Santa Lucía y sus vecinos de hace medio siglo (II)

By on enero 17, 2020

II

NARRACIÓN SEGUNDA

Al mediar el siglo XVII, Santa Lucía era un barrio de naturales con algunos mestizos y mulatos; también llamados pardos o morenos. Luego, en la tercera década del XVIII, removidos más al norte hacia el recién abierto de Santa Ana para que una nueva generación con apellidos resonantes, descendientes de españoles o criollos y de mestizos muy significados, fabricara aquí sus moradas al ir extendiéndose la ciudad en esta dirección.

Sus portales en escuadra –construidos en 1805 durante los últimos jaloneos urbanos de la Colonia– demarcan la existencia de una plazoleta y pequeño mercado que con el tiempo se convertiría en el parque actual. Este conjunto sumado al templo que se alza al fondo, presentaba indudable todo el carácter de barrio colonial.

Se insiste en que el gobernador, mariscal don Antonio de Figueroa y Silva (1725 – 1733), en las postrimerías de su mandato hizo levantar un arco de regular estructura y presumiblemente adintelado, cercano al encuentro de las actuales calles 55 y 60; fue de los llamados “extra-arcos” por no estar comprendido entre los de protección o puertas de la ciudad. Sus columnas se fijaron de oriente a poniente para dejar franco paso de sur a norte o viceversa; una próxima a lo que es hoy el comienzo de los portales –entonces ni pensados–, y la otra metros adelante donde termina el atrio. En el ángulo que forma con el atrio la casa que arranca en la acera oriente de la calle 60, exacto frente a los portales, en su paramento conservó como trofeo del pasado, casi a tres y medio metros de altura del nivel del piso, al último vestigio de lo que fue el famoso arco de Santa Lucía: el vástago de la bóveda que descargaba en el pilar derecho y los vecinos identificaban como el “x-cul arco” es decir, la huella postrera o resto del arco truncado, del que aún dan testimonio personas que tuvieron el privilegio de observarlo. Considerado un peligro para los viandantes, en 1903, durante el gobierno del licenciado Olegario Molina se eliminó totalmente al efectuar la reurbanización de la ciudad.

A lo que parece, el capitán general don Antonio –“Manotiesa” o el “Manco”, le nombraron por cierta desarticulación de la mano derecha, quizá de origen artrítico deformante que lo obligaba a firmar con la izquierda– era muy afecto a las arquerías, pues también mandó erigir otro en Santa Ana. El de Santa Lucía permaneció en su sitio casi un siglo y se presume que, por amenazar desplome, quedó demolido por los años 22 o 23 de la centuria pasada. El Ayuntamiento lo dispuso durante la gestión de los alcaldes constitucionales don José Manuel Milanés, don Simeón Vargas, don Pedro Almeida o don José Tiburcio López; de don Pablo Moreno o don Pedro Pablo de la Paz (1). Lo cierto es que el arco desapareció.

Santa Lucía también sufrió “tropelías y desgracias” durante los 55 días (21 de abril al 5 de junio de 1867) de asedio a la ciudad por las fuerzas republicanas del general Manuel Cepeda Peraza. Sus moradores miraban desolados perforar a barretazos los gruesos muros de sus habitaciones y bardas de sus huertas y patios por sitiadores y sitiados, padeciendo el atropello de la tropa, destrucción de su mobiliario, robo de sus pertenencias y privándoseles hasta de los escasos alimentos que guardaban y casi condenándolos a perecer de hambre, “cuando se peleaba en cada calle, en cada esquina y en cada casa.” El rumbo de la calle 58 y sus paralelas, y las 62 y 64 norte, fueron las más afectadas, ya que la ofensiva cobró mayor ímpetu por los barrios de la Mejorada y Santiago.

El 30 de junio de 1869 el Congreso Local declaró benemérito del Estado, junto con otros ocho distinguidos yucatecos, al coronel Sebastián Molas, acordándose inscribir con letras de oro su nombre en el Salón de Sesiones de la Legislatura. El decreto lo firmaron los diputados secretarios Juan Cervera y F. Gil. A Cepeda Peraza y vicegobernador don Manuel Cirerol.

