Santa Lucía y sus vecinos de hace medio siglo (XII)

By on marzo 26, 2020

XII

NARRACIÓN OCTAVA

Continuación…

En el inicio de los portales, sobre la 55, se estableció un comerciante español muy gruñón de apellido Torrealba, dedicado al comercio de huevos y alimentos para aves: era don Paco. En el despacho de mercancías lo auxiliaban sus dos hijos: uno de igual nombre, el otro, no muy activo, padecía de ataques epilépticos. Más tarde, ahí instaló su tienda de kerosene, lubricantes y derivados de petróleo para vehículos motorizados el conocido don Ricardo Vila, también español como su antecesor y con antigua residencia en Mérida. Este local fue el areópago de mucha gente de izquierda desde el estallido de la guerra civil de España. ¡Y había que oírlo discutir sobre la situación militar y política de la Madre Patria! Los debates, cuentan muchos de los concurrentes, eran lúcidos y apasionados y casi estuvieron a punto de votar por una diputación yucateca-española en el exilio.

En el otro extremo de los portales, mirando a la calle 60, en los años veinticinco instaló un puesto de refrescos el famosísimo “chino” Mateo, a quien tantas rabietas hicimos padecer todos los que éramos sus más “importantes” y asiduos parroquianos. En auxilio de Mateo, extraordinario cocinero, llegó un paisano suyo regordete y serio: Joaquín. Este trabajaba por las noches preparando apetitosos sándwiches de jamón, pierna y pavo, bien acompañados de leche fría con vainilla y canela que servía la diligente y magra figura de Mateo. ¡Qué deliciosos eran sus helados de mamey, mantecado o guanábana, o los refrescos que preparaba de marañón, papaya o zapote! Después, ya disponían de un par de mesitas circulares metálicas, muy clásicas de refresquería meridana, dotada cada una con dos o tres asientos para que las familias que acudían en las noches pudieran disfrutar mejor el momento de este refrigerio con el incomparable fresco del parque.

Pero Mateo una vez se sacó la lotería y ¡plaf!, generoso y emprendedor como era, el premio y la bonanza se desmoronaron tan rápidamente como llegaron, arrastrando al negocio que por años significó la fuente de su sustento.

Deseando socorrerlo en su penuria y vejez, el caballeroso don Antonio Campos Sauri lo invitó a trasladarse a la finca “Timún”, donde gozaría de todas las consideraciones, además de un salario muy aceptable, con la obligación única de encargarse del aseo de la habitación de la casa principal que don Antonio ocupaba los viernes de cada semana en su visita a la hacienda. Sólo veinte días soportó el sentimental Mateo aquel generoso ostracismo. Y cuando le interrogó el señor Campos sobre los motivos que justificaran abandonar el cargo, más efectivo que real, Mateo, con ademanes patéticos y “pucheros” de chiquillo, le respondió: “¡Es que no puedo vivir sin Santa Lucía!”

Bien podrían rememorar el epílogo de Mateo estos hermosos versos de la inolvidable y aún muy recitada “La Flauta China” de don Delio Moreno Cantón, tan fáciles y lozanos que parecen haberse escrito ayer:

“¡Qué cataclismo

causan los años

con sus verdades y desengaños!

Todas las noches gimiendo el chino

sopla en la flauta, soplar continuo

que de tristezas parece pauta

porque solloza también la flauta.”

Cerca de esta refresquería se instaló un estanquillo que atendía un joven Alfaro. Expendía tabacos, fósforos, postales y algunas baratijas. En unos relucientes vitroleros presentaba chocolates y caramelos de los más finos del mercado. Pero una tarde, por menuda discusión, el señor Luis Sánchez que, aunque tenía sensibilidad para tocar el violín era algo irascible, le rompió un vitrolero en la cabeza con gran susto de los presentes y del vecindario. Se armó el lío, llegó la policía y se llevó a Sánchez y al herido al médico más cercano. Después del incidente el pequeño comercio de Alfaro quedó clausurado.

Por estos sitios de pronto pululaba, clavel o “mariposa” –la orquídea blanca de Yucatán– en mano, el engreído “Bardelís” Salazar, alardeando siempre de cómo acababa de rendir a cierta joven con su “irresistible caída de ojos”; eventualmente dejaba mirarse el entonces líder estudiantil Luis H. “Belchoch” Novelo con sus seguidores.

El murmullo de la charla en la refresquería o en el parque quedaba en suspenso al asomar inesperadamente un tipo de fábula: Estanislao, recubierto su andrajoso ropaje de cuanto objeto reluciente encontraba: tapas metálicas de botellas, mentholatum, pedacería de prismas o almendros de los candiles, lentejuelas, chaquiras, etiquetas de colores, y en la cabeza plumas de guacamayo, pavo y pájaro conjuntaban su tocado estrafalario. Con su acento extranjero el polaco, caído en desgracia síquica y física, iba reclamando ayuda pecunaria.

Pero la gritería se armaba con visos de tumulto cuando los portales o cruzando el parque aparecía aquel personaje pintoresco motivo de compasión y crítica de la sociedad: “Goyito” Zavala, implorando cinco o diez centavos para su ropa “chen p’o” (lavada, sin planchar) a cambio de recitar sus pícaras letanías, pero también arrojaba preduzcos, guardados en la bolsa de su chaqueta, a los que lo hacían víctima de sus choteos o mofas. Acompañaban cada lanzamiento con artillería pesada su cantinela en ritornelo de “Goyito, Goyito…” y materna dedicatoria, repitiéndola hasta escurrirse del grupo que los acosaba o que él creía que lo mortificaba.

