Viajes a Yucatán – III

By on abril 1, 2021

III

PRIMER VIAJE A YUCATÁN

(1839)

Continuación…

“A las seis y media de la mañana siguiente salimos a caballo de Mérida para Uxmal, en compañía de un criado del Sr. Peón y de varios indios, uno de los cuales llevaba a cuestas una carga de provisiones, que nosotros no habíamos hecho; y en ella se veía una caja de clarete. Al dejar la ciudad, entramos por un camino cortado en medio de una baja floresta, llano y cubierto de una capa de piedra, calcárea al parecer. A una legua andada, en un claro del monte vimos una hacienda perteneciente a la familia de los peones, cuya entrada se hace de una gran portada a los corrales. La casa es de piedra, de ciento cincuenta pies de frente, con un corredor de la misma extensión, sobre diez pies de elevación: un hermoso bebedero tan largo como la casa, ancho y profundo, se ve a la falda del corredor. Hacia a la izquierda hay una escalera de piedra que conduce a una plataforma sobre la cual está situado el edificio a cuyo espaldar hay un estanque de unos ciento cincuenta pies cuadrados y veinte de profundidad. Al pie de la muralla del estanque se extiende un plantío de henequén, especie de áloe, de cuyas fibras se hace la jarcia. El estilo de la casa, la construcción maciza del estanque, y su aparente valor dan a la hacienda un carácter imponente.

“En este lugar nos dejaron nuestros cargadores, y tomamos otros con quienes continuamos tres leguas más adelante, a otra hacienda de la familia, casi del mismo carácter de la anterior. En ella hicimos alto para almorzar, cuya operación concluida pasamos adelante. A esa hora se sentía ya un calor fuerte y molestoso. El camino se había vuelto inculto, áspero, tendido sobre una capa de piedra cubierta de tierra floja, apta apenas para producir árboles pequeños, o diminutos. Nuestras sillas de montar eran de una construcción incómoda para los que no están acostumbrados a ellas. El calor era opresivo y las leguas muy largas. De repente se nos ofreció a la vista un vasto y regular montón de edificios de piedra gris oscuro, que podría muy bien ser el castillo de un barón alemán de los tiempos feudales. Era una hacienda que, como todas las demás, tiene un nombre indio. Esta se llama Uayalceh, y era la única de que Da. Joaquina, hablando de nuestra ruta, había hecho particular mención. La entrada es una magnífica portada con remate piramidal que conduce a un largo callejón a cuya derecha hay un tinglado que ha construido D. Simón, después de su vuelta de los Estados Unidos, para fabricar y corchar el henequén que produce la finca. Había un arreglo que no observé en ninguna otra parte, y que contribuía perfectamente al buen éxito. Los corrales y bebederos están a un lado, y fuera de la vista. Nos apeamos bajo la sombra de nobles árboles enfrente de la casa y subimos por una escalera de anchas piedras, que conduce a un vasto corredor con grandes cortinas que se podían subir y bajar para guarecerse contra el sol o la lluvia: de un lado sigue el corredor en circuito de la casa, y del otro está la puerta de la capilla, con una gran cruz, que sirve para los habitantes de la finca; dentro de la capilla hay adornos de imágenes como en las iglesias de las ciudades, todo el establecimiento, que tiene mil quinientos indios residentes, unidos al amo con una especie de vínculo feudal, aparecía con cierto aire de señorío. Como amigos del dueño y acompañados de un criado de la casa, el todo estaba a nuestra disposición.

«Impensadamente nos encontrábamos en un estado de cosas, nuevo, curioso y peculiar. La península de Yucatán, que se extiende entre las bahías de Honduras y Campeche, es una llanura vasta. El cabo Catoche, punta nordeste de la península, dista apenas cincuenta y una leguas del cabo San Antonio, que es el extremo más occidental de la isla de Cuba, que se supone haber formado parte del Continente. Tanto la atmósfera cuanto el terreno son extremadamente secos, y en la extensión de la costa de Campeche hasta el cabo no hay una sola corriente o manantial de agua dulce. El interior está igualmente desprovisto, y el agua es la posesión más valiosa. Durante los meses de abril a octubre, que es la estación de las lluvias, hay una provisión superabundante; pero en la seca abrasadora de los otros seis meses hay una escasez que acabaría con hombres y bestias y el país quedaría despoblado, si no se conservara el agua (1). Por lo mismo, todo el afán de los hacendados consiste en conservarla, pues que sin ella las tierras no valdrían nada. Por eso las haciendas tienen grandes recipientes construidos y conservados a toda costa, en que retienen el agua que se suministra a todos los dependientes de la finca; y esto produce una relación con los indios que pone al propietario en la categoría de un señor feudal (2).

«Por la acta de Independencia, los indios y blancos de la población de México se hicieron libres, así es que ningún hombre puede comprar y vender a otro, sea el que fuere el color de su piel; pero como los indios son pobres, de  suyo improvidentes y nunca ven más allá de lo presente, resulta que se ven obligados a servir en alguna hacienda que supla a sus necesidades, y en recompensa del privilegio de usar del agua se someten a ciertas obligaciones para con el amo, que, como hemos dicho, colocan a éste en una posición de señor; y semejante estado de cosas que nace de la posición natural del país, creo que no existe en ninguna otra de la América española, sino en Yucatán. Todas las haciendas tienen un mayordomo que entiende en los detalles del manejo de la finca, y en ausencia del amo es su virrey, que ejerce sobre los criados el mismo poder. El mayordomo de Uayalceh era un joven mestizo, que había obtenido aquel encargo de un modo fácil y natural: casándose con la hija de su predecesor. Tenía ella la suficiente sangre blanca para elevar la monotonía de una cara india, a una de rasgos dulces y suaves; y, sin embargo, se me figuró que el marido se vanagloriaba tanto de ella, como de la colocación que le había proporcionado.