Ocho años después, el Ayuntamiento de Mérida, imitando al ejemplo legislativo, decidió también honrar la memoria de aquel gran batallador en las luchas sociales, levantando en el centro del parque de Santa Lucía el obelisco o pirámide trunca que hoy subsiste con su inscripción original: “Pirámide trunca en memoria del bravo coronel Sebastián Molas, mártir de la libertad en 1853. La patria agradecida. Enero de 1878”. En esos días eran alcaldes de Mérida don Andrés Aznar Pérez, propietario, y el poeta Ovidio Zorrilla, suplente, y terminaba su corto mandato constitucional de 34 semanas don José Ma. Iturralde. Durante el gobierno del licenciado don Manuel Romero Ancona, sucesor del señor Iturralde, electo vicegobernador para el mismo cuatrienio, con algunas reformas al proyecto original se inauguró el actual parque de Santa Lucía con el nombre oficial de “Jardín de la Unión Federal” (1878).

Mucho tiempo las enramadas de una carolina sembrada al pie de aquel sencillo monumento lo cubrieron de tal manera que, si era difícil de mirar, más lo era la lectura de la placa. Ahora, liberado del adorno inútil, cumple su propósito.

En el año 1892, autorizó el Ayuntamiento que el recorrido durante los famosos paseos de carnaval, de jinetes, carruajes, calesas o carretas –no participaban ni eran conocidas entonces las llamadas máquinas o autos– se iniciara o arrancara a una cuadra del parque de Santa Lucía, precisamente en la calle 55 y 62, la esquina de El Loro, y continuara sobre la calle 62 para terminar en el arco de San Juan. El vecindario santaluciano debió considerar el acuerdo como una distinción y estímulo para disfrutar de las diversiones del divino profano Momo.

Por coincidencia, existen claros antecedentes de que los primeros festejos de carnestolendas, con bailes y procesiones burlescas celebradas en la ciudad, hace doscientos años, se originaron precisamente en la plazoleta de Santa Lucía.

Muy a fines del siglo, en el costado sur del parque con el forzado nombre de “Unión”, se estableció un sitio de carruajes de alquiler que obligatoriamente debía permanecer ahí, conforme lo prevenía el Reglamento de Carruajes y Carretas de 1900 del Ayuntamiento meridano.

Sobre la calle 60, por los años veintes, corría el tranvía que con su “traca-traca” iba cubriendo la ruta a Itzimná. Los carros eran cerrados y movidos desde 1919 por motor de gasolina, sustituyendo a los de acumuladores que desplazaron a los de tracción animal; pero en alguna temporada hubo otros abiertos que llamaban pomposamente de “verano”. Este servicio quedó suprimido en el año 29 por un conflicto laboral.

Texto interesante y super curioso es el Reglamento de Tranvías de 1894 del Ayuntamiento de Mérida, cuando era presidente municipal el ilustrado caballero don Martín Peraza Pacheco, escritor atildado que gozó de celebridad. Hilarante y apergaminado ha de juzgar la actual generación este Reglamento que, entre otras recomendaciones de educación y aseo personal, con gravedad advertía a los conductores de los impropiamente llamados “tranvías eléctricos” no correr estos vehículos a más de ocho, sí, ocho kilómetros por hora, a riesgo de exponerse a severas sanciones. Disposición para aquel tiempo de lo más saludable y atinada.

Salvemos por ahora, con las dispensas de ley, la ley del lector, ciertos trámites históricos de genuina y capital importancia para nuestra ciudad. Se advertían evasiones cronológicas porque el propósito es otro: relatar, describir –el escribir es dialogar con el que lee– aquella Santa Lucía de hace medio siglo. Tranquila a veces, y bulliciosa otras, pero rebozante de hospitalidad y llena de consideración y cordialidad que los vecinos alternaban, esforzándose por superarlas. Sólo el orgullo de algunos podía impedir o rechazar un favor o servicio cuando, al conocer que era acosado por alguna urgencia, se le ofrecía. Pero de niños a señores, matronas y abuelos, y hasta los sirvientes, eran gente buena y educada.

Describiremos de intención primera –la opinión de los maestros de la narrativa es lo que cuenta– cómo vivimos y sentimos a Santa Lucía hace 50 años.

NOTA:

(1) Ignacio Rubio Mañé – Alcaldes de Mérida, Yucatán (1542 – 1941). México 1941.

Delio Moreno Bolio

Continuará la próxima semana…

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