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Letras

José Juan Cervera
El silencio extiende los pliegues de su envoltura como el lienzo ideal en que la ínfima coloratura de voz acuna el relieve de sentidos hermanos.
La imagen se encierra a danzar en un núcleo visual cuando la conciencia se arroja imprudente en recintos vedados.
La sombra, altiva y pegadiza, arrebata la tibieza de la tarde y el caudal de sus aromas para erigir el bastión que reconcentra el consuelo de las desdichas.
El tacto se desliza en territorio común, frota y acaricia la superficie expuesta a su antojo y se sumerge en la grieta que los lazos sensoriales resguardan para asegurar la intensidad de su deleite.
En días de sorda abstinencia se ensancha una senda auditiva que proclama inflexiones venturosas.
Menudencias subjetivas vuelcan su celo en fragmentos que cercenan lazos de continuidad sin nombre referido.
En el nombre asignado nace la vena que alimenta la suprema palidez del vocablo imposible de pronunciar.
El paladar acoge las mieles que manan del cuenco encarnado en la renovación vital.
La imagen del deseo evade la expresión fiel de su sustancia. Las apariencias se desmoronan en su fracaso de comunicar esencias intransferibles.
Tras el desastre, las sombras inermes adquieren el renovado sabor que infunden las mareas en días de deriva existencial.





























