Tianguis, tiempo y lugar para hallar lo que no se encuentra

By on enero 24, 2019

Juan José Caamal Canul

Los tianguis son entes que se devoran a sí mismos, tal cual acostumbran los románticos y los nostálgicos. Engullen sin sosiego tiempo, añoranzas e ideales.

A los tianguis todo llega: libros, ropa, bisutería, algunas antigüedades, discos de vinilo, discos compactos, casetes VHS, herramientas, juguetes y muebles. Casi todo es adquirido poco antes de comenzar la jornada comercial por los propios oferentes, especializados en tal o cual artículo, luego clasificado y revendido por ellos con un sobreprecio. Tan es así que algunos especialistas, digamos en libros, acuden a los domicilios de los comerciantes para desde ahí hacer sus adquisiciones y por lo consiguiente aquellos objetos y artículos ya no llegan a los citados mercados ambulantes.

Hasta hace algunos meses se podían adquirir libros a buen precio, libros en buen estado cuya edición y posterior salida al mercado no rebasaba los seis meses o un año. Los libros sobre Yucatán son un cantar aparte: tienen asignado un precio más elevado. Ahora ya ni eso.

Los que acuden a estos lugares pueden identificar a dos o tres personas que llegan y van adquiriendo libros, proponiendo precios a los comerciantes hasta llegar a un acuerdo. Así como llegan vecinos cercanos y personas de otros ámbitos citadinos a comprar todo lo que haya, también hay aquellos que prefieren ir escogiendo y seleccionando materiales de lectura.

El sentido común dicta entonces que es oportuno estarse por ahí temprano para mirar lo que se oferta, porque se encontrarán ejemplares valiosos.

Es preferible acudir a aquel que tiene en venta múltiples productos. Todo es de oportunidad. Arribar una hora tarde se convierte en un libro menos, una pieza perdida para el interesado. Pensárselo más tiempo o dos veces no permite hacer una buena adquisición.

Hay una dama que con su hijo recorre los puestos en sentido contrario, para que no les ganen; va adquiriendo lo que se ofrece, principalmente libros que adquieren a cinco o máximo diez pesos, que luego revenden en treinta y cinco. Aun así, son todavía económicos. Esta madre y su hijo recorren librerías de la ciudad y van comprando libros en descuento para luego venderlos diez o quince pesos más caros. Quizá le facilitan las cosas a aquellas personas que no salen de su casa o no tienen el hábito de ir a las librerías.

Mucho antes recorrían los barrios del norte de la ciudad, comprando papel y cartón; dentro de ello, extraían libros y revistas que luego vendían en los tianguis. Obtenían ejemplares valiosos, libros de excepción. Va un título: la revista Saastun que editó en su momento la Unimayab con el tema monográfico La Guerra de Castas decía la señora que era de su propia colección, que no lo vendía. Entonces ¿qué hacía en la mesa de los libros? <<Lo estoy leyendo>> argumentaba para que el interesado, el lector, el coleccionista –por separado o los tres en uno solo–, herido en su amor propio, envidiara y ambicionara más ese libro, revista o documento lo cual, por supuesto, redundaría para ella en una mayor ganancia.

Ahora, madre e hijo son especialistas en libros e invierten casi todos sus recursos en ello.

Hay un antropólogo que acude a los tianguis, revisando con parsimonia cada libro y producto, piezas con cierta antigüedad, valorando, aquilatando, sopesando, para regatear en el precio final. Es todo lentes de fondo de botella mirando detenidamente cada objeto. Él también se dio cuenta de que le ganaban, que hay una competencia. Ya dijimos: todo es cuestión de oportunidad, tiempo y lugar.

Este profesional en los estudios del hombre y la sociedad ha optado por hacer las adquisiciones directamente, yendo a las casas de los oferentes a revisar, valorar, clasificar y proponer un precio con todo el tiempo del mundo, sin la competencia ni el espoleo de los cazadores de chucherías o de los lectores. Luego, una vez con las piezas obtenidas, las traslada a su domicilio donde recibe a investigadores, estudiantes o visitantes de otras partes de la República o del extranjero para colocar a precios de dólar lo que adquiere.

Fíjese como está la sensibilidad de las personas que ahí venden por la presencia de los que compran para revender: si halla un libro que por sus características –edición, tema, autor y condiciones– le parece y califica como bueno y digno de interés, al informar cuál es el precio, si aprecian duda sobre el valor o si se quiere regatear argumentarán que no pueden bajarle más a la cantidad fijada: <<No sale. Al rato viene un señor que me compra todo. Al precio que yo le diga.>> Entonces ahí o no queda la cosa: Usted decide comprar, o dejar pasar, o darse una vuelta más para ver qué puede hallar; cuando regrese más tarde, en cuestión de minutos, solo hallará el espacio vacío donde antes estuvo el libro u objeto.

