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José Juan Cervera
Si de acuerdo con el principio hermético como es arriba es abajo, acaso las estancias intermedias esclarezcan las proporciones que fundan valores expansivos del ser.
En la punta del cuerno de la abundancia se atascan las apetencias que al impulsarse sobre su eje saturan los cauces de un alma pródiga.
La probidad terrestre dialoga con la suma total de susurros esparcidos entre las resonancias del firmamento.
Lejos del delirio que estrangula los dones del juicio sereno se asienta una sustancia alada que ilumina el despliegue de sus vuelos.
En la planta superior del edificio obturado los sentidos se desquician y la conciencia extravía la ruta de la lucidez que se exalta precipitándose hacia el vacío.
La melodía que asciende los peldaños de la eminencia crecida desde un núcleo de artificio se torna acento cacofónico que pervierte la placidez de las nubes.
Llegar a la cumbre marca el camino de una aprensión reacia a concebir que la perspectiva elevada apunta fuera de prominencias apócrifas.
La cima es un premio que llama insistente según el cálculo incauto que halla en ella una mesa servida en que es imperioso desplazar la concurrencia de otros comensales.
La patraña que hace apetecibles las alturas tiende a ocultar en ellas un pantano que rinde ofrenda a las deidades del aislamiento.
En atmósfera febril adviene una metáfora que corona, en todas sus variantes, una vista distorsionada de los ciclos vitales.





























