Santa Lucía y sus vecinos de hace medio siglo (III)

By on enero 23, 2020

III

NARRACIÓN TERCERA

El eje natural de Santa Lucía lo forma el cruzamiento de las calles 60 y 55 (1). Estas calles, como las que circulan el parque, estaban adoquinadas. Los macizos adoquines rojos, y a veces negriazules, cuando llovía se miraban como recién pulidos. El frecuente paso de carruajes y carretas repercutía aún en los adoquines, y materialmente rechinaban si en sus uniones friccionaban las ruedas de los vehículos.

Mi casa paterna –de los esposos don Delio Moreno Irabién y de doña Sara Bolio Dondé de Moreno– estaba sobre la calle 55 y marcada con el número 494, frente a la sacristía de la iglesia. Aunque modernizada, todavía subsiste; don Gonzalo Cámara Zavala, en su obra ya citada, la catalogó como una de las típicas casas coloniales que por esos años aún quedaban en Mérida. El piso de mosaico rojo de la sala tenía como 10 centímetros bajo el nivel de la banqueta; la puerta de entrada era de dos hojas no muy anchas, pintada de color verde y de madera ruda, sencilla y de buena forja que iba del piso de la acera, donde se asentaba un pretil o zócalo, hasta cubrir desahogadamente la altura de las puertas interiores llevando cada hoja los meridanísimos postigos.

Su disposición era simple: sala amplia, comedor comunicado al corredor por un arco, y dos espaciosas habitaciones con paredes encaladas de respetable espesor y techos altos, sostenidos por vigas añosas. Puertas, igualmente fuertes, de anchos travesaños en su parte posterior. Llevaban herrajes toscos de la época: bisagras, aldabas, llamadores y, rebordeándolas, grandes tachones aparentaban darles mayor fortaleza. Remataban en un par de postigos que al abrirse enseñaban sus barrotillos ferrizos, algo oxidados.

Las piezas del fondo eran de edificación reciente, pero no podía faltar en el patio delantero su pozo de agua de alto brocal y “carrillo” rechinador, cuando entraba a funcionar para bajar o jalar el cubo, amarrado a gruesa soga. También tenía su mata de aguacate que los rendía soberbios. Hermosa palmera señoreaba el patio grande o del fondo, y en su temporada brindaba racimos de bonitos cocos de agua. Aquí nacieron mis hermanos Betuca y Bertha (gemelas, Bertha falleció a los 2 años), José María y María Teresa.

La casa era propiedad de don Arturo Moguel. También le pertenecía la del lado derecho, o sea, camino a la calle 60. Por sus características, que perfectamente recuerdo, era fácil deducir que en años más lejanos las dos formaron toda una casona y después la dividieron. Cada una rentaba $40.00 mensuales.

Inquilino inmediato anterior a la casa que habité con mi familia lo fue don Pedro Baqueiro y García Rejón, buen trovador conocido en los circuitos artísticos y bohemios de la época como “Chan Cil”, heredero del arte de su padre, don Cirilo Baqueiro, compositor que inmortalizó este sobrenombre, tocando con maestría la guitarra y con exquisito estilo el violín. Don Pedro emparentó con mi familia por haber casado con doña María Bolio Dondé, hermana menor de mi señora madre Sara, de iguales apellidos. La casa, sucesivamente, fue habitada por el escritor y político izamaleño profesor don Edmundo Bolio Ontiveros, y el dibujante, poeta y caricaturista don Xavier Batista Pérez.

En el otro inmueble del mismo propietario se instaló don Ernesto Zavala Castillo, “Pirrín”, hermano del poeta Hernán Zavala, quien firmaba como Martín Gala y en el semanario “La Caricatura” echó mano de otro seudónimo: Juan de Lira. Don Ernesto era muy delgado y tenía a lujo vestir de charro todos los domingos y días festivos, llevaba pistola al cinto y calzaba ruidosas espuelas. Su esposa, doña María Pasos, coincidentemente también hermana de otro poeta: Joaquín Pasos Capetillo, quien popularizó los seudónimos de “Polidor”, “Simón Simple” y “Casitas” en sus poemas y escritos festivos aparecidos en el periódico crítico burlesco “La Campaña”, famosísimo en 1906 – 1911. Hermanos eran también del recordado compositor don Agustín Pasos Capetillo. Pues doña María, con su ahijada Aída, preparaba sabrosísimos dulcecillos: yemitas, cocadas, mazapanes, zapotitos, atropellados (camote y coco), huevos reales y buñuelos al estilo meridano, rellenos de crema que, dispuestos con gran cuidado en una vitrina, vendían a cinco y diez centavos… de los de entonces.

