Whitman a la hoguera

By on abril 1, 2021

José Juan Cervera

El valor formativo de la escritura es ilimitado. Los textos en que fructifica y los significados que transmite trazan caminos en el tiempo, con destinos imprevistos y cambios de dirección en los que siempre queda algo de la sustancia que impregnó su punto de partida. Denota fases más o menos diferenciadas en las cuales la experiencia crece al ritmo de sus retos y de sus hallazgos.

En la etapa de vida estudiantil, la necesidad de expresar las más variadas inquietudes puede conducir al advenimiento de modestos medios impresos, fortalecedores a su vez de ciertos lazos de identidad colectiva; si las circunstancias son propicias, llegan a evolucionar en formas de organización que, aun cuando su permanencia es precaria, sugieren lecciones provechosas. Estos apuntes se enfocan en un ejemplo de tales características.

Durante el segundo semestre de 1999, Arturo Guillermo Oseguera Huanosto dio impulso a un proyecto editorial en la Facultad de Ciencias Antropológicas de la Universidad Autónoma de Yucatán. Estudiante de Lingüística y Literatura, invitó a los alumnos de las demás especialidades a colaborar en una revista creada bajo su responsabilidad exclusiva, a la que denominó Hojas de Hierba. Su convocatoria tuvo una respuesta favorable, sobre todo de parte de aquellos que querían ver publicados sus poemas y otros escritos breves.

De formato sencillo, se presentó como una revista quincenal de aportación voluntaria. Sus ediciones iniciales hicieron énfasis en el propósito de perfeccionar los procesos de aprendizaje a partir de una atención cuidadosa de cada uno de sus elementos; también manifestó aspiraciones de regenerar a la institución universitaria, escuchando las voces de todos los actores que intervienen en ella.

Así circularon seis números, hasta que en marzo de 2000 la revista ostentó un nuevo diseño y un aumento en su número de páginas. Estos cambios se debieron a la incorporación de nuevos colaboradores, egresados de ese y de otros planteles educativos, quienes ya habían formado un grupo de convivencia para tratar asuntos de orden humanístico. De tal modo, se acercaron a esta nueva etapa antropólogos, psicólogos y arquitectos, además de algunos artistas de distintas disciplinas. De aquí surgió una dirección colectiva que compartió las labores editoriales.

Hojas de Hierba profesó un claro espíritu crítico y una actitud desenfadada. Amplió su repertorio temático al presentar ensayos sobre diversidad sexual, violencia simbólica, patrimonio cultural, sexualidad infantil, arqueología histórica, bioquímica cerebral y sustancias psicoactivas, funcionalidad en las relaciones matrimoniales y otros problemas, como los sinsabores que dejan a veces los talleres literarios. Alojó crónicas, relatos y esbozos biográficos, añadiendo muestras gráficas de varios autores. Este salto cualitativo incluyó sesiones semanales de discusión y análisis textual, así como coloquios con invitados distinguidos, todos ellos destacados en campos científicos y artísticos.

La revista expandió sus espacios de distribución y despertó la suspicacia de algunos sectores sociales poco habituados a la apertura de criterio y al ejercicio de la tolerancia pública, al grado que creyeron ver en el nombre mismo de la publicación una apología del consumo de alcaloides, sin advertir que dicho título evocaba la obra de Walt Whitman (Leaves of Grass, 1855), aspecto señalado en una nota aclaratoria. Igualmente se suscitaron otras incomprensiones de este tipo.

Sin embargo, no fueron actos represivos los que dieron fin a la revista, aunque no faltó quien deseara eliminarla con métodos inquisitoriales. Bastó el desgaste natural, junto con una inevitable dispersión, para cerrar el ciclo de este esfuerzo de convergencia intelectual animado de buena voluntad y aliento comunitario que alcanzó hasta su número 10 en el año 2001.

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