Y nunca de su corazón (IV)

By on enero 10, 2019

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IV

PIEDRA DE LUZ

Continuación…

Días después, “señá” Lorenza regresó, sola, a ver al hechicero. Venía indignada. El anillo había aparecido, pero sin su piedra, sin el enorme brillante “tamañote así”, que era lo más preciado, por su propio valor y por su carácter de reliquia, como regalo de “chichí” Ángela.

–¿Apareció el anillo, “shunaan”?

–Apareció, mentecato, pero sin la piedra.

–Sólo sí, señora, de la piedra no hablamos. El “zastún” dijo que el anillo volvería a su lugar y volvió. Tú lo has dicho, señora.

Doña Lencha estuvo a punto de tirar la choza con el portazo que dio al salir.

–Embustero y mentecato, qué te basta… –salió murmurando.

Y no pasaron muchos días sin que don Eduardo viniera a ver a Canul, a suplicar que le devolviera el brillante porque si no doña Lorenza, hecha una furia, amenazaba con acudir a otro “ah men” para averiguar la verdad.

–¿La piedra? –alegó Laureano Canul–. Cierto, la piedra. La piedra que deshizo el “pasmo” de sh-Bel. ¿Quería la piedra? Bueno, la tendría. Ahí estaba. Era su nuevo y más bello “zastún”. Un verdadero “zastún”. Ahora sí, piedra de luz, que la recibe y que la da, más bella y más luciente. Pero si el nuevo “zastún” se iba él, Laureano Canul, no respondía; no respondía de que doña Lorenza no supiese algún día quién había sido el ladrón y quién ese otro, el que robó la honra de sh-Bel Tun.

Don Eduardo Pereyra, el “tatich” de Oxcantún, palideció. Sudaba de rabia. Sus manos, crispadas, temblaban y parecían ir a tomar entre sus dedos convulsos el enjuto cuello del “ah men”.

–Te pagué tu trabajo, “so repelo e pendejo”.

–Debajo del repelo de eso que dices, señor, me lo pagaste. Me lo pagaste con el anillo de “señá” Lorenza. Ya te devolví el oro de la alhaja para que el ladrón lo regrese en su lugar. Pero siquiera el “zastún” que se me quede en pago ahora.

–Te daré en dinero lo que vale el brillante.

–Te lo dije, señor, cuando viniste a pedirme que volviera su “costumbre” de sh-Bel, porque estaba “pasmada”. Te lo dije que no quería dinero. Que quería esa alhaja de mi linda señora doña Lorenza, porque me gustó su “zastún” desde que un buen día, con mi respeto, besé su mano de mi linda señora.

–Eres un mentecato, ladrón mentiroso. Brujo que te basta. Algún día me la pagarás, desgraciado.

–Anda, señor. Yo te respeto porque eres un “señor”. Pero ve y pregunta a tu esposa qué es lo que dijo el “zastún” más chiquito, de lo que tiene que pasarle al que robó el anillo. Anda y pregunta a la “shunaan”, mi señora de todo mi respeto.

–Eso te pasará a ti, majadero e miarda –y don Eduardo se fue echando maldiciones y dando un portazo que conmovió toda la casa e hizo caer un gran trozo del embarro reseco.

Dice la gente de Oxcantún que “señá” Lorenza nunca supo la verdad, no obstante haber recurrido a otro hechicero. Sólo empezó a sospechar lo cierto cuando su marido cayó enfermo y se puso grave, tan grave que le “abrieron la hamaca”. Comenzó a pasar sangre con pujos y se fue secando. Y su diarrea apestaba a perro podrido. Y tenía tremendos dolores en el “tronco de su barriga”. Y se fue enjutando hasta quedarse en los huesos, pálido como las velas de cera de los finados. Chupado, rugoso, con su cara de “sabucán” de “sosquil” relleno de piedras, que decía Sóstenes Cauich el “mandandero”.

Después, cuando se puso amarillo y sus “orinas” eran como sangre café, pidió al cura para confesarse, hizo testamento y murió. Lo raro fue que dejara –él, que era tan cicatero– quinientos pesos para la dote de sh-Bel Tun, que iba a tener un hijo y a casarse con Sóstenes Cauich, que tanto odiaba al viejo avariento y lascivo.

Hoy, Laureano Canul, el “ah men” de Oxcantún, en quien estuvo a punto de volver a creer “señá” Lencha, se sienta a contemplar su “zastún”. En las noches de luna goza mirándolo irisarse y emitir rayos puntiagudos –mucho más con el sol–, hecho una pequeña y valiosa estrella de milagros.

Laureano Canul es fama que ahora es más y mejor adivino que nunca lo fue.

Jesús Amaro Gamboa

Continuará la próxima semana…

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