henequén, tratando siembras a favor, arreglando maquilas ventajosas de agave ejidal que, apenas, naturalmente, rendían quince kilos de fibra por cada mil hojas, en lugar de los treinta reglamentarios –“Culpa de esos indios de miarda, flojonazos y pendejos, que no aprenderán nunca a cultivar los planteles de sus ejidos”–, y otros asuntos similares. Por lo demás, ya tenía oficina en el pueblo como jefe de zona, y eran muchos los dueños de “equipos de raspar”, es decir, hacendados, así como parcelarios y funcionarios ejidales, que diariamente debía atender.

–Sí, para que tú te quedes solo y libre a hacer de las tuyas, ¿mas si no?

Pero Tránsito no se quedó libre y solo en el pueblo para traicionar a su mujer con ninguna mujer. A no ser que ésa fuera la bebida, pues agasajos continuos de copa y cerveza no le faltaban, y mucho menos insinuaciones de llevarlo a ciertas casas donde había unas “chiquitas” como para “chuparse los dedos”.

Tanto fue el cántaro al pozo que Tránsito, al fin, aceptó probar a “chuparse los dedos” por “una chiquita especial para usted” –según le puntualizara el oficioso alcahuete que gentes interesadas le soltaron al hombre. Y ¡oh desilusión! Tránsito no pudo. No pudo “chuparse los dedos”. ¿Su extrema gordura con tanto agasajo? ¿La muy larga ausencia de Marijosefa? ¿Quizá sus enormes almorranas? Se dio a cavilar en su vergüenza. Porque la “chiquita especial” debió haber contado ya a todo mundo que Tránsito no pudo “chuparse los dedos” con ella. Y en el pueblo ya lo sabrían todos. Y comenzarían a mirarlo con lástima. Y quedaría explicado por qué Tránsito no dio hijos a sus mujeres, caso de que siempre hubiera sido así: impotente para “chuparse los dedos”.

Era necesario consultar a un médico. Porque entonces, ¿para qué se estaba curando Marijosefa? En uno de sus viajes, Tránsito consultó en Mérida su caso y, de pasadita preguntó, como quien no quiere la cosa: ¿A qué se debe que yo no haya tenido hijos, doctor? Vinieron las preguntas del galeno. Salió a relucir el pasado: la adolescencia, las paperas que bajan a lugares indeseables y muy dolorosos. ¡Peor que un parto! O que una patada en esos lugares. Así había sido. Tránsito se acordaba de ello. No olvidaba aún el gran sufrimiento. En consecuencia, vino el análisis de esa cosa que se necesita para que la mujer conciba.

Tránsito pasó por todo. Lo exigían su felicidad y la de Marijosefa. Además, debía quedar curado de su debilidad y, en efecto, curó. En cambio –¡qué tristeza! – pronto sin embargo contrapesada por una resignación de que no se creyó capaz, cuando el médico le dijo: en cuanto a tener hijos… Ni pensarlo. Los análisis demuestran que no existe lo que se requiere para ello. Fue la orquitis, esa que le dio cuando las paperas. Sin embargo, se dan casos. Pero sería como un milagro.

Regresó a su pueblo, sereno. No había culpa en él. Pero tampoco en Marijosefa. Por tanto, le ocultaría la verdad. Nada importaba que la pobre pensara que su tratamiento, tan molesto y tan doloroso –según su mujer le había contado a Tran–, y sobre todo tan largo ya, hubiese sido tiempo y dinero perdidos. Así fue que, a la siguiente visita de entrega de sobres, Tránsito le dijo a su esposa:

–Oye, mi bien, así que ves, te necesito en el pueblo. Me hace mucha falta tu ayuda. Además, me siento muy solo. Si ya estás curada, hoy mismo nos vamos. Si no, pregúntale al doctor si puedo traerte a curación cada cierto tiempo.

–¡Tran, mi Tran, si hasta parece que nos pusimos de acuerdo! Eso mismo quería decirte. Porque da la casualidad que el doctor ya me dijo que estoy curada. Y que puedo regresar a mi pueblo. ¡Y qué te imaginas que me aconsejó el muy sinvergüenza! Que ahora sí: a Dios rogando y con el mazo dando. Don Isidro ya se llevó sus dos criadas. –Marijosefa se sonrojó–. Hace días que estoy sola y yo hago el quehacer.

Retornaron al pueblo. Ahí todo seguía igual y cada vez mejor para Tránsito. Hasta que, pasado un mes, Marijosefa, un día, tomó a su esposo de la mano y lo arrastró hacia la mesa del santo. Las mismas escenas de siempre: abrazo amoroso, ceñir de cintura, andar solemne y con ritmo, la cabeza de la mujer que se acuna en el sobaco de su hombre y el beso, el infalible beso chupado y sonoro, silbante, sobre los cabellos de Marijosefa. De nuevo, alzarse sobre la punta de los pies, la mujer, en lucha con su talla precaria, reptante hacia arriba, adosándose al hombre, hasta llegarle al oído para decir su secreto, con voz de niña longeva que hubiera eludido la pubertad y guardarse, avara, una añeja infancia. Iba a decir su secreto. Su gran secreto, ahora sí, milagroso.

–¿Mas si vas a decirme que ya encargaste, mujer?

