Tiempo y Paisaje Humano en Esquinas

By on septiembre 23, 2016

Tiempo y Paisaje Humano en Esquinas

La memoria deambula por estas calles, por esta imagen de tonos sepia. Va de aquí para allá. Observa nuevamente la imagen que ha quedado plasmada en un fragmento rectangular de papel.

Mira cada detalle. Siente un poco vacías las calles. Juzga que en el ayer hubo ciertos lugares que eran el centro, pero que estaban distantes. Hoy también las ve a la distancia en el tiempo, en el espacio, y entonces pareciera que esas fotos adquieren nuevo significado.

Entonces muchos predios estaban en el semi abandono. Aún se podía apreciar aquellas casas que se erigieron en otros tiempos y que la intemperie había entintado y oscurecido con musgo sus muros. En algunas partes la masilla y argamasa habían sido atraídas y vencidas por la fuerza de la gravedad, de los años y de la apatía. Las piedras como dentaduras, las ventanas como cuencas vacías, el espinazo pétreo de la esquina, predios como osamentas blanqueándose al sol del trópico, la arquitectura del pasado oscuro y gris de la historia, de la Mérida de antaño, de la ciudad que renacía y todavía despertaba, a otros años, a otro modo de ser vista, a otro modo de ser percibida, a otro modo de ser habitada y vivida.

Cruzamiento de las calles sesenta por sesenta y nueve. Esquina de “La Vieja”. En primer plano, la casa Dondé. En el extremo inferior izquierdo, en el conjunto que forman personas y motocicleta, Benito Andrés Souza, peluquero de abolengo. Imagen datada en 1986.

Cruzamiento de las calles sesenta por sesenta y nueve. Esquina de “La Vieja”. En primer plano, la casa Dondé. En el extremo inferior izquierdo, en el conjunto que forman personas y motocicleta, Benito Andrés Souza, peluquero de abolengo. Imagen datada en 1986.

La mirada se detiene en la esquina de la calle sesenta y nueve, cruzamiento con la sesenta, en la esquina de “La Vieja”. Dice Renán Irigoyen en Variaciones sobre tema meridanos, citando a Stephens, que los vecinos de la ciudad tenían un modo peculiar de nombrar sus esquinas: colocando una figura de madera en la azotea del edificio de cada esquina; la de esta se dice era una anciana con enormes espejuelos en la nariz. Agrega el autor que la panadería primitiva del mismo nombre se ubicó en dicho predio, la actual está cercana a la calle sesenta y cinco. La imagen nos muestra la casa de la familia Dondé. En este mismo lugar hoy funciona una empresa dedicado al ramo de la ferretería. Este cruce de calles se localiza a una esquina de la iglesia y el parque del barrio de San Juan. Es la cartografía urbana y el paisaje humano que se complementan, que dan vida y se motivan unitariamente.  Se observa el escuálido equipamiento urbano.

Detalle de la imagen: Benito Andrés Souza, en diálogo afable con un transeúnte.

Detalle de la imagen: Benito Andrés Souza, en diálogo afable con un transeúnte.

Los transeúntes. El hombre que mira a la distancia. Más allá, al interior del borde de los marcos de la imagen, que no nos permite ver y solo suponer, imaginar, especular, antes de atravesar la calle. La mujer que camina sobre la acera de enfrente, con un mantón de sombra, por estar a contraluz, lo que no permite observar sus facciones.  El ventero con su lebrillo de peltre y zabucan en el brazo; de filipina, sobrero y alpargatas, que quizá va al mercado a abastecerse de dulces, de frutas, o lleva algún producto para su venta. Pero también ahí están dos personas conversando alguna noticia o algún evento. Uno de ellos es perfectamente reconocible. Se trata de don Benito Andrés Souza, un peluquero de abolengo, que se halla a las puertas de su negocio, de su barbería, porque en esos años ahí estaba su taller donde ahora está “Belleza profesional”.

Otro aspecto, más actual, de la esquina “La Vieja”.

Otro aspecto, más actual, de la esquina “La Vieja”.

Don Benito es un hombre forjado en el corte del cabello. En el aprendizaje diario, en la práctica cotidiana del oficio, y por tal es “El maestro”. Sus descendientes también se dedican al oficio, oficio del que quizá solo la voluntad de hierro, la vocación de espíritu o, quizá situado en el extremo de los compromisos con la vida, solo el orgullo sostiene.

En la red podemos encontrar dos entrevistas al Sr. Souza publicadas originalmente en un medio local, textos plagados de anécdotas, de humor, de memoria. Barbero autodidacta, pues antes no había escuelas, para el barbero, para el sastre, para el periodista, todo se aprendía en el taller, en la redacción, en la calle, en el ejercicio citadino.

Benito Andrés Souza, tronco de respetable familia meridana y peluquero de abolengo, en el barrio de San Juan.

Benito Andrés Souza, tronco de respetable familia meridana y peluquero de abolengo, en el barrio de San Juan.

Eran otros tiempos, cortes y peinados que se veían en los medios impresos pero que aquí en Mérida se lograba realizar cuando ya habían pasado de moda, o cortes de cabello que de pronto se han puesto de moda, pero que hace años que aquí se hacían.

La falta de demanda de trabajo para los maestros barberos, los aromas característicos que se han perdido para siempre, el instrumental que ha evolucionado, caído en la obsolescencia o, por requerimientos de las instituciones de salud, ha sido aparcado en el desuso. Todo contribuye a su lenta desaparición.

Es necesario el ingenio, pericia y audacia de los maestros para emprender el corte de cada tipo de cabello ya que, en nuestra querida tierra, las matas de cabellos que brotan de las “azoteas” son únicas en el mundo, y moldearlas, darles forma y hacer de ellas algo estético requiere de un esfuerzo mayor.

El barbero, el cantinero y el psicólogo, todos comparten la disposición común de escuchar, y hay quien acude a hablar de sus problemas, de la necesidad de hablar para pensar mejor las cosas, de relajarse. Dígame, ¿quién no se ha “echado su coyotito” en la silla del barbero, con consecuencias desastrosas. Precisamente por eso a veces, al ver nuestros cabellos, nos dicen: “¿Que te pasó, te quedaste dormido?”

Actualmente el taller del maestro Beni, la “Peluquería Souza”, se ubica en el cruzamiento de las calles sesenta por setenta y uno.

Es el oficio que le ha mantenido, que le ha ayudado a levantar a la familia; es el patrimonio que le otorga un sitio en aquella y en esta Mérida.

Hubo tiempos mejores. Es un sentir para algunos, nostálgicos en su mayoría.

Vendrán tiempos mejores, piensan los optimistas.

Quizá no solo para el maestro barbero, sino para todos los oficios de Mérida.

Juan José Caamal Canul

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