Un Estudio del Obispo Carrillo y Ancona poco conocido en Yucatán (III)

By on enero 31, 2019

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III

EL COMERCIO EN YUCATÁN ANTES DEL DESCUBRIMIENTO

Crescencio Carrillo y Ancona

AL H. CONGRESO DE AMERICANISTAS.

Señores: En la sección de Historia y Geografía del Programa circulado por este ilustrado Congreso, y bajo el número 9, se propone este punto: Comercio, moneda y medios de cambio entre los antiguos pueblos de México. Con relación pues, a este punto, Señores, uno de los más importantes y curiosos sin duda, se me ofrece exponer los datos que encuentro con respecto al comercio del pueblo maya o de la Península de Yucatán, en la época anterior al descubrimiento. Y no sólo datos; tengo a la vez satisfacción de poneros a la vista, si es que no lo prohíbe estatuto alguno, muestras originales de la moneda o medios de cambio que usaban los antiguos mayas. Porque habiendo tenido por costumbre sepultar a sus muertos con algunas monedas, no raras veces se han encontrado sepulcros de la época anterior a la conquista, y se han descubierto en ellos algún resto de aquellas.

La hacienda pública o tesoro real, se formaba de lo que pagaban los tributarios, y es de notar que se destinaba, por lo menos en parte, a los gastos de utilidad pública, como el culto religioso, el gobierno, la milicia, la educación, los caminos, etc. (Herrera, Dec. IV Lib. II, Cap. X.).

Conocían y practicaban los antiguos yucatecos o mayas el comercio, como un elemento muy principal de la riqueza pública, porque dándoles valor a los productos de la agricultura y de la industria, estimulaba el trabajo. Comerciaban por tierra, siendo hombres los cargadores, pues carecían de bestias de carga, por lo cual y por motivos de religión, había muy buenos caminos y hasta calzadas hermosísimas y admirables, no sólo suficientes a su objeto, sino de gran comodidad, gusto y elegancia, y tan sólidamente construidas que aún ahora, después del transcurso de tantos siglos, se admiran en diferentes partes de la Península los restos de ellas. Comerciaban por mar, sirviéndose de canoas prodigiosamente grandes, y que se dirigían no sólo a las islas adyacentes, sino también a las Antillas, a Honduras, y a las costas de Veracruz, Tabasco y demás del Golfo.

Eran objetos de su comercio las estatuas de sus ídolos, de barro, piedra y madera; los esclavos y prisioneros de guerra; las telas de algodón, de henequén y de palma; diversidad de obras de yeso, barro y estuco; armas, instrumentos, cacao, maíz, sal, maderas de construcción, cera, goma, vainilla, pieles, libros o volúmenes enrollados, frutas, comestibles, etc.

Tenían por moneda unas cuentas de piedra más o menos finas de variedad de colores, cascabeles de metal, conchas raras o preciosas y granos de cacao. Landa, en su libro Las cosas de Yucatán, dice: “Que los oficios de los indios eran obreros y carpinteros, los cuales para hacer los ídolos de barro y madera, con muchos ayunos y observancias ganaban mucho. El oficio en que más inclinados estaban es mercadería, llevando sal, ropa y esclavos a tierra de Ulúa, trocándolo todo por cacao y cuentas de piedra, que era su moneda, y con ésta solían comprar esclavos u otras cuentas con razón de que eran finas y buenas, las cuales por joyas traían sobre sí en las fiestas los señores. Y tenían otras hechas de ciertas conchas, colocadas por monedas y joyas de sus personas. Y lo traían en sus bolsas de red (de hilo de henequén muy fino) que tenían, y en los mercados trataban de todas cuantas cosas había en esta tierra. Fiaban, prestaban, y pagaban cortésmente. Y sobre todo eran los labradores y los que ponen a coger maíz y las demás semillas, lo cual guardaban en muy lindos sitios y trojes, para vender a sus tiempos” (Landa, op. cit. XXIII.) Con esto se ve que el comercio era estimado y que los agricultores eran aún más considerados.

