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Testigo No Representado

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Retorno a un tiempo improbable

Joaquín de la Rosa Espadas (*)

Nos exiliamos en Ámsterdam a mediados de 1938, en un barrio donde viven numerosas familias judías desplazadas, sobre todo las provenientes del sur de Alemania. En esta ciudad, y especialmente dentro de nuestra comunidad, las cosas aparentan seguir su curso con cierta tranquilidad. La guerra se percibe como una nube negra de la que hemos conseguido alejarnos, pero que, como toda tormenta, sigue amenazando en el horizonte. Aun así, las familias que vivimos aquí seguimos creyendo que esto no es más que una etapa pasajera, que tarde o temprano podremos regresar a nuestros hogares. Yo tengo muy poca conciencia de la política y de las razones ideológicas que obligan a mis padres a abandonar Alemania. Soy apenas una niña. Nací en 1934, en Berlín, dentro de una familia judía liberal. Tengo casi cuatro años.

Al llegar a Ámsterdam logramos establecernos con relativa facilidad. Mis padres me inscriben en un colegio Montessori, donde el ambiente es mucho más cálido que el de mi ciudad natal, Berlín. Los maestros son amables y los niños provienen de distintos lugares. Algunos, como yo, hablan alemán; otros llegan de Polonia, Austria y Checoslovaquia. No entiendo por qué tantas familias tienen historias parecidas a la nuestra, pero intuyo que compartimos algo que nos une.

En el aula vuelvo a dibujar, a jugar y a aprender. Por momentos olvido que huimos. Mi familia tiene numerosos problemas económicos. Mi padre es arqueólogo. Ha dedicado su carrera al estudio de las antiguas civilizaciones de Mesopotamia y Persia. Antes del exilio, mi padre me llevaba al museo donde trabajaba. Allí me mostraba pequeñas piezas arqueológicas, fósiles y fragmentos de cerámica que para mí eran auténticos tesoros. Mientras recorríamos las salas, me hablaba de civilizaciones que existieron siglos antes que nosotros y me hacía imaginar mundos perdidos. Sin embargo, desde que llegamos a Ámsterdam, mi padre no logra reincorporarse a la vida académica. Incluso fuera de Alemania, seguimos encontrando obstáculos por el simple hecho de ser judíos. Los puestos universitarios son escasos y muchos refugiados compiten por las mismas oportunidades. La angustia se instala en nuestra casa. Mi padre busca sin éxito un lugar donde continuar su trabajo, de modo que el sustento de la familia recae principalmente en mi madre.

Ella es pianista. Da clases particulares y, cuando tiene suerte, ofrece conciertos en pequeños teatros y salones privados. Una noche, después de una función, mi padre me lleva al camerino para saludarla. Mi madre, siempre cariñosa conmigo, me sienta sobre sus piernas. Aún lleva puesto su elegante traje de concierto. Yo observo las flores que mi padre le ha regalado y juego distraídamente con las cintas que adornan el ramo cuando, de pronto, comienzan a discutir. Levanto la vista y descubro en sus rostros una expresión que nunca había conocido. Entonces me piden que vaya a entretenerme con el piano. Mis padres nunca hacen escándalo. Procuran que sus inquietudes no lleguen hasta mí, pero alcanzo a escuchar que hablan de volver a marcharnos. Las cosas ya no están bien.

El Partido Nacional Socialista consolida su poder y la amenaza parece acercarse cada vez más a nuestro nuevo hogar. Mis padres hablan de personas infiltradas que revelan dónde vivimos y dónde se encuentra nuestro barrio. Dicen que corremos peligro y que, tarde o temprano, el ejército alemán llegará a la ciudad. Mi padre intenta tranquilizar a mi madre, aunque él mismo se escucha abatido. Esta escena queda grabada en mi memoria porque es la primera vez que comprendo que los adultos también pueden tener miedo. Mientras intentamos reconstruir nuestras vidas, Europa avanza, paso a paso, hacia el desastre más grande que habrá de conocer nuestra generación. No tengo miedo. Lo que siento es una extraña emoción: una inmensa curiosidad por descubrir cómo será el fin del mundo.

En aquellos días se organizan reuniones en una casona donde se congregan numerosas familias refugiadas. La mayoría somos judíos, aunque pertenecemos a tradiciones religiosas muy distintas. De vez en cuando también acuden algunas familias neerlandesas que colaboran con nuestra comunidad y ayudan a que los niños encontremos, aunque sea por unas horas, un lugar donde olvidar que estamos lejos de casa. En esas reuniones también hay personas a las que casi nadie conoce.

