Y nunca de su corazón (VII)

By on enero 31, 2019

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VII

EL MILAGRO

Continuación…

Toda esa ventura, atribuida por la señora al poder milagroso del santo, redobló su devoción hacia él. Suya fue la idea de adquirirlo. Suyos eran el cuidado de venerarlo y la fatiga de hacerle sus novenarios en grande, como si fuera santo patrono del pueblo. Lo de dar una comilona de vez en cuando –más bien cada mes– en honor del milagroso labriego, y de ciertos líderes y funcionarios ejidales, fue cosa de Tránsito. ¡Qué sencillez la de su gordo, comiendo y bebiendo con esos “indios de miarda”, brindando con ellos sin sentirse menos; haciendo muecas de asco cuando en su compañía debía tragarse esa “porquerilla de ron manchao”! En cambio con don Isidro, su compadre, amigo y protector –y con otros hacendados– era distinto. ¡Se comía y se bebía a lo señor! Y don Isidro se portaba como eso: como todo un señor, visitando la casa con frecuencia. Claro que ante todo para arreglar negocios y para saber de la salud de Tran, y de pasadita de la de Marijosefa. ¡Era tan sencillo y tan simpático! ¡Era tan caballero!

–¿Verdad, Tran? ¿Verdad que es muy bueno ese señor?

A veces Tran dejaba sin respuesta las preguntas de su mujer. Era que estaba repasando sus cuentas.

–Así que ves, Marijosefa, en este mes que pasó alcancé doce mil quinientos treintaiseis pesos. No va mal la cosa, ¿más si no? ¿Qué me estabas diciendo, primor?

–Que don Isidro es muy bueno, muy sencillo, muy parejo.

–Sí, y pues. Es muy bueno. ¡Fíjate, mi amor! Para mayo es probable que llegue yo a los quince mil pesos mensuales.

–Y así no querías creer en mi santo, Tran…

–En nuestro santo, Marijosefa, en nuestro santo. No lo vas a creer, linda, pero para junio es probable que llegue yo a los veinticinco mil.

Marijosefa no oyó. Estaba ensimismada, con la vista fija en San Isidro Labrador. Tránsito la sorprendió así y volvió la cara, a su izquierda y hacia abajo, como para aspirarse la axila, pero fue solo para reiterar un chupetazo, con un suspiro, sobre la cabellera de su consorte. Abrazados, igual que se acercaran al bienaventurado labrador, con la cabeza de Marijosefa bajo el sobaco de Tránsito, se dieron vuelta muy lentamente y la pareja se alejó del lugar de sus cuitas y sus esperanzas.

–Pero… ¿y si otra vez no es, Tran? ¿Tú que piensas, mi bien?

–Qué quieres que piense, mujer. Confío en San Isidro. Pero tú estate tranquila, mi amor. No voy a dejar de quererte porque no me des un hijo. Como tú dices: a Dios rogando y con el mazo dando. Ya veremos…

–¿Más si no? ¿Verdad que no vas a dejar de quererme? ¿Aunque mi retraso no sea nada?

–Si para junio llego a los veinticinco mil… Me espero hasta diciembre y renuncio. ¡Palabra, mi bien!

Se veía que Tránsito divagaba y que su mente andaba en otros asuntos. No obstante, aunque con cierta demora, debió haber escuchado a su esposa, puesto que añadió: –¡Qué más da que sea o que no sea, mujer! Te seguiré queriendo aunque no sea.

Y no fue. Porque… poco tiempo después le vino a Marijosefa eso que debió haberle venido desde mucho antes.

X  X  X

Lo de que se hiciera ver por un médico comenzó así:

–¿Sabes, linda? Don Isidro me aconseja que te lleve “en Mérida” a que te vea un doctor– y, al tiempo que le alargaba el semanario sobre blanco, la atrajo para darle el succionante beso de rigor en la cabeza –Y, además, mi raya. Mi rayita semanal, como dice mi compadre don Isidro. Conque, ¿tú que dices, mujer?

–Pero… ¿y San Isidro Labrador? ¿Ya no tienes fe en nuestro santo?