Señores, esta civilidad y cultura del pueblo maya en ese gran movimiento social que se llama comercio, tan relacionado y dependiente de la agricultura y de las artes de la industria en general, da una prueba evidente del grado de civilización a que llegó ese pueblo admirable. Es verdad que supersticioso en esto, como lo era en todo, en lugar de Dios, erigió deidades tutelares del comercio fabricadas de sus manos, pero esto también es prueba de la alta estima que tenía al comercio mismo. Los mercaderes ofrecían sacrificios conforme a ritos especiales, y la Isla del Carmen o Laguna de Términos, como uno de los puertos principales en el Seno Mexicano, era el Santuario especial y más célebre de los mercaderes mayas, teniendo allí templos levantados a sus ídolos, por la facilidad de cumplir con sus deberes religiosos al entrar o salir de su patria. Por la misma razón fueron muy celebrados los Santuarios de Cozumel y de Isla Mujeres, viéndose converger hacia la primera, por la costa, las grandes calzadas o caminos de que antes hablamos, y descubriéronse en la segunda grandes estatuas de las diosas predilectas, que motivaron el dictado de “Mujeres” dado por los conquistadores a dicha Isla.

Ahora veréis, señores, cómo el comercio de los indios mayas los hizo hombrearse con el héroe más grande del siglo XVI: Cristóbal Colón. Si éste salió del viejo Mundo para descubrir al Nuevo, los mercaderes mayas salieron de la Península Yucateca y fueron, entre todos los pobladores de esta región mexicana, los que salieron a descubrir al Descubridor del Nuevo Mundo. Un día del segundo año del siglo XVI, los indios mayas vieron con indiferencia, por lo ordinario del caso, que salieran de sus puertos para el mar de las Antillas, a unos compatriotas mercaderes, en una canoa que era tan larga como una galera europea, según la expresión de los historiadores, aunque de ocho pies en cuanto al ancho. Estaba entoldada con tejidos la estera de palma y de henequén, a fin de que ni el sol, ni la lluvia, ni el agua del mar pudiesen causar molestia alguna. Llevaba por carga mantas de algodón blancas y de colores, ropa hecha para ambos sexos, al estilo del país: “Muy pintadas, dice el cronista Herrera, (Dec. I, Lib. V. Cap. V.) y de diversos colores y labores, y camisetas sin mangas, y sin cuellos, cortas hasta la rodilla y aún menos, también pintadas y labradas; y almayzares, que en Nueva-España llaman mastil, con que los hombres cubren sus partes secretas, también pintados y labrados; muchas espadas de madera, con un canal en los filos, y allí pegados con fortísimo betún y hilo, ciertas navajas de pedernal: achuelas de cobre para cortar leña, cascabeles y patenas, crisoles para fundir el cobre, almendras que llaman cacao, que en Nueva-España, tienen por moneda. Su bastimento era pan de maíz y raíces que llaman camotes y aix o batatas; y el vino era el mismo maíz que parecía cerveza. Iban en la canoa veinte y cinco hombres”.

Pero cuando esta embarcación regresó a Yucatán después de algunos días, del rumbo de Cuba y Jamaica, fueron tales y tan graves las noticias que los mercaderes indígenas trajeron, que una numerosa muchedumbre, no sólo del vulgo sino de la gente principal, los asediaba para escuchar con avidez su interesante relato. ¿Por qué era esto? El regreso de la canoa era para la Península de Yucatán lo que para la de España había sido poco tiempo antes el de la nave de Colón, después de haber hecho el descubrimiento de la América; porque a la distancia como de unas treinta leguas de la Península Maya, los indios de la canoa mercante, habían descubierto, por decirlo así, al viejo Mundo, nuevo para ellos, encontrándose en el mar de las Antillas con cuatro navíos de todo punto desconocidos y extraños para ellos. ¿Qué navíos eran aquellos y quién era el jefe? Eran navíos europeos y tenían por jefe nada menos que al mismo Almirante D. Cristóbal Colón, que verificando estaba su cuarto viaje a la América, ansioso de descubrir por sí solo todo lo posible en la dilatada extensión del continente con que había duplicado el orbe antes conocido. Por su parte, los indios mercaderes revelaron a la presencia de Colón y de sus compañeros, así por los objetos de sus negociaciones, como por el hecho mismo del comercio ultramarino que tan diestramente practicaban; por el pudor de las mujeres; por su impavidez a vista de los hombres y de los buques europeos; por su traje y semblante, y en fin, por sus maneras y circunstancias todas, que correspondían a un pueblo incomparable de mucho mejor condición y cultura que las miserables tribus indígenas hasta entonces descubiertas en las Islas de Cuba, Santo Domingo y otras. “No se osaron defender ni huir –dice Herrera– viendo las barcas de los cristianos: lleváronlos en su canoa al Almirante, y subiendo a la nao, si acaecía asirles de sus mástiles, luego con mucha vergüenza se ponían las manos delante, y las mujeres se cubrían el rostro y cuerpo con las mantas… De esta muestra de vergüenza y honestidad quedó el Almirante y todos muy satisfechos, y los trataron muy bien, y tomándoles de aquellas cosas vistosas para llevar por muestras, mandóles dar de las cosas de Castilla en recompensa y dexólos ir en su canoa a todos, excepto a un viejo que pareció persona de prudencia, para que les diese aviso de lo que había por aquella tierra”. (Op. Loc. Cit.) (1)

