Wita, un profesionista de la Colonia Yucatán – VI

By on julio 15, 2021

En las noches íbamos a la prepa a estudiar. Había una piscina. Juanito, el velador, buena gente, nos dejaba entrar. Sabía que éramos de la Colonia y nos daba chance de bañarnos. Una noche llega Mikey con una camiseta Pirata, se la quita, la dobla con cuidado, la pone al lado de la piscina y se mete. Entonces llega Capita, agarra toda nuestra ropa y la tira a la piscina. “Y ésta ¿de quién es?” “¡No, no la tires, no la tires!” le gritaba Mikey. Pues la tiró y nos molestamos. Cuando llegamos a casa de Mazún, agarramos una soga y entre todos amarramos su moto y la subimos a un árbol; toda su ropa la rifamos entre nosotros. Cuando llegó, no se encabronó; nos pidió que le ayudemos a bajar la moto y se fue. No reclamó nada, ni su ropa, nada, no nos hizo bronca.

Ya después de eso, estudiando la carrera, nos fuimos a vivir a casa de Arturo Jasso, que vivía por el Monito vacilador. Nego, Mayito, Pinto, Mikey, éramos varios, pero la cosa estaba igual, no te miento. ¿Sabes que comíamos allá? Cebollina con frijol. Como Mayito sabía cocinar, hacía frijol sin puerco; enfrente había una panadería y eso comíamos, frijol con cebollina y francés. ¿Sabes qué rico estaba? En ocasiones llegaba Jasso con tortas. Había uno que se apellidaba Osorio, es licenciado ahora, estimaba mucho a los de la Colonia; había otro que le decíamos Panda (Román Fuentes Baas), hoy un prestigiado oncólogo. En ese entonces nos íbamos a estudiar a la Plaza Grande. En el café Louvre había un mesero que le gorreábamos el café por unos huevos motuleños que comíamos entre todos. Estudiábamos donde está la asta bandera.

Terminábamos de estudiar y agarrábamos camión para ir a la casa, nos bañábamos y a la facultad. En la Segunda Calle Nueva, donde estaba el paradero del camión, había una señora que vendía polcanes y salbutes. ¡Qué ricos! A 20 centavos. ¡Coño! ¡Qué ricos de veras!

Cuando regresábamos de la escuela nos poníamos a cocinar y descansar un rato, después a estudiar. En ocasiones llegaba alguien con una botella, y fuera el estudio. Pero nunca nos peleamos, una discusión nunca hubo, ninguna bronca entre nosotros, nos cuidábamos entre todos. Cuando estábamos en la prepa no podían tocar a nadie de la Colonia; cuando estábamos en el Louvre igual. Nos cuidábamos. Los que iban a estudiar allá que no eran de la Colonia se nos unieron por el estudio. Fue tanta la difusión que había de los de la Colonia, que allá recalaban todos, y siempre había un espacio y comida para todos.

Ustedes hicieron historia, se le señala, porque eran muy unidos y tranquilos, no eran parranderos. Eran un orgullo de la Colonia, nos decían nuestros papás, porque estaban estudiando, vinieron a preparase con muchos sacrificios, y respondieron.

Estábamos a la buena de Dios, comenta humildemente. Martita solamente escucha, a ratos sorprendida, a ratos orgullosa por cosas que seguramente por primera vez escucha decir a su esposo en la amplia y austera sala de la casa de la familia López-Sánchez de la colonia Nueva Pacabtún de esta ciudad. “Yo le digo Willy el soñador, porque siempre dice que le gustaría que sus hijos vivieran lo que vivió él,” comenta la maestra.

Los familiares de Wita le tienen un gran cariño, ya que sin duda sigue siendo un ejemplo de superación que vale la pena resaltar.

En el ‘81 me gradué y me fui al Cuyo a encerrarme como tres meses. Quería encontrarme conmigo mismo, es lo que había soñado. De vez en cuando iba mi papá a llevarme mercancía. Después me fui a México a registrar mi título. Quería conocer Garibaldi, al organillero, quería vivir. Viví en el departamento de un viejo conocido de mi papá y compadre del tuyo: Chente (Vicente Arias Pineda). Conocí México por él. También conocí a otras personas. Fui médico de cabecera de un señor muy importante que tenía amigos en la política de primer nivel; por él conocí Palacio Nacional y el Campo Militar Número Uno. Viví unos meses maravillosos en la capital, hasta que un día me asaltaron a punta de cuchillos, a pesar de que estaba cerca un policía que no hizo nada. Me dio miedo y me fui a trabajar a Chiapas. Después de un tiempo, regresé a Yucatán y desde eso estoy trabajando en la Secretaría de Salud.

Su modestia no le permite decir que fue director de la institución donde labora actualmente, en la que cultivó muchas amistades dado su carácter amigable, trabajador, sincero, responsable y honrado.

Dos de sus hijos, Pedrito y Guillermo, siguen los pasos del gran Wita aunque sin los sacrificios de la austeridad ni los apremios y angustias por la escasez de dinero. Eso sí, todos ellos –David, Pedro y Guillermo, así como Martita– seguramente están orgullosos de los logros del papá-doctor, aunque nadie le dice así (tampoco le gusta que le digan doctor). Para todos ellos, y para nosotros, es simplemente Wita.

Él y todos los que hicieron de su vida un sacrificio para honrar a sus padres y a los vecinos de la Colonia Yucatán merecen un franco y sincero abrazo. Felicidades a todos ellos.

[El 4 de enero de 2015 el Señor llamó a su presencia a Wita.]

L.C.C. VICENTE ARIEL LÓPEZ TEJERO

vicentelote63@gmail.com

One Comment

  1. Ariel López

    julio 19, 2021 at 9:18 pm

    Gracias al Diario del sureste por publicar estos artículos, llenos de testimonios y ejemplos de vida…

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