¿Por qué le vino a la memoria a Tránsito aquel estribillo de su infancia, tan contradictorio, de: “San Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol”? ¿Por qué? ¿Por qué tenía que quitar el agua cuando su deber era lloverla, hacer que cayera sobre la tierra y fecundarla? ¡Fecundar! He ahí lo que él, Tránsito, no había podido hacer, ni con esta ni con su esposa anterior. Porque su unión con Marijosefa fue al año de muerta la difunta, yerma también. Y eso, fecundar, o hacer que él, Tránsito, fecundara a su mujer, sería el más grande milagro del santo llovedizo. Aunque fuera por obra del médico, si Marijosefa le diese un hijo, sería un milagro. Y que si fuera por intercesión del santo, o que no lo fuese, sería igual de milagroso que lo hiciera padre. Porque si no, entonces, ¿para quién serían las riquezas que venían acumulando?

–¿Tú que dices, mujer? –volvió a preguntar.

–Oye, Tran, ¿no será muy caro eso?

–¿Caro? ¿Y qué me importa, mujer? Todavía más: don Isidro me aconseja que si el médico dice que debes quedarte en Mérida a que te curen, pues que te quedes.

–¡Sí, para que tú te quedes solo y libre y hacer de las tuyas! ¿Más si no? Además, si me quedo en Mérida, saldrá más caro.

–¿Por lo de la quedada te asustas, corazón? No nos costará gran cosa. Don Isidro dice que nos da una de sus casas en Mérida. Te llevas una o dos criadas y sanseacabó. Pero que si no quieres llevarte a nadie de nuestro pueblo, porque no saben servir en la ciudad, que él te da una o dos de sus sirvientas y listo. Todo arreglado.

La cara de Marijosefa se coloreó. Por un momento la mujer pareció turbarse y no supo qué responder. Al fin, embarrándose a su hombre, con una tensa vibración de todo su ser, como si de pronto algún intruso pensamiento la hubiese hecho estremecerse, buscó la caricia en el imprescindible beso succionante sobre su cabello y replicó, gimoteando:

–Pero Tran, eso sería abusar. No, Tran, ¡eso sí que no! ¿Entonces? –Y no se volvió a hablar más del asunto.

Pero un sábado, uno de tantos, Tránsito llegó a su casa más contento que de costumbre. Era algo tarde, ya casi entrada la noche. Iba picado de copas y entregó, con su raya –su mísera rayita semanal– el acostumbrado sobre del “milagro”. Pero aun llevaba en la mano otro que movía frente a su cara a manera de abanico. No para aminorar el calor; más bien para llamar la atención de su consorte, a la vez que había empezado con sus: “a que no adivinas”.

–Ya vas a empezar con tus pesadeces. Tran. Dime “del tiro” de qué se trata.

–Es la recomendación de don Isidro. Para el doctor de Mérida que te va a curar. El lunes salimos para verlo. Prepárate, porque tienes que quedarte allá.

Transito estaba raro. Serían las copas. Porque nunca, hasta entonces, se había mostrado tan autoritario con su consorte. Y nunca también como esta vez, su mujer, como si así hubiera sido siempre de mansa y sumisa, pareció dispuesta a cumplir, sin chistar, una orden de su marido.

–¡Qué bueno es ese señor, Tran! Ayer que estuvo aquí a buscarte, y que tú te habías ido a San Isidrín por lo del semental que está enfermo, me dijo: “Yo seré el padrino del futuro heredero. Ya me dijo Tran que te va a llevar a Mérida a que te curen.” Pero don Isidro, –le contesté– ¡qué futuro heredero ni qué niño muerto! “Ni lo quiera Dios, linda; –me volvió a decir– eso de niño muerto ni pensarlo. Vivo y réquetevivo se los va a mandar a ustedes San Isidro, mi santo tocayo. Eso… si el bueno de Tran y tú, linda, siguen mis consejos” –y se dio la media vuelta y se fue. ¡Más bueno no “pudistes” encontrar otro amigo, Tran!

–¡Sí y pues! Si para junio llego a los veinticinco mil, como ya te dije, me espero hasta diciembre y renuncio. ¡Te lo repito y te lo cumplo, mi bien! –Nueva inclinación de cabeza para un beso más. otro ruido de succión sobre el cabello de Marijosefa.

