Y nunca de su corazón (III)

By on enero 3, 2019

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III

PIEDRA DE LUZ

Continuación…

Pero el “zastún” más chiquito hizo el milagro mejor. Y fue que “señá”  Lencha acudió a ver a Laureano Canul. Iba en busca de auxilio. Le habían robado su anillo de brillante grandote, regalo de “chichí” Ángela, el día de su boda. Necesitaba saber quién se lo había robado. Y recuperarlo.

–“Máalo, shunaan” –accedió Lau Canul –“Bueno, señora”. Vas a saber quién robó tu anillo que te regaló la grande señora tu mamá, el día que “acabaste tu camino” con “ño” Eduardo. Tienes que traerme a todos los que viven en tu casa.

–Oye, Lau, no quiero que sepan que vine a verte, ni mi marido ni mis hijos tampoco.

–“Máalo, shunaan”. No es preciso que los traigas a ellos. Traes a todas las otras personas que hay en tu casa. Todos tus sirvientes, “shunaan”. Los traes el viernes por la mañana, día trece. Cuando “ño” Uado y tus hijos no estén en tu casa. ¿Saben “ño” Eduardo y tus hijos, “shunaan”, que se perdió el anillo?

–Lo saben todos, Laureano. Hasta en el pueblo lo saben.

–Ajá, “shunaan”. Está bueno así. Más bueno que lo sepan todos. El viernes te espero.

El viernes siguiente, en la mañana, doña Lencha vino a casa de Canul el hechicero, llevando a sus criadas y mozos. Entre las sirvientas iba sh-Belita. Y Teúl, la lavandera, Porfiria la cocinera y la vieja nana Pastora, la anciana Pachul. Entre los mozos, Pedro Pablo, el “carretillero”, Sóstenes Cauich el “mandandero”, y don Tulo, el viejo “huach” que bañaba y atendía los caballos del señor y los “niños”. Eran siete los presuntos ladrones que “señá” Lorenza había llevado consigo.

Laureano pareció no dar importancia a aquel caso menudo. Un anillo. Un anillo robado. Era para él lo de todos los días: robos y chismes, más que asuntos de amor. Para cosa menuda, su “zastún” más chiquito. Sacó la canica. La puso en la mesa de los santos. Doña Lencha se acercó a curiosear.

–Oye, Lau, ¿y no sería mejor que usaras el “zastún” tamañote?

–No, señora. Para robos, éste es el bueno. Cada “zastún” tiene su destino. El grande es para cosas mayores: muerte o venganza, herencias y engaños de maridos y esposas, tesoros, embarazos y “pasmos”.

Mientras hablaba, había prendido su lámpara en la mesa de los santos, puesto brasas sobre la bandeja, y echado incienso y estoraque. La choza se había nublado de humo balsámico. La vieja nana Pachul ya estaba arrodillada.

Laureano puso una “banqueta” en el centro de la pieza, encendió sus tres velas que, junto al “zastún” diminuto, la canica más chica, colocó en la “banqueta”. Añadió a la utilería ritual una deforme cruz de palo y se paró frente a todo, con las manos cruzadas sobre el pecho, la cabeza inclinada y los ojos cerrados. Comenzó a rezar en un maya extraño que nadie entendía. Sin dejar de hacerlo, caminó a tientas a los cuatro puntos cardinales y oró en cada uno de ellos. Por momentos, ordenaba a los presentes: tres salves o tantos más cuantos credos. Todos obedecían y se alzaba un rumor de novena. Doña Lorenza había sacado su rosario y comenzaba a recorrer sus cuentas.

–Guarda tu rosario, “shunaan”. Aquí no se necesita. Es para la casa de Dios.

La señora se persignó y se puso el rosario en el cuello. Laureano había vuelto al centro de la choza, frente al ara de la “banqueta”.

–Que todos vayan pasando –ordenó–, uno detrás de otro. Y que pongan su mano derecha arriba de mi “zastún” todo el tiempo que dure rezar un credo.

Sh-Belita pasó la primera. Puso la mano sobre la canica y comenzó a rezar. Su mano temblaba. Se veía sudorosa. El “ah-men” miraba fijamente su “zastún” y de paso la mano de todos: La de la vieja nana Pachul, que tembló más que ninguna; la de Pedro Pablo y la de don Tulo, el “huach” que cuidaba los caballos del señor y de los “niños”.

Cuando todos los sirvientes hubieron pasado, Laureano ordenó a la señora:

–Ahora tú también, “shunaan”. –La señora se mostró sorprendida. Más bien indignada.

–¿Pero estás en tu juicio, Lau? ¿Cómo crees que me voy a robar yo sola? ¿Dónde tienes la cabeza, hombé, eh?

–Tú también, mi linda señora, si quieres que tu anillo aparezca en tu mesa o donde se lo cogió el ladrón.

–Bueno, si no hay más remedio…

Y doña Lorenza puso la mano, dijo su credo y tembló, como todos. Rezó con un murmullo apagado. Después, el “ah-men” pareció recobrar su ser primitivo y habló así:

–Dice el “zastún” que antes de siete días el anillo estará en su lugar. Si no aparece, el ladrón ensuciará gusanos. Dentro de los siete primeros días, ensuciará gusanos si el anillo no aparece. Después obrará sangre con pujos. Y caerá enfermo y se “colgará” en su hamaca y morirá. Antes de siete días aparecerá el anillo en su lugar, “shunaan”.

–Pero, Lau, ¿y el ladrón? ¿Quién es el ladrón?

–“Shunaan”, el ladrón ya sabe que debe regresar el anillo. Pero no está entre estos pobres que son buenos. Lo que importa es que tu anillo regrese. Y tiene que regresar, “shunaan”…

–Oye, Lau, ¡mas si te estás burlando de mí!

–Laureano Canul, “shunaan”, no se burla de lo que sabe y de lo que le dan a saber. Mi fuerza no es para que se burle de mi fuerza que me ha dado para saber. Ve a tu casa, señora, y como lo dice el Alto Dios en la luz de esta piedra, tu anillo estará donde debe estar. A su tiempo estará…

Doña Lorenza se sintió defraudada. No obstante, sacó de entre los nudos de su pañuelo y pagó lo convenido. El “ah-men” la despidió en la puerta de su cabaña.

Jesús Amaro Gamboa

Continuará la próxima semana…

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