Siete décadas del elepé y sigue sonando

By on septiembre 3, 2021

Aída López Sosa

“Mientras la música siga estando allí, y mientras la gente la compre, todo va bien.

Cuando dejen de comprar nuestros discos, entonces diré adiós y haré otra cosa; tal vez me vuelva estríper.”

Freddie Mercury (1946-1991)

Las redondeces en la civilización siempre son augurios de nuevos tiempos que han cambiado la realidad. Las grandes transformaciones se dieron en la antigüedad a partir de la invención de esta forma mágica de la cual se desprendieron descubrimientos que revolucionaron la ciencia y la cultura. La forma circular ya era del conocimiento de los griegos en el período clásico, cuando Mirón de Eléuteras esculpió el “Discóbolo” (siglo V a.C.), figura icónica donde se advierte el posicionamiento simétrico, proporcionado y equilibrado del cuerpo atlético concentrado en el momento preciso que se prepara para lanzar con toda su fuerza el disco que sostiene con la mano derecha, disciplina olímpica hasta la fecha. Asimismo, durante el mismo siglo en Mesopotamia -hoy Irak- se inventó la rueda, otro círculo que cambió la forma de transportarse y las máquinas; hoy no concebimos la vida sin ella. El origen del cero aún no es claro, se cree que fue en Alejandría y de ahí se propagó a la India. La forma redonda es posible que provenga de la letra griega oudén o vacío, dato aún no confirmado.

El siglo XIX de nuestra era inventaría otra redondez que alegraría nuestras vidas y cuerpos. Thomas Alva Edison -inventor de la bombilla- ya tenía en la mente un fonógrafo que pronto materializó. Grabó con su voz: María tenía un corderito en un cilindro de hoja de estaño, utilizando una aguja que se movía por un tornillo a lo largo; por supuesto, no había posibilidad de reproducir tal grabación. Años después, el inventor del teléfono, Alexander Graham Bell, creó el gramófono, también con cilindros. Continuaron otros intentos hasta desplazar a los cilindros por un disco que se fue fabricando con distintos materiales.

El 31 de agosto de 1951 Deutsche Gramophon Records presentó el primer Long Play (vinilo) en la Feria Alemana de la Música en Dusseldorf, ciudad a la orilla del río Rin donde año con año se celebraban, hasta antes de la pandemia, exposiciones de la industria y la moda, icónica por su música electrónica hace más de cinco décadas y trayectoria punk.

El elepé de material vinílico (30.5 cm de diámetro) fue consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Los discos anteriormente se elaboraban con goma laca, pero esta se necesitaba para la fabricación de herramientas bélicas.

A partir de la segunda mitad del siglo XX, hace apenas 70 años, la música alegró los hogares de la clase media y alta que podían adquirir un mueble con tocadiscos integrado para escuchar en la sala de su casa las grabaciones de sus artistas favoritos de todos los géneros musicales. Los demás se conformaban con el radio en donde tocaban canciones de acuerdo con la programación. Para los niños, Cri-Cri el grillito cantor. El gusto de los adultos era variado: iba de las rancheras a los boleros hasta la música clásica. También estaban las cumbias para bailar y amenizar los festejos domésticos.

Pocos años después, el disco ya no solo estaba en los hogares, sino que dio paso a las discotheques y a todo un género ochentero: la música disco. El ritmo, acompañado de cambios de luces que se refractaban en una esfera de espejos, hacía olvidar el tiempo, transportándonos a dimensiones excitantes. Al ritmo de “I Will Survive” olvidábamos los dislates del amor porque así nos lo hacía sentir Gloria Gaynor. El poder de la música hacía efecto cuando en catarsis colectiva cantábamos a todo pulmón: “Go on now go, walk out the door, just turn around now, ‘cause you´re not welcome anymore”. NEXT!

Entre nuestra prioridades estaba comprar el último vinilo de bandas extranjeras. Había expectación por el diseño de la portada.

El disco era objeto del deseo de niños y adultos, todos querían tener su música favorita en casa para escucharla una y otra vez so riesgo de que se rayara, pero bien valía la pena por el gozo inmediato.

Las amigas nos reuníamos en la casa de alguna para montar coreografías: Y.M.C.A., de Village People, era ideal para ensayar los movimientos de los brazos; Tavares para pasos grupales que requerían coordinación y ritmo. John Travolta impuso moda con “Vaselina”: a pesar del calor meridano, todos los jóvenes querían una chamarra de cuero. Olivia Newton-John nos regresó a las melenas rizadas y a las coletas, a las faldas con crinolinas y a los pantalones entubados brillosos que desplazaron las amplias campanas setenteras de terlenka a cuadros.

Con los casetes, la música se volvió compañera de andanzas. Bastaba una grabadora con pilas para colocarla en cualquier sitio. Fuimos transitando hasta la adultez cuando el vinilo y el casete pasaban a la historia. Los discos compactos prometían portabilidad, ahorro de espacio y mayor fidelidad. La irrupción del internet en la década de los noventa nos dio la posibilidad de oír gratuitamente la música y ver videos. Fue cuando conocimos muchos de los rostros de nuestros ídolos.

Actualmente existen servicios multimedia que por una cantidad simbólica han sustituido la compra física del disco-objeto.

El vinilo vive su segunda juventud desde el 2005. Grupos emblemáticos han conmemorado sus aniversarios grabando en este formato para los nostálgicos que invierten cuantiosas sumas para tener entre sus manos ese círculo de plástico negro que los devuelve a 33 revoluciones por minuto a su juventud cuando suena en el tocadiscos.

Freddie Mercury murió justo cuando iniciaba la revolución discográfica, no alcanzó a cumplir el prometido espectáculo de estriptís cuando se dejaran de vender sus discos. No imaginó que en el nuevo milenio ya no sería necesario pagar por escuchar su música y más aún, verlo, aunque ya no como Dios lo trajo al mundo.

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