Para junio, Tránsito sobrepasó los veinticinco mil, y para diciembre, en lugar de renunciar, era ya jefe de zona ejidal y su circunscripción abarcaba muchos más ejidos y numerosas haciendas henequeneras. El tejemaneje era más amplio y con muchos más cómplices que antes; pero los beneficios para Tránsito de sus maniobras ilícitas y de sus rapiñas eran mayores.

Lo que más trabajo le daba a Tran era inventar nombres para sus ejidatarios de paja, esos que debían figurar en sus nóminas y listas de raya y “recibir”, cada sábado, anticipos por su arduo trabajo. Cuando Marijosefa estaba a su lado –ahora residía en Mérida, curándose– la cosa era fácil. La cabeza de Tránsito casi estallaba inventando nombres y apellidos. En cambio, con el auxilio de su mujer…

–Esta semana necesito treintaicinco nombres de ejidatarios, Marijosefa.

–Otros diferentes, primor. Porque de los ciento cinco anteriores, solo “seteinta” trabajaron esta semana. Esos treintaicinco nuevos son los que no tuvieron trabajo la semana pasada; los que deben cobrar en la próxima. ¿Entiendes? Hay que darle trabajo a todos, mi bien. –Tránsito rio de su ocurrencia– ¿No ves que hay treintaicinco mil ejidatarios en la zona henequenera?

–Entonces apunta: “Ai” te van: Pedro Pisté, Concepción Abán, Encarnación Chuc, Severiano Tuyú, Mamerto Cocón, Tiburcio Chan, Emeterio Chucún…

–¡Espérate, vidita! Vas muy de prisa. Además necesito algunos que tengan apellido de cristiano. No todos tiene que ser indios. ¿Pues y los artesanos de los pueblos, albañiles, herreros, barberos, sastres, carpinteros y demás que en buena hora metieron entre las gentes de derecho agrario?

–¡Qué animal eres, mi Tran! La cosa es más fácil todavía. Por ejemplo, Marcelino López Pantoja, Tránsito Arcique –tu tocayo, Tran– Petronilo Sabido…

–¡Pero, mi vida! Eso de Petronilo está bueno para nombre de indio, pero no para gente decente. ¡Cámbiamelo por favor, nena…!

–Bueno, bueno, apunta: Esteban Sabido, Juan de Dios Medina, Porfirio Burgos…

–¡Eres estupenda, primor! Así, ¿qué mérito tiene mi “trabajo”, si todo me lo guisas tú? ¿Cómo lo voy a hacer cuando te vayas “en” Mérida a que te curen? ¡Acércate, hija, a que te suene un besito! –Y se lo sonó.

Ahora Tránsito tenía que hacer sus propias listas de ejidatarios de paja. Ciento cinco salarios semanales que, miserables cada uno en sí para el sostén de una familia campesina, sumados, eran una respetable cantidad para Tránsito y sus cómplices. La siguiente semana serían ciento veinte. Quizá más, a medida que hubiera que compartir el botín con más gente de arriba y mucha más de abajo, para guardar el secreto de la “movida”.

Pero si él no lo hiciera –había razonado siempre Marijosefa, como lo venían haciendo muchos, desde mucho antes que don Isidro– “pirata de conquistas revolucionarias y de honras”, que decía Severiano Aké– lo embarcara en el enjuague y le enseñase la técnica. Los otros eran ladrones descarados y bien conocidos. Tránsito al menos se recataba y seguía gozando fama de honrado y generoso. Y hasta de revolucionario ejemplar. Si alguna vez dejaba traslucir un mínimo remordimiento, o trataba de echarse atrás en alguna ambiciosa redada de pesos y bienes ajenos, Marijosefa sabía disuadirlo y alentarlo, porque detrás de Marijosefa estaba don Isidro.

–¡Pero si tú eres de los más honrados, Tran! ¿No “oístes” lo que dijo el gerente del banco en su discurso, el día que repartieron los dividendos?

–Lo oí. ¡Cómo no lo voy a oír! Sí y pues. Y me llené de orgullo. Todos vinieron a abrazarme, Marijosefa. Tú lo “vistes” con tus propios ojos, ¿más si no?

Jesús Amaro Gamboa

Continuará la próxima semana…

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