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Mi conexión con Wes Craven inició cuando, siendo muy joven, pude ver en video Beta (un formato antediluviano), su debut cinematográfico como director, “The Last House on the Left”, de la cual había escuchado comentarios que la calificaban como perturbadora. No mentían: es brutal, con escenas de violación, violencia y venganza despiadada. Estrenada en 1972, recaudó más de 3 millones en taquilla, antes de ser oficialmente prohibida hasta el 2002.
La segunda película que vi de Craven fue también en video, pero en buena compañía: ni más ni menos que “The Hills Have Eyes” (1977), donde fue más crudo al presentar la historia de una familia atrapada en el desierto que debe enfrentarse a un grupo de caníbales salvajes. Es un filme sumamente sangriento, que plantea inquietantes preguntas: ¿Qué tan diferente es una familia «civilizada» de una familia de monstruos cuando ambas luchan por sobrevivir?, ¿qué haríamos nosotros ante una situación tan extrema? Sin duda, fue una obra muy influyente para el llamado horror rural estadounidense.
Mi tercer contacto directo y cronológico con la obra de Craven fue “A Nightmare on Elm Street”, de 1984, precisamente la que presentó al inolvidable Freddy Krueger, siendo la película con la que rompió una de las reglas fundamentales del cine de terror, destruyendo el lugar donde todos estamos seguros: nuestros sueños. La mezcla de fantasía, horror psicológico y violencia creó un villano que terminó convirtiéndose en uno de los grandes iconos de la cultura popular, al nivel de Drácula o Frankenstein. La escena donde Freddy estira sus brazos hasta alcanzar los muros para rasparlos con sus garras de acero es realmente espeluznante. Con este filme creó una de las franquicias más exitosas del terror, revolucionó el género slasher, además de lanzar la carrera de Johnny Depp.
Le perdí la pista al maestro Wes hasta que en 1988 realmente me puso los pelos de punta con “The Serpent and the Rainbow”, protagonizada por Bill Pullman, una interesante mezcla de terror y antropología sobre el vudú haitiano. La mezcla entre el horror sobrenatural y el entorno dictatorial de Haití la convirtieron en una de mis películas preferidas de terror.
Con “Scream” (1996), Craven volvió a reinventar el terror, ya que en los años noventa el slasher estaba prácticamente agotado. Entonces apareció esta película cuyos personajes conocían perfectamente las reglas de las películas de horror… y aun así terminaban siendo víctimas. Era terror, suspenso y, al mismo tiempo, una inteligente sátira del propio género. Aunque debo reconocer que yo no conecté tanto con este filme, no puedo negar su importancia al revivir el cine slasher, popularizar a Ghostface, e influir en prácticamente todo el cine de terror adolescente posterior.

En los siguientes años pude disfrutar con otros de sus filmes como “New Nightmare”, una brillante reflexión metacinematográfica donde Freddy invade el «mundo real», anticipando muchas ideas que Craven perfeccionaría en “Scream. Red Eye”, eficaz thriller que demuestra que también dominaba el suspenso, sin recurrir a lo sobrenatural.
Algo muy interesante es que Wes Craven era admirado incluso por directores que, en teoría, eran sus competidores, por lo que el respeto que despertaba dentro del cine de terror era enorme.
John Carpenter, creador de “Halloween” y “The Thing”, considerado junto con Craven uno de los arquitectos del terror moderno, escribió tras su fallecimiento: «Wes fue un gran amigo, un excelente director y un buen hombre. Una pérdida enorme. Demasiado pronto”.
Sam Raimi, director de “The Evil Dead”, reconoció que las películas de Craven fueron parte de su formación como cineasta. «Wes Craven fue un maestro del cine de horror. Sus películas me enseñaron muchísimo sobre cómo hacer cine de terror«.
William Friedkin, más conocido por “The Exorcist” que por una carrera dedicada exclusivamente al horror, fue contundente tras la muerte de Craven: «Película por película, Wes Craven fue el mejor director de terror. Y además lo hacía con sentido del humor”.
Eli Roth, director de “Hostel” y “Cabin Fever”, perteneciente a una generación posterior, escribió: «Uno de mis héroes de todos los tiempos y, además, una de las personas más amables que tuve la fortuna de conocer.»
Craven nunca entendió el terror como un desfile de monstruos, sino como una forma de enfrentar las ansiedades de cada época. Freddy Krueger representaba el miedo a perder el control incluso mientras dormimos; Scream cuestionaba la manera en que consumimos la violencia en el cine y la televisión.
Por eso sus películas envejecen mejor que muchas de sus contemporáneas. Una cita suya resume perfectamente su filosofía: «Las películas de terror no crean miedo. Lo liberan.»
RICARDO PAT





























