Tony e Irma, Recordar es volver a vivir… (Finaliza)

By on enero 13, 2022

Colonia Yucatán

Don Antonio Araujo Cetina y su esposa, doña Irma Jacinta Leal, continúan compartiendo sus memorias de la Colonia Yucatán al periodista e investigador Ariel López Tejero.

En cuanto a la alimentación, era una cosa muy bonita. La empresa le tenía dado a cada trabajador una tarjeta donde se controlaba la canasta básica, creo que costaba dos o tres pesos, estaba subsidiado; con treinta pesos hacíamos la compra para toda la semana y alcanzaba. Había de todo en la alimentación. La empresa ayudaba a los papás a comprarle zapatos a los niños; niño que veían descalzo en la calle, multaban a su papa. Pancho López (*) era el encargado de vigilarlos. En ese aspecto cuidaban mucho a los niños.

Todo era sano allá. Les daban leche y galletas en la escuela. Yo fui uno de los que colaborábamos ayudando a servir los desayunos.

Además, las gentes de las rancherías cercanas iban a vender carne de venado. Cuando llegaba el camión del Cuyo traía legumbres y pescado que vendían frente al casino. Sí, había además quienes hacían su huerto, mucha gente cultivaba legumbres en su casa.

Ahora, el ambiente dentro de la fábrica era otra cosa. Había altibajos y, como están los jefes allá como don Beto Oy, cuando había un problemita se le decía a los jefes y ellos lo resolvían, evitaban que el problema crezca. Había disciplina, abunda el hijo de don Cheto y doña Concha.

A pesar de que trabajaban muchos hombres allá, también trabajaron mujeres en la fábrica, como treinta muchachas solteras, y les tenían mucho respeto los trabajadores, no había ninguna diferencia de género. El trabajo de ellas era suave y tenían el mismo sueldo que los hombres, según lo que hacían; solamente trabajaban primero y segundo turnos, nunca tercero -que era toda la noche-. Pantalón largo de mezclilla con cualquier blusa era su uniforme, la empresa les daba el dinero y se les descontaba poco a poco. Que yo recuerde, nunca hubo un incidente con ellas en la empresa.

No permitían que tengan novio en la fábrica, cuando había parejitas que lo intentaban, ‘¡Niños, niños, niños, niños!,’ les decía su jefe, don Fernando Torres. ¿Te acuerdas de él, Tony? Vestía puro de blanco y repetía varias veces la misma palabra.

El ingeniero Álvaro Montes de Oca era mi jefe. Una vez me jugó una broma muy pesada, se sentía dueño de todos. En la caja donde trabajé solo había un murito forrado de triplay; un día vino y me pidió la conciliación del banco del año pasado. Al momento que se lo iba a dar, me asienta en el mostrador una culebra de ¡eeessste tamaño! comenta con las manos extendidas y los ojos desorbitados. Dos días estuve ingresada con suero, lo obligaron a ir al hospital a pedirme disculpas, le pedí que se vaya, dejé de trabajar y nunca lo traté más allá del saludo.

Catorce años trabajé en la fábrica, dice con orgullo la cuñada de Cheto. Supe que iban a liquidar a Polo Concha y aproveché hacer el cambio y a mí me liquidaron. Ya iba a nacer mi hijo Emmanuel, diez mil pesos me dieron, toda una fortuna en aquel entonces; al poco tiempo enfermó mi mamá y la trajeron acá a Mérida, le tuvieron que amputar una pierna. Un mes me la atendió mi comadre Paulita Tuz y yo atendía a sus hijas; un 2 de febrero vine para acá y ya no volví a la Colonia.

No lo vas a creer, Ariel, creo que sólo yo vivo de esa generación, me dice Irma.

Ella es del ‘39 y yo del ‘41, es mayor ella, pero nunca dejé que me mande, jajajaja, festeja el comentario Tony.

Trabajaba en ese tiempo en la fábrica un ingeniero alemán que era jefe de mantenimiento, un tal Walter Hartman, aprovecha Tony una pausa para contestar la pregunta de Lyssan Schneyder, una estudiante de la universidad de Berlín que se interesó por la Colonia Yucatán para hacer su tesis doctoral sobre el cambio del medio ambiente, manejo de recursos naturales y reforestación de la zona. Sí lo conocí, me llevé mucho con él, yo le hice trabajos en su casa, responde Tony.

Recuerdo que él empezó a fomentar el cultivo de las orquídeas, que abundaban en las cercanías de la Colonia. ‘Yo quiero hacer algo para conservar esto,’ me dijo y empezó a cultivar su negocio de orquídeas. Hasta a México las llevaba a vender. Fue por el año ’69; era muy relajista, a todo dar. El Ing. Jorge Regla era su ayudante.

La empresa cada año le daba un 10% de aumento al trabajador, se lo pidan o no. Hasta que hubo un comité del sindicato que entró a exigir muchas cosas y acabó con la empresa, mataron a la gallina de los huevos de oro. Ese secretario general llevó a la quiebra a la empresa y acabó todo. 

El padre Román Kasperzak, quien hace más de 50 años nos casó, me dijo: ‘Este sindicato pesa, hay sindicatos que sólo entran para engordarse a costa del pueblo y no para apoyar a los trabajadores.’ Y dicho y hecho, ¡mira lo que pasó!, concluye tajante Tony.

(*) Felipe Leal Pérez, el policía de la Colonia.

L.C.C. VICENTE LÓPEZ TEJERO

vicentelote63@gmail.com

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