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Juan José Caamal Canul
Con las ya sabidas y conocidas herramientas tecnológicas, y las redes sociales, nos vamos reencontrando con documentos y libros que marcaron nuestro tiempo habitado y vivido. Algunos fueron asequibles y otros se pospusieron para tiempos cuando mejoraran las condiciones económicas y para cuando hubiera tiempo.
Como suele suceder, pocos libros postergados encontraron su espacio en el presente o en el pasado reciente.
La librería aquella se ubicó en la calle 59 por 68, una esquina muy concurrida y transitada todavía a finales de los años 80. Ahí estaba el Cinema 59, enfrente el restaurant Siqueff, el Autel con el nombre del número de la calle –modificado ya desde hace algunos ayeres–, y una agencia de viajes.
Una curiosidad: cinema, librería y hotel tenían como nombre emblemático el número de la calle.
Todos estos elementos inyectaban vida a aquella esquina y no como ha derivado hoy en día: silenciosa y oscura, a veces lúgubre ante el constante cambio de las luces tricolores del semáforo, incluso cuando no hay automóviles esperando. Se escucha, o acaso es el recuerdo que nos distorsiona la realidad, un leve sonido proveniente del contacto eléctrico entre conexión y lámpara.

Hallé en aquella librería un libro en el área de los descatalogados, “para verte mejor, américa latina”, editorial siglo XXI, 1983, con textos de Edmundo Desnoes y fotos de Paolo Gasparini; el primero fue el autor del libro, que luego devino en guion y película de Tomás Gutiérrez Alea, “Memorias del Subdesarrollo”, un clásico del cine cubano en tránsito revolucionario. Recuerden esa última escena, donde no hay escenografía, sino testimonio: el protagonista mira desde el ventanal del pent-house a los elementos del todavía ¿ejército rebelde o ya FAR constituida?, subiendo con poleas una batería antiaérea a la azotea de un edificio vecino frente al FOCSA, donde transcurre parte de la película, en el malecón habanero. Eran tiempos previos a la invasión mercenaria de Playa Girón.

De “para verte…” me llamaron la atención las fotografías, relativas a distintos momentos de los países latinoamericanos en el contexto económico, político y social. Tiempo después supe que anteriormente, en 1970, Gasparini había estado en La Habana y fotografiado su arquitectura, del cual resultó el libro La Ciudad de las Columnas, con texto de Alejo Carpentier, aunque debemos situar el valor del texto en primer lugar o viceversa, sin menoscabo alguno.
De este último libro hay varias ediciones. Obtuve uno de manufactura reciente, de Editorial Espasa, 2004. El texto corresponde al autor citado, aunque las fotos no son de Gasparini. Sin embargo, tiene un valor agregado: la presentación es de Eusebio Leal Spengler, quien fuera el titular de la Oficina del Historiador de la Ciudad de la Habana, y las imágenes corresponden al trabajo de rescate realizado por la Oficina en La Habana Vieja y áreas históricas y arquitectónicas más importantes de la ciudad.

Pasado el tiempo, pude disfrutar de las fotografías del italiano y nuevamente ese texto en la edición del Instituto Cubano del Libro del año 1998. Ahora sé que hay otra edición muy elegante, de Lumen.


En el año 91, en el marco de la séptima versión del festival fotográfico Abril Mes de la Fotografía, fue invitada una comunidad representativa de los artistas del gremio, entre los que se encontraron tres fotógrafos: Raúl Corrales, Abelardo Rodríguez y Alberto Díaz Gutiérrez, cuyo seudónimo fue Alberto Korda, y a quien se le conoció como el autor de la icónica imagen del Ché. Todos ellos artistas fotográficos y documentalistas del movimiento revolucionario en la mayor de las Antillas.
Antes de continuar, recordemos que en la calle 59, casi esquina con la 60, hubo una librería que tuvo convenio con el FCE, pues así se asociaban los logos de la fachada. Como algo extraordinario en nuestra ciudad, llegó un gran número de ejemplares y ediciones de aquella casa, entre ellas la colección casi completa que se conoce como Río de Luz, libros que hacen referencia a fondos fotográficos históricos, y de artistas contemporáneos de la lente.

