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Recientemente preparaba la colección de imágenes para las efemérides culturales que publicamos a diario en nuestra página de Facebook de Diario de Sureste. Noté que pronto tocaría turno a Richard Strauss, genial compositor y director de orquesta alemán. De inmediato programé una selección musical con varias de sus mejores obras, aquellas que escuchaba en mi juventud cuando realizaba extensas sesiones de dibujo, piezas magistrales que siempre me parecieron perfectas para acompañar esa labor.
Mi primera conexión con Strauss fue cuando disfruté la película “2001, una odisea en el espacio”, de Stanley Kubrick, basada en la novela “El centinela” de Arthur C. Clarke. La introducción de “Así habló Zaratustra” es usada en la mayor parte de la primera parte del filme, titulada “El Amanecer del Hombre”.
Esa maravilla llamó mi atención y mi afán de conseguir más música de aquel talentoso creador sonoro fue recompensado en tiempo récord pues, en un puesto en el interior del Mercado Municipal Lucas de Gálvez que vendía y compraba libros, revistas y discos, pude adquirir a un precio muy económico un antiguo vinilo con cuatro de sus mejores obras: Don Juan, Op. 20, Till Eulenspiegels lustige Streiche, Op. 28, y Ein Heldenleben, Op. 40.
Estuve escuchando durante toda mi jornada matinal de trabajo estas piezas. Nuevamente vino a mi mente mi teoría: siempre pensé que las obras de Strauss parecían creadas para musicalizar cómics; cuando dibujaba las aventuras de mi personaje Pibil, defensor de los Angustiados, eran las piezas de Strauss las que generalmente me acompañaban, A veces hubiera deseado que mis historietas semanales, publicadas en el periódico Por Esto, pudieran ser acompañadas por esta música.
Ahora entiendo perfectamente por qué Strauss quedó asociado a mí de una manera tan profunda: no lo descubrí simplemente como música para escuchar, sino como una especie de banda sonora de mi imaginación mientras dibujaba. Eso marcó para toda mi vida la relación que establecí con este compositor.
Hay algo muy particular en Strauss que favorece precisamente esa experiencia: su música parece narrar imágenes aun cuando no haya ninguna delante de nosotros. Cuando dibujaba durante horas, probablemente ocurría algo así: Don Juan proporcionaba movimiento, aventura y personajes. Till Eulenspiegel aportaba humor, travesuras y situaciones casi caricaturescas. Así habló Zaratustra abría espacios enormes, cósmicos, casi míticos. Una vida de héroe podía acompañar escenas épicas, Una sinfonía alpina prácticamente construye un paisaje completo.
Muerte y transfiguración lleva la imaginación hacia algo más íntimo y dramático, mientras que Salomé o Elektra podían alimentar imágenes mucho más oscuras, violentas o psicológicas.

Soy dibujante y Strauss, en cierto sentido, dibujaba con sonidos, no dibujaba objetos sobre papel. Quizá por eso, después de tantos años, cuando vuelvo a escucharlo no solamente estoy oyendo a Strauss: estoy recuperando al Ricardo que dibujaba durante aquellas largas horas personajes, paisajes, emociones y acontecimientos utilizando timbres, motivos, armonías y orquestación.
Decidí convertir esta loca teoría en el corazón del artículo, en lugar de limitarlo a una recomendación académica de «las mejores obras de Richard Strauss», comentando mi experiencia. Mientras otros buscaban música para acompañar sus momentos de descanso, yo encontré en sus partituras algo diferente: una compañía para dibujar.
Este texto no estaría completo si no destacara que Richard Strauss siempre es una recomendación magnífica; su obra permite recorrer desde el poema sinfónico monumental hasta la ópera, pasando por una de las culminaciones del lied orquestal. Las siguientes piezas les permitirán apreciar las distintas facetas de Strauss como compositor:
- Así habló Zaratustra, Op. 30 (1896), es probablemente la puerta de entrada más espectacular a Strauss. Inspirado en la obra filosófica de Friedrich Nietzsche, comienza con el célebre “Amanecer”, inmortalizado en 2001: Odisea del espacio. Resulta fundamental para entender la extraordinaria capacidad de Strauss para crear paisajes sonoros monumentales.
- Don Juan, Op. 20 (1888), es una de sus primeras grandes obras maestras y uno de los poemas sinfónicos que prácticamente anunciaron al Strauss que revolucionaría la música orquestal. Es apasionado, sensual, vertiginoso y tremendamente teatral. La versión de la Orquesta Filarmónica de Berlín dirigida por Herbert von Karajan es realmente fabulosa.
- Till Eulenspiegels lustige Streiche, Op. 28 (1895), aquí aparece otro Strauss: irónico, juguetón y tremendamente imaginativo. El protagonista es un bromista medieval que se burla de todo y de todos. La obra tiene además uno de los finales más deliciosamente sarcásticos del repertorio sinfónico.

- Una vida de héroe, Op. 40 (1898), presenta el Strauss más grandioso y egocéntrico. Una enorme orquesta, pasajes heroicos, conflictos, enemigos, triunfo e incluso una sección en la que Strauss Utiliza la orquesta casi como si fuera una banda sonora cinematográfica, décadas antes de que existiera el cine sonoro.
- Una sinfonía alpina, Op. 64 (1915), es una de mis recomendaciones principales para alguien que quiera descubrir al Strauss No es una sinfonía convencional: es prácticamente una película sonora sin película. Un grupo de excursionistas asciende una montaña y atraviesa el amanecer, bosque, cascadas, tormentas, glaciares y, finalmente, el descenso. Strauss emplea una orquesta gigantesca, incluyendo máquinas de viento, órgano y una enorme sección de percusión.
Si logro que al menos una persona al leer este artículo se anime a escuchar cualquiera de las obras aquí reseñadas, habré cumplido mi cometido. Además, hacer este repaso me ayudó a reconstruir la relación entre Strauss y mi imaginación gráfica.
Cuando disfruten de estas piezas entenderán que, con su música, Richard Strauss exagera, deforma, hace gestos, crea personajes reconocibles, convirtiendo una orquesta entera en una especie de gigantesca mesa de dibujo.

https://www.youtube.com/watch?v=THNvyt-XRrU
RICARDO PAT





























