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Pensilvania es un estado vecino al de Nueva York, así como del estado de Nueva Jersey, y también de Maryland, Connecticut y Ohio. Al menos en el papel, de donde vivo al Madison Square Garden, según Google Maps, hay tan solo 114 km. Para poner esto en contexto, es prácticamente la distancia que hay entre Mérida y Tekax (117 km).
La ciudad de Nueva York es un desmóder de vialidad para vehículos automotores. Por principio de cuentas, nadie se salva de pagar peaje tan solo porque todos los accesos a la ciudad pasan por una caseta. Dentro de la ciudad, otras casetas acechan a los automovilistas y el número de puntos de acceso es limitado, por lo que los congestionamientos en esos puntos, en particular en el túnel bajo el río Hudson que enlaza Nueva Jersey con Manhattan, crean eternos cuellos de botella que requieren infinita paciencia y cuidado.
Por si lo anterior fuera poco, el volumen vehicular en la ciudad es inmenso, trasladando 6 millones de personas diariamente, cuando la ciudad es de aproximadamente 40 km de alto por 20 km de ancho, lo que complica aún más transitar en coche.
Pues bien, existen alternativas para no usar tu coche, como trasladarse en tren desde Filadelfia a Nueva York, pero aún desconozco cómo hacerlo, por lo que mi coche fue el medio elegido. Esto necesariamente me obligó a localizar un estacionamiento cercano al MSG y a agregar el traslado a ese lugar en el itinerario.
Adquirí mis boletos durante la preventa para seguidores de Rush en octubre de 2025, sin tener idea de cómo asistiría al MSG. Para conocer el terreno, en marzo de 2026 asistí al inmueble para un juego de hockey sobre hielo entre los New York Rangers y los Winnipeg Jets que se fue a tiempo extra, con los Jets ganando en shoot-outs (el equivalente a los penaltis en el fútbol).
En esa ocasión pude constatar que los tiempos y distancias, así como los espacios de estacionamiento, son cualquier cosa excepto predecibles: entrar y salir de Manhattan, y recorrer esos 114 km, tomó casi tres horas debido a, como era de esperarse, el tráfico.
Una nueva dosis de verificación fue la odisea de ir por dos de mis hermanos a su hotel en Nueva York, cerca de Broadway, en la calle 48, y luego dejarlos al regresar de nuestro paseo por Filadelfia y de asistir a un juego de los Filis durante una breve estancia de ambos por estos rumbos.

En conclusión, entrar y salir de Manhattan son eventos que ponen a prueba la paciencia de los conductores, y es necesario ser precavido al calcular los tiempos de traslado, siempre agregando al menos una hora más a los pronósticos que arroje el GPS.
Ese sábado 1ro de agosto, el GPS me indicó salir a las 3:00 pm de casa, para llegar a las 5:30 pm al estacionamiento, dos horas antes del inicio del concierto de mis ídolos.
Para evitar contratiempos ventriculares o que mis riñones y vejiga me apremiaran en el trayecto, prescindí del almuerzo y de mi habitual cerveza sabatina, consolándome al pensar que me recompensaría con una cerveza dentro del MSG, a la salud de mi familia y amigos, además de mí, claro está,
Tras las necesarias abluciones vespertinas, la elección del vestuario recayó en mi camiseta de Signals, pantalón de mezclilla y tenis. Para aquellos que hemos asistido a conciertos, casi es obligatorio llevar una camiseta de la banda que se presentará; es la manera que tenemos los seguidores del grupo de reconocernos, saludarnos, y hasta de entablar entretenidas conversaciones.
Siguiendo las indicaciones de Google Maps, salí a tiempo de casa y, para variar, en el trayecto poco a poco las condiciones y horario de llegada fueron cambiando.
Poco antes de entrar a Manhattan, mis malvados y activos riñones se combinaron con mi vejiga y me vi obligado (urgido) a tomar un desvío en el que esperaba encontrarme con una gasolinera, o con un restaurante en el que hubiera un baño en el que pudiera wishar.
Los verdaderos conocedores que han pasado innumerables ocasiones por estas necesidades y molestias me han recomendado incorporar un depósito desechable a mi vehículo (una botella de plástico), para usarlo cuando se presenten estas urgencias. Aún me resisto a la idea, pero cada vez lo considero con mayor seriedad.
Ni gasolinera ni restaurante aparecieron en el desvío, pero encontré un sendero que me pareció suficientemente retraído y ahí dirigí el coche, me estacioné y, con infinito alivio, pero con un ojo al gato y otro al garabato, pude atender esa necesidad para, rápidamente y esperando no haber agraviado a nadie, reincorporarme al tráfico. El episodio añadió 25 minutos a mi hora esperada de arribo al estacionamiento.
Finalmente, tras varias casetas, el susodicho túnel a vuelta de rueda, y tras ejercicios mentales de paciencia, llegué al estacionamiento…y me encontré con que no había encargado a la vista, que la barrera automática impedía entrar y, ante mi horror, que se veía lleno, lo cual explicaría lo de la barrera.
Eran casi las 6:30 pm.
“Ya valí para tres cosas,” pensé.
[Continuará]
S. Alvarado D.





