Una tarde llega un muchacho. Dice que acaba de llegar desde Alemania. Conversa con facilidad, sonríe a todo el mundo y parece decidido a ganarse la confianza de la comunidad. Los adultos lo reciben con cordialidad, pero mi abuelo nunca termina de confiar en él. En medio de la conversación pronuncia uno de esos viejos refranes en idish que siempre esconden una enseñanza. El muchacho sonríe con cierta incomodidad. No entiende una sola palabra. Aquello, por sí solo, no significa nada; muchos judíos alemanes apenas hablan idish. Sin embargo, mi abuelo dice que hay algo en su manera de observar la casa y de hacer preguntas que no termina de convencerlo.

Mientras ellos conversan durante horas, nosotros pasamos la tarde jugando en el jardín. Mi mamá me explica que los juegos sirven para enseñarnos disciplina, cooperación y la importancia de pensar en la comunidad antes que en uno mismo. Nosotros sólo queremos divertirnos. Nos mezclan entre niños y niñas para participar. Los adultos nos entregan pequeñas canastas y nos piden recoger unos frutitos esparcidos por todo el jardín. Cuando cada uno reúne los suyos, debemos correr por un circuito, brincar algunos obstáculos y vaciar los frutos en una canasta mucho más grande colocada al final del recorrido.

Durante el juego conozco por primera vez a Ana Frank y a su hermana Margot. Hasta entonces sólo las veía pasar por el barrio. Vivimos relativamente cerca y es frecuente cruzarnos en la calle. Ana tiene cuatro o cinco años más que yo. En ese momento esa diferencia me parece enorme. Las dos caminan siempre juntas, inseparables. Desde mi mirada de niña, Margot parece estar pendiente de Ana en todo momento, como si sintiera la responsabilidad de cuidarla y de evitar que se meta en alguna travesura o termine en problemas.

Al principio me divierto mucho. Corro de un lado a otro, recogiendo los frutos con enorme concentración. Cuando lleno mi canastita, tropiezo. Los frutos caen al suelo y ruedan por el jardín, dispersos entre la tierra y el pasto. Para mí aquello es una tragedia. Mientras permanezco inmóvil, tratando de contener las lágrimas, veo cómo Margot ya termina la actividad. Recoge todos sus frutos, supera el recorrido y deposita su canasta en el recipiente común antes que nadie. La observo con una mezcla de sentimientos que no comprendo bien. Siento una profunda admiración por ella. Es algunos años mayor que yo y, a mis ojos, la persona más inteligente, elegante y amable que conozco. Para mí, Margot es simplemente perfecta. A pesar de que la admiro, me da muchísima vergüenza hablarle, con trabajo me atrevo a mirarla. Cada vez que sonríe o dice algo, pienso que así debe comportarse una persona mayor.

Todavía no tengo palabras para nombrarlo, pero aquel es mi primer enamoramiento. Sólo quiero estar cerca de ella, parecerme a ella y hacer las cosas con la misma naturalidad, la misma seguridad y la misma serenidad que transmite. Entonces escucho que Ana ya ríe con otros niños dentro de la casa. Ella termina mucho antes que la mayoría de nosotros. Parece extraordinariamente rápida para cualquier actividad. Yo sigo de rodillas recogiendo, uno por uno, los frutos que se me cayeron. Me enojo con ella. ¿Por qué todo le sale bien? Pienso que la culpa es suya por ser tan lista. Nunca había pensado que otra niña pueda hacer las cosas mucho mejor que yo.

Aquella tarde descubro que hay niñas más rápidas, más hábiles o simplemente más coordinadas. Ese descubrimiento me duele profundamente. Uno tras otro, los niños y niñas vacían sus frutos en la gran canasta. Los adultos los felicitan y luego los invitan a pasar al interior de la casa, donde los esperan algunos dulces como recompensa. Yo, en cambio, sigo afuera, completamente sola, inclinada sobre el jardín, recogiendo los últimos frutos que quedan dispersos. Levanto la vista y escucho cómo las risas escapan desde el interior de la casa mientras yo aún no termino la tarea. Nadie se burla de mí y mi mamá tampoco me reprende. Simplemente llego tarde y me dicen que tengo que terminar lo que empiezo. Ese día también aprendo que una comunidad se construye con el esfuerzo de todos y que el grupo continúa avanzando, incluso cuando alguien se queda atrás. Al terminar, mi mamá me señala la canasta grande y me dice que así funciona una comunidad: cada quien aporta un poco para ayudar a los demás.

