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Jacques de Bourgues
[Santiago Burgos Brito]
(Especial para el Diario del Sureste)
La muerte de Francisco Villaespesa, uno de los más grandes líricos españoles, nos trae a la memoria el recuerdo de su viaje a la península yucateca, por allí de septiembre de 1918. Todos los que desde entonces teníamos aficiones literarias, sabíamos cuánto significaba en las letras castellanas el notable poeta granadino. Nos aprestamos, pues, a hacerle un recibimiento digno de su fama. Y como su viaje coincidió con el de otro ilustre español, el novelista Eduardo Zamacois, tuvimos que multiplicarnos para lograr que fuera grata a los dos ingenios de la vieja España su estancia en Yucatán.
Villaespesa representaba para los de nuestra generación lo más puro del romanticismo contemporáneo. Sus versos, de sabor clásico, aunque sin miedo a las audacias métricas que ya despuntaban, con ímpetu incontrastable, con los Lugones, los Darío y los Herrera y Reissig, habíanle colocado en un pedestal de admiraciones y de simpatías. Sus reminiscencias moriscas, sus visiones del pasado grandioso de la dominación de los árabes en España, sintetizadas maravillosamente en su Elegía a Granada, sus sonetos impecables, su teatro, en el que la historia y la leyenda se amalgamaban en el mortero de su imaginación apasionada, eran grande parte a que nuestros entusiasmos juveniles levantaran arcos triunfales al bardo trashumante, al incorregible bohemio, al hombre de los mil secretarios, según el decir de Zamacois.
Y el mismo día en que el autor de Las raíces daba en el Peón Contreras la primera de sus magníficas charlas, llegó a tierra de mayas y mestizos el ilustre cantor de Lindarajas y de Aixas, de Abencerrajes y Zegríes. Venía en gira bohemia, en gira que él llamaba de negocios, pero que, a pesar de muchos pesares que no quisiéramos recordar, no le dejaba muchas veces ni para los pasajes.
Al conocerle, claro es que no sufrimos la decepción que habrán sufrido las gentiles damitas que leían sus versos musicales. Sabíamosle feo, como corresponde a un varón con toda la barba. Y también le sabíamos sus flacos y sus debilidades. Que no eran pocas, desde luego. Al tener el honor de ser amigos suyos, cultivando su amistad impagable, olvidamos alguna decepcioncilla no precisamente de carácter estético, ya que su inagotable charla, amenísima y nutrida de enseñanzas, compensaba con creces cualesquiera flaquezas o miserias humanas.
Le vimos trabajar, saboreamos el gozo inefable de ver a un gran artista en el preciso momento de su exaltación creadora. En el cuarto de su hotel, caminando a grandes trancos, el poeta dictaba sus versos impecables, en alta voz, con ademanes declamatorios. Y la máquina de escribir, al impulso de los dedos temblorosos de Ernesto Albertos Tenorio, iba construyendo sabias arquitecturas métricas, desde la rascaciélica construcción de una oda, hasta la maravilla rococó de un soneto de enjundia arábico-española. Desde aquella época, Albertos Tenorio mantenía relaciones secretas con las musas. Villaespesa supo de aquel secreto juvenil, y alentó la eclosión de aquel talento nuestro, que ha florecido luego en finas pero punzantes ironías.
El Teatro Principal reunió un público numeroso, ansioso de escuchar sus versos predilectos, de labios del autor. Su conferencia sobre la poesía española, muy interesante, pero leída con esa voz enronquecida por el constante fumar, voz de comandante de artillería o algo por el estilo, no tuvo el éxito que se merecía. Y no digamos de su Elegía a Granada. Después de habérsela escuchado a Zamacois, noches antes, aquello fue un desastre. El gran poeta rugía sus versos plañideros, se desgañitaba de manera tal, que la planta descubierta por Nicot sintió celos de aquellas estrofas que le hacían la competencia en su tarea de aniquilar aquella ilustre laringe.
Fracasó como conferencista y como recitador. No siempre se es todo de una pieza. Pero siguió manteniendo en nuestras almas la enorme admiración por el poeta. Su revista Cervantes tuvo su edición yucateca. En ella colaboramos sus nuevos amigos. Y en La Voz de la Revolución, periódico de ideas avanzadas en el que teníamos el honor de colaborar, fue agasajado el gran Don Paco con una fiesta inolvidable a la que asistieron Mediz Bolio, Zamacois, Torre Díaz, Castillo Pasos, Esquivel Medina y otros varios compañeros periodistas. Una ocurrencia del poeta, mal interpretada por gentes incultas y torpes, dio motivo a que en torno suyo se urdiera una trama de calumnias y de imbecilidades. Fue a los postres, Humberto Esquivel Medina, que ha asfixiado ya a las musas bajo una enorme pila de expedientes federales, propuso Villaespesa a la siguiente pregunta: ¿Quién es mejor poeta que usted? La juvenil interrogación, casi formulada en tono de guasa por el escritor yucateco, recibió naturalmente la interpretación que era de esperarse. Villaespesa se sonrió bondadosamente y luego, en un tono de broma inconfundible, respondió: “Antes de mí, el Dante, después de mí, naiden”. Reímos todos de la gracejada del maestro. Zamacois respondió en seguida a otra pregunta del implacable poeta ticuleño. Y nadie pensó que aquella broma inocente se comentara luego, en corrillos y reuniones, en sentido despectivo para la gran modestia del artista desaparecido.
Siguió su ruta bohemia… Al marchar, nos dejó una fotografía con esta expresiva dedicatoria, que no sabemos si repitió a algún otro de sus amigos: “A Santiago Burgos Brito, para que se acuerde de este nómada lírico que un día plantó su tienda y su amistad en la ciudad de Montejo. Con un abrazo. Francisco Villaespesa”. Su vida extravagante le llevó a tierras de Centro y Sur-América. En ellas dejó muchas cosas. Buenas y malas. Díganlo sus conterráneos radicados en aquellos países. Perdió su compañía dramática. Su decorado y vestuario. Lo perdió todo. Hasta la salud. Y a iniciativa de algunos periódicos españoles fue repatriado. Vencido, paralítico, en plena miseria.
La última carta que recibimos del ilustre evocador de doña María de Padilla fue desde Manizales, en Colombia. Ya no tuvimos más noticias directas del maestro. Hasta que supimos de su repatriación, su invalidez y su miseria. Su miseria de siempre, la del soñador que derrochaba a manos llenas el oro de su cerebro y el de sus bolsillos. La del artista que, a tono con su época, sólo supo cantar fuentes cantarinas, moras sensuales y cármenes floridos. Por eso no tuvo ni tiene eco en las masas populares. Pero vive y vivirá imperecederamente en los corazones que supo hacer latir con sus versos inconfundibles.
Diario del Sureste. Mérida, 12 de abril de 1936, pp. 3, 6.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























