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Rocío Prieto Valdivia
El dolor
cuando se recuerda
el amor
se reduce a nada:
una brasa que no quema
pero alumbra.
Decir adiós
no es olvido
sino la pausa
antes del reencuentro
en otro tiempo
que no nos pertenece.
Tu nombre
pronunciado ahora
es mar en la lengua,
ola que no cesa.
La palabra ictericia
me devuelve a septiembre:
a tus ojos
como lunas enfermas
que se apagan sin ruido.
Sonreír
es amargo en otoño.
Octubre se reduce
a no volver a besarnos,
a no encontrar tu sombra
en la forma del día.
Nunca antes lloré
durante las horas dulces;
ahora,
cada noche
es un novenario
donde tu cobija
se sienta a mi lado.
Los jueves
volveré al escapulario
donde tus manos
guardaron misterios
como si aún rezaras
por lo que fui contigo.
Ver una texana
me hace pequeña,
como si el mundo
se encogiera
en tu ausencia.
Decir adiós
es la conjunción
de dos almas
que prometieron amarse
cuando septiembre
aún no sabían
que iba a doler.




























