Santa Lucía y sus vecinos de hace medio siglo (XI)

By on marzo 19, 2020

XI

NARRACIÓN OCTAVA

Admiremos los portales. Magnetiza su hospitalidad, convidan a la tertulia. Recaminémoslos con pasos tranquilos a la rebusca del pasado en el intento de saber de sus antiguos moradores y viandantes. Reconstruyamos en nuestra imaginación lo que no vimos, pero nos lo han dicho, y recordemos escenas y personas que sorprendimos en días de quietud y de bullicio, para que no se escapen más de la memoria que se haga en este sitio.

Sus arcos se abren al espacio con soltura y suavidad, como depositarios del postrero y sentimental trazo arquitectónico misional franciscano; característica que arraigó en Mérida al declinar el siglo dieciocho, al grado que la ciudad le dio su patente a este tipo de arquería en las construcciones civiles, domésticas y aún rústicas. En muchas casonas se levantaron arcadas similares de manera persistente, para hacer más decorativos los amplios y soleados corredores de que disponían.

Pero hace casi doscientos años Santa Lucía era diferente. No había plazoleta, portales, ni jardín… Todo era un chiquero, “muladar fétido y asqueroso”, con algunos sembradíos y tapias de varias y regulares casas. Dos, únicamente, cedieron lugar a los portales: una, la del norte, de doña Tomasa Argüelles, y la otra, la del poniente, de don José Miguel Quijano.

El progresista gobernador y capitán general don Benito Pérez Valdelomar tiene la paternidad de la iniciativa –gloriosa iniciativa– de esta salubre y bella transformación.

El 6 de noviembre de 1804 promovió la siguiente instancia ante el Ayuntamiento de la ciudad.

“Deseando hermosear cada día más esta capital, me he dedicado con empeño a convertir en una plaza vistosa y agradable el muladar fétido y asqueroso de Santa Lucía.” (1)

Todo entusiasmo, él personalmente formó el plano primitivo de los portales y accesorias de los dos frentes de la plaza, para que ésta quedara perfectamente cuadrada. Pérez Valdelomar tuvo otra preocupación: “que no se gravara al público en la obra que iba a emprenderse, sino que se costeara con el sobrante de la última corrida de Toros” … “debiendo quedar a beneficio del público las cinco varas que habían de ocupar los portales.” Este sublime espacio sería tan libre como sigue siéndolo al presente, por eso se proyectó con arcos abiertos y sin rejas ni alambradas.

Don José Miguel Quijano quedó finalmente propietario del terreno destinado a las accesorias que aún se conservan en los portales, pagando, después del avalúo, la entonces muy apreciable cantidad de ¡cuarenta pesos! El Síndico Procurador General don Francisco Ortiz otorgó la escritura ante el escribano don Juan Andrés de Herrera el 9 de febrero de 1805.

Fácil es deducir que esta fecha es también cercana al inicio de la fábrica de los portales y sus viviendas. Por más empeños que hemos puesto, no logramos dar con el nombre del alarife o maestro constructor, ni la cuantía de su fabricación cuando se inauguró la obra. Muy interesante sería averiguarlo, ya que representa no solo un eslabón importante en la historia de Santa Lucía, sino de la propia ciudad de Mérida. (2)

¿Quién eligió el estilo de la arcada? Con solemne sencillez descansa en columnas dóricas rústicas. Sus 24 arcos –11 mirando al oriente y 11 al sur, más uno de acceso por calle en la 55 y la 60– se atojan el vestíbulo de las diez viviendas o accesorias distribuidas cómodamente a lo largo de los portales: 5 que arrancando de la calle 55 encuentran en el fondo o ángulos de ellos, a la última de las otras 5 que empiezan a contar entrando por la calle 60. Ahora estas viviendas, recintos de buena historia, no están habitadas. Hace algún tiempo su actual propietario, pues son propiedad particular, acordó suspender su arrendamiento, pensando tal vez darles mejor destino, o para emprender trabajos de remodelación.

Aquí tuvieron el privilegio de residir estimables familias, y aun personas muy significadas de nuestra historia social. En la primera de las viviendas, llegando por la 60 y contigua a la Casa del Diezmo, a fines de siglo se meció en su hamaca, alisándose las barbas blancas y enfundado en largo batón de franela delgada, el general Felipe Navarrete Moreno (3), destacado militar vallisoletano en la Guerra Social o de Castas, que destroncó el gobierno constitucional de don Liborio Irigoyen, haciéndose cargo del poder ejecutivo en marzo de 1863, en plena intervención francesa. Don Felipe casó en segundas nupcias con doña Rosa Garibaldi, fallecida en 29 de septiembre de 1909. Era viudo de doña Rosalía Ponce Contreras, hermana del comandante y prefecto político de la Isla del Carmen, durante el imperio, don José Dolores Ponce, fusilado por Pablo García en Calkiní.

