Inicio Cultura René Iuit Canul, recuerdos de La Sierra (iii)

René Iuit Canul, recuerdos de La Sierra (iii)

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Don Porfirio Díaz, el papá de Adda, Ema, Elamy (a quien todos conocimos como Mimí) y Eyra Díaz, vinieron del puerto de San Felipe; así como la familia Mena-Diaz, varias familias vinieron del puerto. Luego estaba la casa de don Kuuk, Francisco Lizama con su hija Bertha. Después de ellos estaba una familia que no era muy social que digamos. Al lado de ellos vivían los Bates, los Polanco, don Catalino Martín y doña Candita Castillo. Yo estudié con Teresita, hermanita de Víctor, Román y Manuel, quien es catedrático de la UADY. Después estaba la casa de la maestra Rosita Novelo, esposa de don Carlos Aranda; eran de Panabá y eran parientes de aquel popular comediante y cantante Vidal de Aranda,” continúa encarrilado el contemporáneo de Jorge Díaz.

Al lado de los Aranda vivía Carlos Ojeda -el Zorro-; luego don Ch’o, que era de apellido Castro. Este don Ch’o’ era un mestizo que, cuando pasaba por la calle y escuchaba alguna jarana, entraba a la casa y se ponía a bailar en la sala. Después estaba la casa de doña ‘Eléctrica’ (Rosa Salazar); le seguía la casa de los Chimal, que eran como dieciséis personas. Tenían, me dicen, hasta su circo en Xmatkuil. Tiempo después llegaron David García y su papá Álvaro.

Luego estaba don Galiciano Cabrera, papá del Ingeniero Químico Armando, que también fue catedrático de la Universidad Autónoma de Yucatán; su hermana Raquel fue muy deportista.

Entre sus recuerdos de juventud, me comenta René que trabajaba y estudiaba al mismo tiempo en el Tec de Mérida. Tiene un Posgrado de Matemáticas en Informática.

Cuando estaba estudiando en Mérida, viví primero por la calle ochenta y nueve, cerca de donde está la estatua de Pedro Infante. Luego pasé a vivir por la estación de ferrocarriles, cerca de Tulipanes, por el ‘Alegre Sapo’. Por allá vivía el gran campeón Miguel Canto,” dice el ahora inquilino de la Sierra, dejando por un momento su repaso por las calles del campamento para pasar la plática a su vida de estudiante en esta ciudad capital.

Había una especie de bodega en La Sierra,” comenta, retomando sus recuerdos de niñez, “que surtía mercancía a las esposas de los trabajadores y se me ocurrió encargarle a don Venancio Fores -don Beny-, ya que él era buen carpintero, que me haga una carretilla. ‘Claro, solo que consigas la rueda,’ me dijo y así lo hice. Con mi carretilla les llevaba la mercancía a casa de las señoras y me daban mi lanita; las que más me daban eran la mamá de Tachi y doña Lupita, la esposa de don Sixto, que me daba 50 centavos. En aquella bella época era una buena lana.”

“Bueno, te comento ahora, antes que se me olvide,” dice, retomando la lista de los vecinos. “Luego vivía diosito, enfrente Mario Coral, don Chètere y doña Fidelia su esposa; Lupita Silva, que vendía panuchos acá en la Sierra. También vivió por ese rumbo don Canás, su hijo manejaba la pluma. Luego, aquel que le decían Pomponio, de apellido Aguilar, también era vecino.”

Después de mi casa estaba el consultorio de los doctores Zapata, Duarte, Lezama, y Pancho el boticario. Estaban también las oficinas administrativas de la naciente empresa. Luego seguía la capilla. Allá donde está ahora la panadería de Mario López estaban las oficinas, y ahí se resguardaban las imágenes de San Martín, La Virgen María y San José. Cuando íbamos a la doctrina, nos daban nuestros boletitos que después cambiábamos por juguetes en el mes de diciembre.

“Yo colaboré en las kermeses y las verbenas que organizaba el padre Petrucci para recaudar fondos para la construcción de la capilla de San José. Me acuerdo que en los camiones de la compañía traían desde Tizimín el cemento.

Continuará…

L.C.C.  Vicente Ariel López Tejero

vicentelote63@gmail.com

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