La otra casa contigua la habitaba el respetable matrimonio Abreu Gómez, don Lorenzo Abreu Canto y doña Margarita Gómez Gutiérrez, padres de nuestro impecable prosista, académico de la lengua y maestro en el arte literario: Ermilo Abreu Gómez, quien por esos años ya se encontraba en la ciudad de México, aplicándose en el estudio de los clásicos y repartía otra parte de su tiempo escribiendo colaboraciones y trabajando en la antigua librería de don Andrés Botas de la calle Bolívar. Ernesto, su hermano menor, quien entonces ya acusaba asomos de aficiones detectivescas, fue compañero de juegos, y muchas tardes y otras tantas mañanas en días de holganza escolar disfrutábamos repasando las secciones cómicas de “El Universal” y “Excélsior”, que con otras publicaciones remitía regularmente “Milo”. Leíamos y recortábamos los cuadros de aquellas páginas y tiras de muñequitos: Tomasín y su Pandilla, Mutt y Jeff, Popeye, y Roque Pilón y Perendengue, el Gato Félix, el Capitán Tiburón y sus sobrinos, y algunos otros titulillos populares de la época, pioneros de las múltiples revistas de historietas o “cómics” que hoy saturan el mercado. Andando el tiempo, el muy recordado hermano Ermilo sería mi maestro de literatura en la metrópoli.

Al mudarse la familia Abreu, llegaron los señores Calzadas, estimable matrimonio tabasqueño. El nombre de la señora me admiraba: Fílida Pintado. Convivían con ellos tres sobrinos: una señorita de encantadora figura y dos jovencitos: Eduardo, el mayor, tuvo inquietudes periodísticas; José se ufanaba de sus adelantos en el pugilato. Años más tarde sería uno de los jefes de brigadas estudiantiles de derecha.

Después la casa tuvo nuevo inquilino: la respetable doña Virginia Castillo viuda de Carrillo.

  1. El croquis del antiguo centro de Mérida ubicado dentro de los famosos arcos de la ciudad, pues no era propiamente un plano topográfico, aparecido en el Calendario de la Librería Meridana de Cantón en 1878, revela el nombre que se le impuso a cada calle desde el 5 de mayo de 1877 por acuerdo del H. Ayuntamiento de Mérida, a la vez que permite identificarlas para establecer su correspondencia con las de la numeración actual. Esta nominación republicana del 77 sustituyó desde luego a la implantada durante el comisariato imperial del ingeniero geómetra Salazar Ilarregui en 1866 que, aunque más científica, por catalogar las calles obedeciendo los puntos cardinales y progresión numérica, no se juzgó funcional y, además, sutilmente fue considerada impolítica, por natural repulsa a toda cuanto oliera a imperio.

Así encontramos que la calle 60 norte, iniciándose desde la 61, se nominaba Progreso Norte, y en su continuación meridional, Progreso Sur. En tanto que la propia 61, a partir de este punto o cruzamiento que todavía determina el eje de la ciudad, se llamaba Central Oriente y Central Poniente.

La 55, oriente, hasta su entronque con la Progreso Norte, era la Calle de los Oviedos, y en su prolongación hacia el poniente, Calle de León.

La 57 oriente era la calle de Baqueiro hasta su intersección con la Progreso Norte. Después, prosiguiendo al poniente, recibía el nombre de Calle de Cosgaya. La 53, de sector oriente, se llamaba Calle de Rivero, pero al adelantar al poniente, Calle de Acosta, demarcando siempre la orientación la misma Progreso Norte.

La 58 norte fue la Calle de Vela, mientras el mismo rumbo de la 56, de Cepeda Peraza. La parte norte de la calle 62 fue designada de Peniche Gutiérrez, y la sur, después de su encuentro con los desaparecidos portales de El Olimpo, tomaba el nombre de Calle de Bolio, funcionando también como eje la calle 61: Central Oriente y Central Poniente.

Nos propusimos extendernos en esta nota de la antigua y olvidada nomenclatura de Mérida con los nombres de los ciudadanos prominentes, héroes de la guerra social –rigió oficialmente hasta 1896 durante el gobierno de licenciado don Carlos Peón–, para que el lector recree su imaginación por aquellas calles pródigas en baches y a veces encharcadas, apenas empedradas y muy lejos de lucir los firmes adoquines, donde fincaron sus hogares los entonces vecinos de Santa Lucía hace ya más de un siglo, cuando se amortajó al Imperio y resurgió triunfante la República.

Delio Moreno Bolio

Continuará la próxima semana…

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