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Thomas Mann es un caso interesante entre los amantes de la Literatura Universal. Lo conocí a través de “Muerte en Venecia”, siendo aún joven, y por “Ensayos de tres décadas”, que descubrí en mi último año en la Prepa nocturna. En aquel entonces descubrí que el Maestro te da puertas muy distintas para entrar en él: el Mann narrador y el Mann intelectual.
Thomas Mann, alemán, nacido en Lübeck en 1875, pasó buena parte de su exilio en Suiza y Estados Unidos, obteniendo la ciudadanía estadounidense en 1944. Fue un autor que convirtió la novela en un espacio para discutir las grandes ideas de la cultura occidental como el arte, la enfermedad, la muerte, el erotismo, la religión, la política, incluso la decadencia, la razón, la barbarie, el tiempo y el destino. Fue un escritor enorme, pero no necesariamente fácil.
En una era tan demandante de tiempo, y con tal cantidad de opciones de entretenimiento, parecería que Thomas ha quedado desfasado en el tiempo, pero puedo asegurarles que no es así.
Voy a recomendarles tres obras y una mención honorífica que, al leerlas, los harán entender por qué era un escritor realmente talentoso.
“La Muerte en Venecia” (1912) es una novela breve, pero intelectualmente densísima. El escritor Gustav von Aschenbach contempla la belleza del muchacho Tadzio y, mientras aparentemente se dirige hacia una experiencia estética, va descubriendo dentro de sí algo mucho más oscuro: deseo, obsesión, pérdida del autocontrol y fascinación por la muerte. Los acontecimientos se precipitan e incluso Venecia misma se convierte en una especie de personaje: bella, decadente, enferma.
“Los Buddenbrook” (1901), si quieren conocer al verdadero Thomas Mann, es la novela adecuada, extraordinaria para entender de dónde viene. Es su gran novela familiar, la que lo colocó en el mapa literario. Aquí aparece una de sus obsesiones: la tensión entre el artista y la sociedad burguesa, narrando el deterioro progresivo de una familia burguesa de Lübeck a lo largo de varias generaciones. Para quienes ya leyeron “La Muerte en Venecia” algún día valdría muchísimo la pena releerla después de conocer “Los Buddenbrook”, pues muchas cosas adquieren otra dimensión.
“La montaña mágica” (1924) fue una de esas novelas que tuve en mis manos y por diversos motivos no terminé leyéndola sino hasta casi 40 años después. En la trama, un joven llamado Hans Castorp visita a su primo en un sanatorio de los Alpes, y termina permaneciendo allí durante años. El sanatorio funciona como una especie de laboratorio de Europa antes de la Primera Guerra Mundial.
Allí aparecen personajes que representan ideas enfrentadas: racionalismo, humanismo, radicalismo político, religión, sensualidad, enfermedad, muerte. En “La montaña mágica”, Mann escribe algo fascinante: una conversación entre personajes que se convierte en un enfrentamiento filosófico. Es una novela larga, más de 700 páginas dependiendo de la edición, pero puede resultar especialmente estimulante para quienes tenemos interés por la Literatura, la Filosofía, la Cultura.

La mención especial es para “Doctor Faustus” (1947), sin duda la que más me gustaría recomendarles después de “La montaña mágica”. En esta obra, Mann toma el mito de Fausto y, en lugar de centrarse simplemente en el pacto con el diablo, cuenta la historia de un compositor alemán que entrega su alma a cambio de una genialidad artística extraordinaria, un artista dispuesto a pagar un precio terrible con tal de trascender los límites humanos. El maestro estaba muy loco y coloca una segunda interpretación mucho más impresionante: Adrian Leverkühn en realidad representa simbólicamente a Alemania, pues la novela fue escrita durante y después de la Segunda Guerra Mundial, y Mann utiliza al compositor, su pacto diabólico, y la destrucción de su mente, para hablar de la Alemania que terminó entregándose al nazismo. Aquí Mann une literatura, música, filosofía, teología, política y cultura alemana. Estoy seguro de que para alguien como yo, que disfruta tanto la música, “Doctor Faustus” puede resultar poderosa.
Thomas Mann, además un consumado ensayista, intervino constantemente en las discusiones intelectuales de su tiempo, al mismo tiempo que consumaba su evolución política. Fue bastante conservador y profundamente vinculado a la tradición cultural alemana. Tras la Primera Guerra Mundial, y el ascenso del nazismo, transformó radicalmente su pensamiento, pues terminó defendiendo la democracia, enfrentándose al nazismo desde el exilio. Durante la Segunda Guerra Mundial realizó transmisiones radiofónicas dirigidas a los alemanes que se volvieron célebres, intentaba recordarles que Alemania no era sinónimo del régimen nazi.
Mann recibió el Premio Nobel de Literatura en 1929. La Academia destacó especialmente su gran novela familiar, “Los Buddenbrook”, en la que describió la vida de una familia burguesa con una riqueza narrativa excepcional. Fue un gran lector de otros escritores y pensadores, como Goethe, Schopenhauer, Nietzsche, Wagner, Freud, Dostoyevski, Tolstói, Cervantes y muchos más.
Si aún no han tenido oportunidad de leerlo, estas son muy buenas recomendaciones. Se los garantizo.
RICARDO PAT





























