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Rush @ The Garden (iii)

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Si en Mérida estar estacionado en doble fila, aunque sea por unos momentos, a algunos de nosotros nos causa ansiedad por la posibilidad de accidentes o porque un conductor distraído se estampe contra nuestro vehículo, imagínense ahora estar a la entrada de un estacionamiento en una calle de Nueva York, con medio coche atravesado en uno de los carriles de tránsito. Ya me imaginaba recibiendo un buen regaño de uno de los “New York finest”, el término local para identificar a un oficial de policía.

Mientras mi angustia se incrementaba porque no aparecía nadie del estacionamiento para levantar la pluma y permitirme el acceso, y por estar bloqueando el tráfico, esos tres minutos se me hicieron eternos.

Finalmente, uno de los acomodadores se acercó, confirmó que tenía reservación, y entonces me permitió entrar, indicándome dónde dejar el coche y pidiéndome las llaves, porque luego lo acomodaría.

Orientarse en la Gran Manzana no es mayor problema para los que hemos transitado Chuburná, Pensiones y algunas colonias del sur de Mérida –que no son precisamente centros habitacionales con tráfico fluido y sencillo de entender– simplemente porque las calles van aumentando de número uno a la vez. Por ejemplo, hay 12 avenidas, de la 1ª (en el Este) a la 12ª (en el Oeste); la 7a avenida sigue a la 6a y antecede a la 8ª avenida. En el otro sentido, las calles son numéricas y también incrementan de la 1 a la 116, una por una, de Sur a Norte.

El Madison Square Garden está en la confluencia de las calles 31 y 33 con la 7ª y la 8ª avenida. Mi estacionamiento estaba en la 9ª avenida entre las calles 35 y 36, luego entonces debía caminar unas seis calles para llegar a la entrada sobre la 7ª avenida.

A caminar, pues…

En el trayecto, como era de esperarse, una importante cantidad de peatones iban al mismo destino, fácilmente reconocibles por sus playeras de Rush. Algunos entonándose con una bebida en la mano, otros en amena plática con sus acompañantes, los peregrinos – de todas las edades – nos dirigíamos a nuestra cita con estos canadienses y sus ayudantes germanos y gringos.

Cuando adquirí mi boleto para el MSG, a sabiendas de que posiblemente esta gira sea la del postrer adiós dadas las exigencias asociadas al abundante número de presentaciones y la edad de los músicos, decidí comprar uno de VIP, de los que la gira denomina Superconductor VIP, no los más caros, pero tampoco barato.

Además de situarme en el foro, veinte filas directamente enfrente del escenario, mi entrada garantizaba un regalo de bienvenida y un gafete laminado, además de acceso libre al mostrador de ventas; el único requisito era llegar antes de las 7:00 PM, de preferencia a las 5:30, porque a las 7 se abriría la entrada a todo el público y ahí los privilegios acababan.

Tomé fotos a la marquesina que orgullosamente indicaba que todas las localidades de las cuatro funciones agendadas en el MSG se habían vendido, al inmueble que ostentaba orgullosamente su nombre y el logo de la gira, y apresuré el paso. Mi boleto electrónico indicaba que el acceso VIP estaría en la entrada al MSG sobre la 7ª avenida.

Al llegar, delante de mí había una inmensa fila de asistentes, por lo que me acerqué a preguntarle al ujier, una muchachita vestida de negro con una paleta de triplay que decía “VIP”, cuál era la fila para la entrada VIP: “Es esta, fórmese y ahora les dejamos pasar.” Utamáe.

Afortunadamente, no tuve que esperar gran cosa y la fila pronto me dejó junto a la escalera de entrada al inmueble. Entonces, a mi derecha, cual Mar Rojo, un pasillo era visible: era la entrada VIP y más tardo que perezoso entré al MSG.

Para variar, una nueva fila me esperaba. Ahí otra edecán escaneaba tu boleto digital (en mi celular, por cierto), identificaba el tipo de VIP que eras, y te entregaba el gafete correspondiente, en mi caso un CD en una funda de cartón impresa con un código QR por un lado, y con la leyenda “VIP” sobre el logo del semáforo de la gira, todo pendiente de una cinta roja que decía VIP. “Póngase esto y disfrute el concierto,” me dijo.

Al fondo, sobre una mesa se vislumbraba mercancía conmemorativa y una serie de VIPs que estaban recibiendo su regalo de bienvenida. Cuando compré el boleto, y en el trayecto desde Bethlehem a Nueva York, me pregunté qué nos darían: ¿una camiseta oficial?, ¿un pin?, ¿una gorra?, ¿o nos permitirían elegir nosotros de entre algunas opciones predefinidas?

La respuesta me sorprendió porque jamás lo hubiera imaginado: un estuche de viaje, bordado con el logo del grupo en su primer disco, con un cierre que finaliza en una pestaña metálica en forma de semáforo, con los colores correspondiente; en el interior del estuche, un yeti de color gris con el logo impreso de un búho y el nombre del grupo, como de medio litro.

Encantado, me dirigí a localizar mi asiento…

[Continuará]

S. Alvarado D.

sergio.alvarado.diaz@hotmail.com

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