Un acto de caridad

By on agosto 16, 2019

Primeras Letras

MARÍA EUGENIA CÁCERES ACERETO

Todas las mañanas, al salir de misa, Cata apresuraba el paso sin voltear a ver al hombre alto con aspecto de fuereño que la miraba fijamente, recargado en el portón de la parroquia. Sentía en la nuca sus ojos penetrantes que daban miedo.

Al llegar a su casa, no decía nada a sus padres: le prohibirían ir a misa y su devoción era más fuerte que el temor.

Hasta que decidió ofrecer a la Virgen este sacrificio durmió en paz.

Al día siguiente, acudió estoica a misa. Con paso firme se adentró en el templo, ignorando la presencia masculina recargada en el umbral.

Habituada a su rutina, un día se sorprendió a sí misma con un vistazo fugaz al extraño, como tratando de descubrir su rostro.

Este simple acto tuvo un efecto inimaginable en ella: despertó la fantasía prohibida en su casta vida. Anhelaba y temía el amanecer con el canto de las campanas llamando a misa. Salía aferrada a su misal; la mantilla inclinada en el rostro para ocultar la mirada.

Vano esfuerzo: no se percató de la involuntaria cadencia en su andar, contoneo percibido como una invitación por el paciente forastero.

Ese día, al salir de misa, Cata se topó cara a cara con el joven, quien le dedicó una dulce y tímida sonrisa.  La tomó de la mano. Ella mansamente se dejó llevar al rincón oculto de la pila bautismal.  Creyó estar en el cielo cuando le susurró con voz viril: “Por caridad, dame un beso.”

Ella no pudo negarse, y acercó sus labios a los suyos.

En el pueblo como pólvora corrió la voz de quienes la vieron en el sacrosanto recinto, junto a la pila bautismal, y de los que persignándose le abrieron paso cuando salió tomada de la mano del forastero.

Sin que nadie lo impidiera, contemplaron cómo el hombre la trepó en su caballo y se fueron a galope, dejando una estela de polvo.

La devota Cata no volvió.

Esa noche, el párroco y los vecinos rezaron el rosario con sus acongojados padres. Veladoras y santitos resplandecieron en improvisado altar con flores blancas. Cuchicheaban y se santiguaban, juraban que aquello fue obra del mismo diablo.

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Diario del Sureste