Uno de esos, Cuba dos épocas, con imágenes de Raúl Corrales y Constantino Arias, se refería a los inicios, formación artística, y a la importante labor documental de fotógrafos cubanos profesionales que tenían ya una carrera a principios de 1959, que trabajaban en la prensa o por cuenta propia. Algunos tenían estudios establecidos en La Habana y se dedicaban a la moda o al arte, como el caso de Korda.
Desde el inicio del proceso revolucionario, se sumaron e integraron al momento político, contribuyendo con su arte a la documentación y recolección testimonial de la transformación política y económica de su país, siguiendo paso a paso el andar, las miradas y gestos de los líderes. Ahí residió la importancia de su labor.

Voy en reversa en la línea del tiempo para mencionar que fue en el año 87 (u 88), en los bajos del Palacio Municipal, cuando se instalaban tres veces por año las Ferias Municipales del Libro que organizaba la asociación que presidió en su momento Raúl Maldonado Coello.
En una de esas ferias, y en alguna de aquellas mesas, revolviendo ejemplares nuevos y viejos encontré Playa Girón, Editorial Letras Cubanas, 1981, de Raúl Corrales.

En la inauguración de la muestra que se instaló en el año 91, durante el encuentro fotográfico en la galería “Picheta” del Centro Estatal de Bellas Artes, en alguno de los pabellones adecuados en el ex Asilo Ayala confluyeron libros, fotógrafos y autógrafos.
Para Raúl Corrales fue una emotiva sorpresa, así lo manifestó verbalmente y por escrito, hallar esa noche y en estas tierras aquel ejemplar, inencontrable en ese momento a la venta en La Habana, o quizá sí, resguardado en algunas bibliotecas particulares, o ya definitivamente fuera de la isla.
En alguno de los viajes a la Ciudad de México del amigo Wilfrido Pool, integrante del ballet folclórico del Gobierno del Estado, le pedí que me consiguiera un libro casi mítico para los seguidores cortazarianos: la iconografía, el de la colección Tezontle. No pudo ser en aquella ocasión. Ahora, años transcurridos, me encuentro el libro y me comparten fotografías.

Aún por estos rumbos, era un sueño lejano que hubiera otras librerías. La que estaba, y que no era del patio, era aquella que se conocía con la razón social de Librerías de Cristal. En 2001 ya estaban cerradas las dos que funcionaron en Mérida: una, la más surtida donde podías encontrar vinilos de la casa Discos Pueblo con lo más representativo de la música folclórica mexicana y de América, estaba al inicio de Paseo de Montejo, frente a las conocidas casas gemelas, y la otra estaba a un costado del estacionamiento norponiente (ese lunar donde estuvo el edificio conocido como El Olimpo) del Palacio Municipal. Ni qué decir de la llegada de alguna sucursal de las que fundó Mauricio Achar.

En la que se ubica en Miguel Ángel de Quevedo, ahí Wilfrido encontró en cambio Alto Perú, Siglo XXI Editores, 1994, fotos de Manja Offerhaus y textos de Julio Cortázar que, como ya se sabe en trabajos colaborativos con el Cronopio Mayor, texto e imágenes van como en sentidos opuestos, aunque se entrecruzan y hallan puntos coincidentes.
En una de esas visitas a los tianguis periféricos de la ciudad, hallé otro ejemplar que también es valioso por sus imágenes, estas en el contexto revolucionario de nuestro país: Jefes, Héroes y Caudillos, del fondo fotográfico Casasola, también de la colección Río de Luz, que en la red se anuncia como libros para coleccionistas, un poco quizá para promover su venta y mejorar el precio para el vendedor. La calidad de las imágenes, junto con el texto razonado y explicativo, son valiosas herramientas para el estudio del pasado y de nuestra historia contemporánea.
¡Vaya! Ha sido un periplo casi arqueológico por la ciudad que ha dejado de ser, que sin embargo es fundacional para la Mérida actual.
¿Cuántos recordarán esas librerías, esos pasos por las calles de una ciudad que estaba y sigue en expansión?
Es una Mérida reciente, pasada, pero reciente.





