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El 10 de mayo de 1940 los aviones comienzan a sobrevolar Ámsterdam y, en cuestión de días, los Países Bajos quedan bajo ocupación alemana. Una semana después de la ocupación, varios hombres llaman a nuestra puerta. Entre ellos reconozco inmediatamente al joven que aparece en las reuniones de la comunidad. Mi abuelo tiene razón: no es uno de nosotros. Traen una botella de vino. Saben perfectamente que nuestra religión prohíbe beberlo. Quieren obligarnos a renunciar, aunque sea por un instante, a lo que somos. Mis padres aceptan beber para evitar que la situación escale. Mi abuelo es el único que se niega. Después llegan los empujones, los golpes y los gritos. Yo me escondo detrás de mi madre. No entiendo por qué los adultos gritan ni por qué mi abuelo está en el suelo. Esa noche comprendemos que ya no hay lugar para nosotros en esta ciudad.

A la mañana siguiente comienzan los preparativos para huir. Mis padres escogen con cuidado unas cuantas mudas de ropa, documentos, fotografías y los objetos que consideran indispensables. El resto permanece en su sitio, como si en unos días fuéramos a regresar. Yo recorro la casa sin entender por qué dejamos tantas cosas atrás. Al entrar en mi habitación veo mis juguetes acomodados sobre el estante. Tomo mi rompecabezas favorito y me dirijo hacia mi madre.

—¿Esto también se queda?

Mi madre deja de doblar la ropa por un instante y me acaricia la cabeza.

—Sí, mi amor. No te preocupes. Pronto volveremos por todas nuestras cosas.

Le creo. A esa edad uno siempre cree lo que le dicen sus padres.

Esperamos a que anochezca para salir. Mi padre apaga las luces de la casa. Antes de cerrar la puerta, permanece unos segundos, inmóvil, con la mano apoyada sobre el marco. Se está despidiendo del hogar que tanto esfuerzo nos costó construir.

Las calles ya no son las mismas. Hay soldados patrullando las esquinas, vehículos militares recorriendo la ciudad, y personas que caminan con la cabeza baja, procurando no llamar la atención. Mis padres me piden que no hable y que camine siempre entre los dos. Yo obedezco sin hacer preguntas. Sólo sé que volvemos a marcharnos. Mi madre mira la casa hasta que doblamos la esquina, frente a la casona donde tantas veces nos reunimos con otras familias refugiadas. Las ventanas están oscuras. Vuelvo la cabeza esperando ver a Ana y a Margot salir al jardín. Nadie aparece. Me pregunto si volveré a ver a los niños con los que juego, si Margot seguirá cuidando de Ana, o si algún día volveremos a llenar la canasta de frutos. Nosotros nos marchamos. Ellas se quedan.

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Soy Edgar Valadés. Tengo cuatro años. Vivo en Mérida, Yucatán. Mis padres me regalan un rompecabezas de Pinocho. Estoy acostado sobre la cama intentando armarlo, pero me piden que lo guarde. Dicen que cuando lleguemos podré jugar con él. Después nos subimos al Volkswagen.

El trayecto se hace eterno. Contengo las ganas de abrir el rompecabezas. Mis padres me indican que vamos al malecón de Progreso. Sin embargo, paulatinamente empiezo a descubrir que estamos huyendo.

Detienen el automóvil y descendemos en un parque. Entonces noto algo extraño. El coche ya no es el mismo. El cielo resplandece. El atardecer parece sacado de una pintura: un naranja profundo cubre los árboles, el césped y las bancas. Soy feliz. Amo profundamente a mis padres y ellos me corresponden con una ternura infinita.

Nos sentamos en una banca, bajo un árbol, sin decir casi nada. Mi madre me entrega el rompecabezas y empiezo a armarlo. Cuando intento mirar con atención sus rostros, ocurre algo extraño: no son los rostros de mis padres. Son los de otras personas, desconocidas y, al mismo tiempo, íntimamente familiares.

No siento dolor. Tampoco tristeza. Sólo sé que ese día muero con el nombre y la identidad de una niña improbable.

(*) Primera novela del autor.

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