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Parsifal
[Serapio Baqueiro Barrera]
Hace muy pocos días, esta muy noble y leal ciudad, según reza su heráldico escudo, y muy blanca y diáfana urbe, según proclaman sus modernos timbres; la vieja emérita y la asfaltada argentópolis cinematográfica y automovilística estuvo a punto de perder a uno de sus habitantes que goza de más amplia popularidad, indudablemente al más pintoresco de todos ellos al momento presente.
Es el último representante de una camada de hombres ya muy lejana, o caduca, de buenos reidores, a la cual pertenecieron, destacándose por singulares rasgos de su fisonomía moral, Lorenzo López Evia (Cascabel) poeta humorista de claro ingenio que rimaba en fáciles versos, casi perfectos, los topiquitos que le sugería su festiva musa callejera. Asombraba su corrección en esto del rimar, porque jamás se tomó la molestia de abrir ningún libro de gramática, ni de retórica, lo cual significa que la musicalidad en el verso es un don privilegiado, como el canto en los pájaros. Y Pedro Escalante Palma (Pierrot), compañero inseparable de López Evia, su alter ego, que jamás tomó en serio la vida, que le hacía gestos burlescos a la adusta Experiencia, y se reía hasta de sí mismo. Fue el escritor costumbrista de quien se pudo decir que escribía con la espuma de su esprit chisporroteante de gracia. A esta generación también pertenecieron otros poetas y literatos muy notables que asimismo se llamaban pomposamente árcades y observaban una conducta en sus relaciones sociales de una austeridad casi sacerdotal… Tal vez el único árcade que vive es el licenciado Miguel Rivero Trava.
En este caso, la Arcadia se encuentra a una infinita distancia del país azul de la Bohemia del cual eran perfectos ciudadanos los primeros artistas a quienes me he referido.
Este hombre de quien voy a hablar es Felipe Erosa Arce. Peligró su vida, porque fue uno de los que acompañaron al infortunado presidente de la Confederación de Ligas Gremiales del Partido Socialista del Sureste, que fue vilmente asesinado en una emboscada infernal, como todas las acechanzas que fraguan los cobardes.
Felipe Erosa Arce heredó su nombre de un valiente militar que se distinguió en nuestras pasadas luchas civiles, pero cuando lo llamamos con este su nombre propio parece que no se da por entendido, pues prefiere que le digamos Xaxac, nombre maya que significa revuelto, de donde se deriva revoltoso, no en su acepción pendenciera, sino de hombre aficionado a la mentira, a enrevesar de una manera inextricable los sucesos, a fraguar mentiras por tan solo el placer de mentir; pero es tanta la realidad de su mentira que nos sugestiona, y a veces hasta él mismo cree que es cierto lo que cuenta.
Xaxac no es abogado, es lo que en otras partes se llama gráficamente picapleitos, pero muchas veces ha tenido la satisfacción de vencer a muy graves y sesudos hombres de toga con la sutileza de sus argucias de leguleyo ladino.
En una ocasión nos dijo: “Yo soy un pícaro ¿pero en qué consiste mi picardía? Mis picardías no son más que un sistema de defensa que me he procurado para defenderme en la lucha por la existencia. En cambio, yo conozco, y ustedes también, a muchos hombres que disfrutan de una gran reputación de honorabilidad, de un prestigio inmaculado; a estos hombres sus títulos les sirven de patente de corso.”
“Son verdaderos caballeros de industria a quienes la corbata se les debería convertir en dogales… pues han cometido toda clase de delitos, han sido traidores a las Instituciones de nuestra Patria, conculcadores de todas las leyes escritas y morales y desleales en sus relaciones sociales, faltando al cumplimiento de sus tratos y contratos y extraños absolutamente al noble sentimiento de la amistad.
“Sí, yo soy un pícaro, pero tengo el valor de confesarlo porque ya saben ustedes qué clase de picardías son las que cometo.”
Al terminar su discurso el sincero Xaxac, todos los circunstantes lo felicitaron efusivamente.
Xaxac es un hombrecito casi momificado, pero parece que su organismo fue tejido con recias fibras matusalénicas.
Mérida, Yuc., 1936.
Diario del Sureste. Mérida, 21 de septiembre de 1936, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]




