En la tardanza está el peligro.

Lo menos recomendable, insistimos, es acudir a los que se dedican a la venta de libros porque los hallará tres o cuatro veces su precio original; si usted llega temprano y busca los hallará tres o cuatro veces menos caros.

Si dispone de tiempo y paciencia, lo más recomendable es revisar entre montones de ropa, entre cacharros de cocina, herramientas de todo tipo, en los desechos y pedacería de los teléfonos móviles: cargadores, pilas, cables, audífonos, pantallas, teclados.

Son aquellos tianguistas que llevan de todo, incluso medicamentos, o aquellos que quieren deshacerse de todo lo que les ocupa un lugar en la casa y con lo que ya no saben qué hacer, no desean más pensar en ello. Esos se estacionan en su auto o camioneta y venden como si la mercancía, sea cual fuere, semejara pan caliente.

Recordemos a aquella dama mística que obtenía sus libros de una empresa que se denominaba recuperadora de cartón. No se piense que estoy mintiendo o exagero. Hasta la recuperadora –que no es otra cosa que una cartonera, centro que colecta desechos en papel y cartón– llegaban libros provenientes de bibliotecas de la red estatal de bibliotecas de los municipios o centros de actualización magisterial, CAM por sus siglas, libros en magnifico estado o ya de ediciones pasadas.

Permítame una disquisición, el libro también finalmente objeto comercial, debe tener una presentación y envoltura adecuada a los tiempos, ser atractivo a la vista de los consumidores para que se venda. El argumento, la manera de escribir, el tema, o lo que el autor diga líneas adentro, es ya cuestión de que el comprador lo averigüe página tras página, con el debido tiempo y paciencia. Otra cosa es que termine, quizá imponiéndose la conclusión siendo un lector exigente y con expectativas elevadas –¿aún será placentera una lectura con tales características? –, de leerlo, o lo tire en el cuarto de los cachivaches, en una pira de fuego, o de plano en el bote de la basura.

La dama mística ofertaba los libros, pero tenías antes que escuchar su perorata. Era cuestión de, digamos, cortesía; no era cosa de portarse de manera grosera, falto de maneras y dejarla con la palabra en la boca o con sus pensamientos muy en su cacumen. Se refería a los miles de problemas y obstáculos que tenía que librar para salir adelante todos los días.

Le robaron dos triciclos que rentaba, porque en sus inicios en esta labor trasladaba sus mercancías en una desvencijada carriola para bebé, entraron varias veces a su casa para robarle cualquier cosa, la expulsaron de espacios en otros tianguis, incluso de aquel centro filosófico religioso al que acudía.

Ahí guardó un mensaje –quizás redactado y armado por ella misma, quizás copiado de otros textos–, un galimatías bien intencionado donde se identificaban textos en letras del alfabeto hebreo, quizá de la cábala, sentencias brahmánicas, textos del Deuteronomio y evangélicos, que obsequió a sus clientes más asiduos un día, para agradecer-pedir en ese momento previo a que sobre las testas pasase la subjetiva línea del tiempo que divide un año del otro.

Un día dijo que se iba. Se despidió de todos sus clientes. Se regresaba a su tierra natal, Sinaloa, tal vez porque se ocuparía de cuidar a su madre, ya anciana, cuya promesa de por medio era una sustanciosa herencia. No lo pensó dos veces. Quizá ya era momento de dejar de autoimponerse hacer las cosas por sí misma, en contra de todos los deseos y maledicencias de sus parientes y vecinos, de arreglar las cosas terrenales y de subsistencia para los próximos años.

Ir a los tianguis es también pasear por la dinámica, leyes propias, manera de ser de las personas. Apreciar una molécula de la sociedad meridana digna de ser observada y, en su caso, dejarse asimilar por este microcosmos comercial.

21 de enero de 2019

 

Casi todo es factible de encontrar en los tianguis. Juan José Caamal Canul.

Casi todo es factible de encontrarse en los tianguis. Juan José Caamal Canul.

El latir de la vida diaria en los mercados itinerantes de la ciudad son espacios para hallar lo que por desuso o discontinuidad no se halla en el mercado convencional. Juan José Caamal Canul.

El latir de la vida diaria en los mercados itinerantes de la ciudad, espacios para hallar lo que por desuso o discontinuidad no se halla en el mercado convencional. Juan José Caamal Canul.

Objetos y utensilios que podrían parecer inservibles adquiere segunda vida en los mercados ambulantes. Juan José Caamal Canul.

Objetos y utensilios que podrían parecer inservibles adquieren segunda vida en los mercados ambulantes. Juan José Caamal Canul.

Pilas de viejos teléfonos son altamente demandadas. Juan José Caamal Canul.

Pilas de viejos teléfonos son altamente demandadas. Juan José Caamal Canul.

 

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