Este aposento –histórico aposento– posteriormente lo ocuparon distintas familias, hasta antes de llegar don Fernando Gasque, quien desde el umbral de sus lares atestiguó la presencia de tantos vecinos y cómo huían las hojas del calendario de Santa Lucía. Otro inquilino que disfrutó de estas casas, precisamente la inmediata y segunda del ángulo norte, lo fue don Joaquín Dondé, la misma que después habitó el escultor de muy robusta presencia don Alfonso Cardone, pionero inspirador, secretario y director, sucesivamente, de la Escuela de Bellas Artes desde los tiempos preconstitucionalistas del general Salvador Alvarado. Él era napolitano, pero proclamó a Yucatán como su segunda patria, fijando imaginariamente en este solar, a la manera de un caballero medieval, el confalón y divisa que anunciaba su permanente estadía.

En otra de ellas radicó la familia del licenciado don Alberto Trueba Urbina, ex gobernador de Campeche y distinguido abogado, doctorado en derecho laboral, que ha escrito obras de legislación obrera. El doctor Trueba Urbina ha ocupado elevados cargos en la judicatura nacional, pero es en Yucatán donde inicia su carrera política al designarlo en 1933 el gobernador profesor Bartolomé García Correa, presidente de la Junta de Conciliación y Arbitraje del Estado. Su hermano Eduardo, ya desaparecido, a quien afablemente llamaban “Uayo”, en las lindas tardes de los portales dejaba ver su figura espigada y rostro risueño.

En un tiempo, casas antes o después, dio el timbrazo de la nota elegante el solicitado salón de belleza y barbería de Carmito Romero. Otra de las del lado norte la arrendó en el año de 1918 la recién fundada logia masónica “Renacimiento Uno”, para celebrar sus tenidas y talleres. En la que forman el ángulo de los portales habitaron los hermanos Fausto y Luis Hijuelos Febles, hijos, por cierto, de doña Julia Dominga Febles y Cantón, poetisa muy festejada en los círculos literarios yucatecos en los primeros lustros del siglo que corre. Luis se dedicó al periodismo, y Fausto, buen dibujante, ha destacado por sus inquietudes artísticas.

En las del lado poniente vivieron don Alberto Cervantes, empleado de la agencia de las heroicas máquinas de escribir Oliver (4). A su hijo mayor los impertinentes le decían “Beto Chino”, por los ojos chicos y almendrados. También asentaron ahí su domicilio en diversos años don Carlos Barrera Molina, doña María Aznar, dona Bertha Leal de Gómez, don Alonso Rosado Esperón, don Francisco Cortés y otros estimables y distinguidos vecinos, como don Alberto Cárdenas Herrera; el técnico electricista don Rafael Acosta, a cuyo hijo Rafael la muchachada con lenguaje bullanguero bautizó traviesamente “Ranilla”.

Ocupante de otra de las viviendas era el señor Gutiérrez, trabajador de los talleres llamados de “La Plancha” de los Ferrocarriles Unidos de Yucatán, y con numerosa prole. Sus hijos fueron conocidos en el rumbo por “los Machacos”.

En las dos accesorias finales estaban, primero, la profesora de piano Miss Kellogg, quien buena pianista era muy solicitada como acompañante para sesiones musicales, y en la última, Miss Pitman, afanada día y noche en impartir la enseñanza del idioma inglés.

NOTAS:

(1) Tomás Ávila López, Reminiscencias Históricas, Mérida, 1940, Vol. III Pág. 16.

(2) El estudioso bibliógrafo don Pedro Castro Aguilar –fallecido en septiembre de 1979– nos informó que, según tradición oral, la terminación de la fábrica del ala norte de los portales data de mediados del siglo pasado y estuvo a cargo del ingeniero catalán don Antonio Cupull, mismo que años más tarde proyectó la construcción del faro en los litorales de Progreso, luego declarado puerto de altura y cabotaje. (Se erigió en partido político el 18 de agosto de 1880, por decreto del gobernador Manuel Romero Ancona). También existe la presunción de que en esa obra de los portales no fue ajeno el capitán de ingenieros Santiago Nigra de San Martín, quien en noviembre de 1842 se hizo cargo de las fortificaciones del puerto de Campeche para detener al ejército expedicionario de Santa Anna comandado por el general José Vicente Minón, y en abril de 1843 levantó la línea de defensa de San Cristóbal al barrio de Santa Ana de Mérida, amagada por el general Matías de la Peña y Barragán.

(3) Era nieto del prócer don Mateo Moreno y Triay, quien en Valladolid se pronunció por la independencia siendo diputado provincial. Hermano fue don Mateo del famosísimo don Pablo.

(4) Estas pioneras del rudimentario teclear y del ahora electrónico arte mecanográfico, acompañadas de su similar de la marca Royal, aparecieron en Mérida entre 1904 y 1905, es decir, hace tres cuartos de siglo.

Delio Moreno Bolio

Continuará la próxima semana…

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