La canoa del comercio maya fue a su regreso en aquella memorable ocasión para la patria yucateca, no solamente la descubridora de un nuevo mundo, sino también, lo mismo que si fuese una poderosa armada que volvía triunfante a las nacionales playas. Porque comprendiendo sus avisados conductores que la proximidad de Colón con cuatro navíos, era una terrible amenaza para su independencia y para el culto de sus dioses, y comprendiendo además que el objeto de aquellos extranjeros era buscar las tierras más ricas en oro y plata unánimes todos, sin exceptuar al anciano que se quedó para servir de guía, les dijeron que hacia el Poniente, esto es, hacia la parte mexicana no había nada de riquezas que podían desear, pero que sí hacia la parte opuesta, donde encontrarían países con tanto oro, que corría por el suelo como si fuesen piedras comunes. Con aquellas estratagemas, engañados Colón y los suyos, se desviaron hacia la parte sureste, quedándose entonces sin descubrir el suelo yucateco de que tan próximos se encontraban, y que hubiese abierto como sucedió quince años después (1502 – 1517), las puertas de este fecundo y rico país de los Moctezumas.

Las noticias que los indios mercaderes de la canoa referían a sus compatriotas, exhibiendo los objetos europeos recibidos de manos de Colón, y lamentando la ausencia del anciano aprisionado, y por eso querían todos escucharlas por sí mismos, y ver todos, con sus propios ojos, las extrañas prendas. Así, señores, por motivos del comercio, hombreóse el maya, en cuanto cabía con el poderoso europeo, conduciéndose de modo que llegó a colocarse frente de él, contemplándose entre ambos, cada uno desde su propia y peculiar embarcación. Mutuamente se descubrieron sobre las aguas del mar y allá como en teatro igual y digno, se conocieron y trataron, se penetraron con igual fuerza de negligencia, se cambiaron las prendas de respectiva civilización, industria y comercio y hasta llegó a triunfar con su ingenio, el débil maya sobre el fuerte europeo, sobre el mismo Colón, alejándose estratégicamente de su patria, siquiera fuese por unos tres lustros.


(1) Con relación al encuentro de los mercaderes mayas con Cristóbal Colón, historiadores posteriores, basándose en documentos inéditos descubiertos años después de la muerte del Obispo Carrillo y Ancona, lo han puesto en duda. El acucioso investigador J. Ignacio Rubio Mañé en la página XX del Tomo I de Archivo de la historia de Yucatán, Campeche y Tabasco refiere: “Los historiadores de Yucatán han recogido los informes de Las Casas y Herrera en que ambos refieren la llegada de Colón en su cuarto y último viaje, el 30 de julio de 1502, a una pequeña isla, Guanaja, como a 55 km. de la costa norte de Honduras. Efectivamente, dichos cronistas asientan que los indios que acertaron a llegar en una hermosa canoa, cuando Colón estaba allí, debían ser de Yucatán porque distaba unas 30 leguas, unos 167 km. Pero modernas investigaciones como la de Lothrop, demuestran que estos indios no eran de Yucatán sino de Honduras, por mayor cercanía. Además, Bartolomé Colón, que estuvo con su hermano en esa, dejó una carta. 1505, hoy se conserva en la Biblioteca Magliabechi, Florencia, Italia –que dice que la canoa venía de “una cierta provincia chamata Maiamuel Yucatam”. Sin embargo, Brinton afirma que las dos palabras últimas se añadieron después y no forman parte del manuscrito original. Lothrop añade que como la costa norte de Honduras se llamó “Maia” es indudable que la dicha canoa no provino de Yucatán.

A nuestro juicio, el valor del trabajo del Obispo no pierde importancia con las referencias anteriormente transcritas; trabajos posteriores a ellas como los de Tozzer, Chapman, Amalia Cardós, etc., han demostrado que los mayas fueron grandes comerciantes y que utilizaron, en su quehacer, vías marítimas, terrestres y fluviales. Asimismo, debemos considerar la grandeza, en el lenguaje, con que Carrillo y Ancona se expresa cuando se refiere a los Antiguos Mayas; igualmente debemos tener presente las fuentes arqueológicas e históricas con que se contaba, en la República, en los tiempos en que se escribió El Comercio en Yucatán antes del Descubrimiento. (SRL)

Salvador Rodríguez Losa

FIN.

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