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Surrealismo en “Pinta la Revolución”

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Letras

Pretendo reseñar y comentar un pequeño capítulo que la Dra. Rita Eder, investigadora emérita de la UNAM, dedicó a la llegada del surrealismo a México en el tercer tomo del libro “Pinta la Revolución: Arte moderno mexicano 1910-1950”, publicado por el Fondo de Cultura Económica en el 2024.

Uno se puede preguntar qué es lo que hace un texto sobre surrealismo en un libro dedicado al arte moderno mexicano en el contexto de la Revolución mexicana, si bien es cierto que el surrealismo se desarrolló en Francia más o menos al mismo tiempo que el muralismo mexicano, movimiento que inicia con la realización de los murales del Colegio de San Ildefonso en 1922. En efecto, Les champs magnétiques, obra escrita por André Breton y Philippe Soupault en 1919, y publicada en 1920, se considera como una de las primeras manifestaciones de la escritura automática, mientras que el Manifiesto del Surrealismo (luego conocido como el Primer Manifiesto del Surrealismo) se publica en 1924. No obstante, ambos movimientos tienen poco que ver uno con el otro en cuanto a sus planteamientos fundamentales.

Es, por supuesto, la aventura de Breton a México en 1938 –que tenía como objetivo principal sentar las bases para la redacción del Manifiesto para un arte revolucionario independiente, un texto redactado por Breton y Trotsky, si bien firmado únicamente por Breton y Diego Rivera– lo que permite hacer referencia a la presencia del Surrealismo en México en pleno auge del muralismo mexicano.

Se puede considerar que el pequeño texto de Rita Eder es un excelente resumen de lo que se ha dicho en algunos escritos fundamentales para conocer la epopeya de los surrealistas en México como México y el Surrealismo (1925-1950), de Luis Mario Schneider, El surrealismo y el arte fantástico de México, de Ida Rodríguez Prampolini (recientemente reeditado por el Instituto de Investigaciones de la UNAM) y, adicionalmente, el texto “Gerzso: pionero del arte abstracto en México”, en el libro El riesgo de lo abstracto: el modernismo mexicano y el arte de Gunther Gerzso, de Diana C. Dupont, publicado en el 2003, si bien la investigadora solo se refiere a los dos primeros.

Así pues, el lector que no conozca nada del surrealismo en México se enterará de la epopeya que vivió en México Antonin Artaud, el gran poeta y dramaturgo francés, “hereje del surrealismo”, según la expresión de Eder, (lo cual es una alusión al hecho de que Breton lo “excomulgaría” por no quererse adherir al Partido Comunista francés en 1927). Como se sabe, en 1936, Artaud realizaría un viaje a nuestro país, creyendo que la Revolución mexicana tenía como propósito principal restaurar el espíritu de las antiguas civilizaciones precolombinas en oposición al racionalismo europeo, lo cual le valió una dolorosa desilusión, a pesar de su fructuoso viaje al “País de los Tarahumaras”. Durante el viaje alabaría la pintura de María Izquierdo, como lo subraya la autora, lo cual no es anodino, ya que Artaud celebró así a una artista de género femenino en tiempos en que “los tres grandes” llevaban la batuta en todo lo referente al arte en México.

El lector se enterará igualmente de la llegada de Breton en 1938 a nuestro país, y de las condiciones en que se redactó el ya citado Manifiesto por un arte revolucionario independiente en que la autora, sin negar el papel de Breton en el asunto, da mayor protagonismo de lo que generalmente sucede a Rivera, Trotski y Frida Kahlo.

Podrá revisitar la famosa exposición internacional del Surrealismo de 1940, en la Galería de Arte Mexicano, organizada por Wolfgang Paalen y el poeta peruano César Moro, ambos refugiados en nuestro país en ese momento, aunque también por Breton, desde el extranjero. Aquí Rita Eder le otorga un protagonismo especial a la pintura de Antonio Ruiz “El Corcito” y, en particular, al cuadro El sueño de la malinche, que estuvo colgado en esa famosa exposición. Insiste igualmente en el hecho de que Paalen se haya “despedido” poco después del Surrealismo, al tiempo que creaba la revista DYN (si bien, en realidad, Paalen luego se reconciliaría con Breton).

También se enterará de la casa de la calle Gabino Barreda en la que Benjamin Péret, Remedios Varo y Leonora Carrington, quienes habían llegado a México refugiándose de la Guerra en Europa, animaban extravagantes reuniones al inicio de los años cuarenta donde Gunther Gerzso empezó a pintar en “estilo” surrealista, antes de pasar a la pintura abstracta que lo caracterizó ulteriormente. Una obra de aquella época, El descuartizado, fue inclusive reproducida por Breton en el cuarto número de la revista VVV, publicada en Nueva York.

Por fin, el lector podrá reflexionar sobre la influencia que tuvo el surrealismo en la revista S.nob, dirigida por Salvador Elizondo (cuyo director artístico fue Juan García Ponce), en la cual participarían tanto Leonora Carrington como Kati Horna. La autora del capítulo se detiene aquí en la influencia que tuvo Georges Bataille tanto en la escritura de Elizondo (Farabeuf) como en la pintura de Alberto Gironella. De igual manera, menciona el ascendente de Artaud sobre Alexandro Jodorowsky quien, como se sabe, tuvo una gran relevancia en el México de los años sesenta.

En suma, se trata de una síntesis muy bien escrita, por supuesto, del paso del surrealismo por México en la que, sin embargo, se percibe una ligera intención de minimizar el papel de Breton para dar paso a otras interpretaciones en las que predomina el sentimiento nacionalista impulsado por la Revolución mexicana, como es normal en una obra colectiva dedicada a las relaciones entre el arte moderno mexicano y aquel acontecimiento histórico.

ESTEBAN GARCÍA BROSSEAU

garciabrosseaue@gmail.com

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