«Muy satisfactorio me hubiera sido pasar varios días en esta soberbia hacienda; pero no esperando que hubiese cosa alguna que nos interesara en el camino, habíamos suplicado a la Sra. Da. Joaquina ordenase la celeridad de nuestras jornadas, y el criado nos dijo que la orden de su ama era llevarnos a dormir a otra hacienda de la familia, dos leguas adelante, sin embargo de que en aquel momento no sentíamos la menor disposición de dejar a Uayalceh, por las fatigas de la jornada anterior. El criado entonces sugirió al mayordomo la especie de que se llamase un coche (3) en lo que convino éste, si nosotros lo queríamos. Después de pocas preguntas, perentoriamente y sin vacilar dijimos que se llamase un coche. El mayordomo, por una escalera exterior, subió en compañía nuestra al campanario de la capilla, y llamó un coche con un tono de voz y cierto movimiento giratorio, que nos recordó a un musulmán llamando a los fieles a orar, desde un minarete. El piso de la azotea de la capilla y el de todos los demás edificios era de cal y canto tan fuerte y firme, como si estuviera empedrado. El sol brillaba intensamente y por algunos minutos todo yacía en silencio. Después vimos venir a un indio que se dirigía a la hacienda, después eran dos, y en un cuarto de hora había veinte o treinta, Estos eran los caballos; los coches todavía crecían en los bosques. Se escogieron seis indios para cada coche, y con el uso del machete cortaron prontamente una porción de palos largos, que trajeron al corredor para formar el coche. Esta operación se hizo poniendo dos palos del grosor de una muñeca y de diez pies de largo, y tres pies separados el uno del otro: a éstos se aseguraron con madejas de henequén sin torchar a la distancia de unos tres pies de las extremidades de los palos largos, otros atravesaños: una hamaca de hilo de henequén se colocó a lo largo de los tales palos: se formó una armazón por encima, se cubrió todo con un petate, y así se hizo el coche. Pusimos nuestras frazadas en la cabecera para que nos sirviesen de almohadas, entramos y nos tendimos a la larga. Los indios se desnudaron de sus cortas camisas de algodón, y las ataron a guisa de faja alrededor de sus sombreros de petate. Cuatro de ellos levantaron cada coche y sobre unos pequeños cojines colocaron en sus hombros las extremidades de los palos.

«Dijimos adiós al mayordomo y su esposa, y con los pies para delante bajamos las escaleras y partimos a un trote regular, con un indio que conducía los caballos. Era tanto el alivio que experimentábamos, que olvidamos nuestros antiguos escrupulillos de hacer de los hombres bestias de carga: los pobres no sentían molestia alguna de oprobio ni de abatimiento; ni el peso era mucho por otra parte: no había montañas, y sólo algunas desigualdades del terreno hacían caer la cabeza a un nivel más abajo que los pies, y rara vez tropezaban. De este modo nos llevaron como a distancia de tres millas y entonces nos asentaron suavemente en el suelo. Como los indios de Mérida, nuestros conductores eran de una raza bien parecida con una expresión de fisonomía tierna y jovial, y aun alegre en el trabajo. Se divertían con nosotros, porque no podíamos hablar con ellos. En Yucatán no hay diversidad de lenguas indias: la maya es universal y todos los españoles la hablan.

«Habiéndose enjugado el sudor y descansado un rato, nos levantaron otra vez, y arrullado por el suave movimiento del coche y el compás regular de las pisadas de los indios, me dormí. Desperté al entrar en una portada que conducía a una línea de edificios blancos de piedra, situados sobre una elevación de veinte pies: edificios que, según la medida que tomé posteriormente, tienen 360 pies de largo, con un corredor imponente que ocupa toda esta extensión. Hacia la derecha continuaba como por 200 pies la plataforma, que es la azotea de un gran recipiente de agua, con una noria, de la que sacaban agua varias mujeres indias vestidas de blanco, y llenaban sus cántaros. La hacienda se llama Mukuiché. Como es usual, entramos por medio de un corral. Al pie de la estructura sobre que está el edificio, recorriendo casi toda su extensión, hay un gigantesco bebedero lleno de agua, de ocho o diez pies de profundidad, otros tantos de latitud. Por una ranfla se sube a la plataforma del edificio que consiste en tres departamentos distintos, de ciento veinte pies de frente cada uno. Sobre el de la izquierda se ve la capilla, que entonces estaba abierta, y un indio viejo encendía las velas para rezar las vísperas. Seguían después los departamentos del mayordomo y algunos otros; sobre el otro extremo, la casa de los amos en cuyo corredor nos asentaron, y salimos a gatas del coche. Había un no sé qué de monstruosamente aristocrático en ser llevados en hombros de los criados de una hacienda, como la que habíamos dejado, a esta otra magnífica mansión.”

 

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NOTAS:

1 El autor aún no conocía tan bien el país, como posteriormente.

2 Mr. Stephens se hallaba entonces mal informado.

3 En esta equivocación harto natural de Mr. Stephens, nada hay de extraño. Oyó hablar de un koché y creyó que se trataba de un coche.

 

Continuará la próxima semana….

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