–¡Eso, Tran, eso es lo que te estoy diciendo! ¿Ves esas flores, esas velas, esos floreros que traje de Mérida; esas cortinas que cubren la urna del santo? ¿Ya “vistes” que lo saqué de esa “porquerilla” de vidrio donde estaba ahogándose el pobre?

–Así que ves, mujer, no me había yo fijado. ¿Desde cuándo le “pusistes” todas esas cosas al santo?

–¿La urna? Desde hace mucho. Para que me hiciera el milagro. Lo demás ahora que vine de Mérida y me di cuenta de que ya me lo había hecho.

–¿Qué ya te había hecho qué, Marijosefa?

–¡El milagro, Tran, el milagro! ¡Un hijo, tu hijo…!

–Pero es que… –titubeó el hombre– Ahora sí… ¿ya sabes que vas a tener un hijo?

–¡Sí Tran! ¡Ahora sí ya lo sé! ¡Voy a tener un hijo! –. Del estupor, Tránsito tuvo un ligero mareo que se convirtió en náusea.

–¿Lo ves? Ya hasta tú tienes ascos.

–¡Pero es que yo…! –Tránsito se detuvo al borde de la confesión.

–¡Ajá! ¡Con que ahora ya no quieres que yo te dé un hijo! Ahora que ya voy a tenerlo.

–¡No es eso, Marijosefa, no es eso! ¡Es que yo ya sé que no puedo! – gritó el hombre.

–¿Qué no puedes qué? –replicó, retumbante, la esposa.

–¡Tener hijos, mujer! ¿Me entiendes?

–¡Cómo no vas a poder, Tran! ¡Si ahora estás más fuerte que nunca! Hasta parece que te hicieron algo.

–¡Que me hagan lo que me hagan, Marijosefa, yo ya sé que no puedo! Me descubrieron que nunca he podido tener hijos.

–¡Valiente descubrimiento! Pues es claro que nunca los has podido tener. ¡Pero ahora ya puedes, hombre de Dios! ¡Ya “pudistes”, mi Tran! ¡Vas a ser padre! –Y se le subió al marido, se encaramó en él, otra vez, para repetirle al oído, muy tiernamente, mas con una convicción, lo de “Vas a ser padre”. Y luego se apeó de él, resbalando desde su oído y se le acurrucó bajo el sobaco, sin haber alcanzado a entender lo que Tránsito quiso decir. Y ya estaba cavilando en cosas terribles. Y el hombre también. De pronto, los dos, al unísono, cada cual por su lado, habían tenido una duda, una sospecha, una imposibilidad de conciliar los hechos. Tránsito, más que Marijosefa. Sólo que ésta, al fin mujer, era más astuta. Y más audaz.

–Así es que tú crees que yo no sabía que tú no podías tener. Y que no sabía también que habías visto a un doctor en Mérida. Tú eres el que no sabe que te estoy poniendo un remedio todas las mañanas dentro de tu “bebida”. Porque si yo me curé, tú también tenías que curarte. Yo no tenía fe en que a Dios rogando y con el mazo dando, se nos podía hacer el milagro con esa medicina. ¡Y ya se nos hizo, Tran! ¡Ya se nos hizo!

–Pero Marijosefa, ¿lo dices de veras? O mas si te estás burlando de mí, mujer.

–¡Te lo digo de veras! ¡Ningún de burlarme de ti! ¡Anda, arrodíllate! Aquí a mi lado. ¡Ven, vamos a darle gracias al santo! Y no te olvides de la promesa de don Isidro, de que él va a ser el padrino del futuro heredero. Ahora sí va a ser nuestro compadre de veras. ¡Vamos, híncate y reza!

Tránsito se arrodilló con toda la parsimonia a que le obligaba su obesidad. Sus labios comenzaron a moverse; pero su corazón no estaba rezando con él y su pensamiento estaba en otra parte. La mujer no lo dejó cavilar.

–¡Tránsito, quiero que des gracias en voz alta! Que le digas a San Isidro lo que tiene que decirle al Señor.

Tránsito movió la cabeza para decir “si” y comenzó una plegaria en voz alta.

–Gracias, Señor, porque ya me “llenastes” de muchos beneficios. No me los merezco…

–¡Y por qué no! Eso y más te mereces… –interrumpió la mujer.

–…Gracias, Señor, porque, aunque todavía no se lo he dicho a mi esposa, los hacendados ya lograron lo que pidieron para mí: que me nombraran gerente de la sucursal del Banco de Crédito Ejidal. Es el más grande de los favores que me tienes hecho: mi nombramiento que acaba de llegar de México. Y a ti, San Isidro, gracias por todos tus milagros y tus favores ante Dios Todopoderoso. Y por haberme salvado al semental. Amén.

–¡Amén! –hizo dúo, un poco tardío, Marijosefa que, al mismo tiempo que recibía el sobre con el nombramiento, continuó la plegaria así: “Y gracias una y mil veces por el más grande de tus milagros, Señor: nuestro hijo –rubricó la mujer que, así arrodillada, ya tenía la cabeza en el nido del sobaco de Tránsito en espera de su beso chupado y sonoro.

Jesús Amaro Gamboa

Continuará la próxima semana…

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