Algunas veces, en bicicleta reluciente, tocado con sombrero fino de fieltro, vistiendo traje de casimir y el inseparable chaleco, pasaba el profesor don Remigio Aguilar Sosa, director de la Escuela Hidalgo, que por entonces ocupaba el antiguo edificio del Colegio Teresiano (5), en la esquina donde convergen las calles 60 y 53. Saludaba ceremonioso con una sonrisa que dejaba ver un par de incisivos de oro. La Escuela Hidalgo de esos años, con don Remigio al frente, es una postal imperdible en el recuerdo de aquella generación escolar del rumbo de Santa Lucía.

Dos casas delante de la “Hidalgo”, sobre la 60, funcionó con escasos recursos y por los empeños espartanos de un grupo de artistas y maestros la Escuela de Bellas Artes, guiada con entrega patriarcal por don Alfonso Cardone, quien con su depurada técnica, conjuntada a rica experiencia y auxiliado por el escultor don Leopoldo Tommasi Aliboni y entusiastas colaboradores: Ariosto Evia, Víctor Montalvo, Francisco Gómez Rul, Xavier Batista, arquitecto Manuel Amábilis, Gregorio Tejero, entre otros, logró tener el carácter de un moderno centro de enseñanza de artes plásticas.

Alumnos de gratísimo nombre para los anales de movimiento pictórico en Yucatán se distinguieron en los jaloneos heroicos de esta escuela: Miguel Tzab, Alfredo Barrera Vázquez, sabio arqueólogo, mayista de magnitud extraordinaria, medalla “Eligio Ancona”; Felipe Chi, el después arquitecto Leopoldo Tommasi López, “Polín” –Medalla Yucatán 1972–, quien asumió la dirección algún tiempo hasta 1975; Manuel Chacón, Víctor Reyes, Raúl Gamboa Cantón y los malogrados Fernando Güemes, Raúl Zapata Gómez y José Aguilar, son algunos de los que allí encendieron sus primeras antorchas en el arte.

Después de muchas vicisitudes, corriendo los años, tocó dirigirla con el nombre de “Escuela Popular de Arte” en 1941, con todo el espantable fervor que puso en cada una de sus obras, al inolvidable Armando García Franchi, otro noble artista desaparecido que honra las efemérides de la pintura yucateca.

Puertas delante de este seminario de arte radicó larga temporada el licenciado y escritor Francisco Cantón Rosado, hijo del polemizado general Francisco Cantón, soldado del imperio y ex gobernador de Yucatán, que como hombre de empresa construyó el ferrocarril de Mérida a Valladolid, su tierra natal.

Al mudarse la Escuela Hidalgo al palacio Cantón, el antiguo edificio teresiano albergó la Escuela Secundaria Federal para Hijos de Trabajadores, con internado, que abrió sus puertas a fines de 1937 con un cuerpo docente de venerable importancia que podría envanecer a colegios y universidades con los mejores pergaminos: director, don Octavio Novaro, licenciado poeta de imágenes felices, periodista aguerrido y buen diplomático; secretario don Octavio Paz, cima y tormenta de la poesía mexicana de nuestro tiempo quien, al ausentarse para España al Congreso de Escritores de Valencia, fue sustituido por don Ricardo Cortés Tamayo, periodista ágil, ameno prosista y poeta de enjundia. En el profesorado encontramos nombres consagrados por su saber y su fama: el combativo y glorioso novelista “Pepe” José Revueltas; el conferenciante, elegante poeta y escritor guanajuatense don Efraín Huerta, el bibliófilo y escultor don Manuel Cachón Ortegón, “diálogo externo con el yeso y la arcilla”; y en dibujo modelado nada menos que el maestro abuelo –estela de esculturas– don Enrique Gottdiener Soto.

Esta secundaria cumplió un brillantísimo ciclo pedagógico en Yucatán. De ella surgieron ciudadanos respetables, profesionistas excelentes y, para mayor ufanía, dos mandatarios del Estado: don Luis Torres Mesías y el actual gobernador, doctor Francisco Luna Kan.

Su director, don Octavio, con su bella esposa María Luisa –inolvidable– se alojó en el propio edificio de la escuela, haciendo aparecer a los pocos meses una casita en la esquina que cae en la calle 68 con 53. Mucho frecuentaron, pues enfrente vivía sobre la 58, a la delicada poetisa doña Beatriz Peniche Barrera, quien casó con el también poeta don Miguel Ponce Casares; Bety, así familiarmente le nombraban, fue en 1924 una de las tres primeras mujeres que llegaron con representación popular al recinto legislativo yucateco.

Vecino de ambos, de doña Beatriz y de don Octavio, era otro poeta: don Raúl Palma González, muy popular en aquellos años por su ingenio improvisador –del que aún hace gala– y conocido mejor por el monte vernáculo de “sak och”, zorro blanco. El señor Palma residía con sus familiares en la esquina noreste del cruzamiento de las calles 58 y 53.

* * * * * * * * * *

Para bien de todos, en el atrio, en el parque, en los portales, en los alrededores, animada por aquel vecindario novelescamente delicioso, así transcurrió la vida de Santa Lucía en los años de gracia de hace medio siglo… Así fue, así era Santa Lucía.

NOTAS:

(5) Este predio pertenecía a doña Carmen Chavarría, pero el 15 de diciembre de 1915, durante la administración alvaradista, pasó a poder del gobierno del Estado. Nuevamente quedó en posesión de su antigua propietaria el 3 de abril de 1920. Luego fue intervenido por el gobierno federal desde el 24 de abril de 1934 hasta el 15 de octubre de 1943, en que recobró su dominio la misma señora Chavarría. Adquirido y enajenado sucesivamente hasta por cinco personas, es ahora propiedad, ya totalmente modificado su trazo original, de don Jorge Seijo Gómez.

Delio Moreno Bolio

Continuará la próxima semana…

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