Relatos del pájaro sabio – XII

By on agosto 18, 2022

Relatos

XII

La madrastra

Antes de comenzar su relato, don Búho dijo a su hijo: “Lo que hoy te contaré, aconteció en el pueblo de Saklu’um, hace algunos ayeres. Para muy bien las orejas, jovencito, porque seguramente te ayudará a entender mejor algunas cosas de la vida.”

Rudesinda era una mujer muy mala que se encargaba de darle una vida tormentosa a su entenado, el pequeño José. El infortunio del niño comenzó el día en que X-Peet, su madre, al ver que el cielo se nublaba y amenazaba con llover, dejó de tortear, y calurosa como estaba, salió a recoger la ropa en el tendedero, No había terminado cuando cayó una fuerte lluvia. Con el cuerpo empapado, entró a la casa de paja a colgar la ropa de una soga amarrada en los horcones; después, X-Peet cambió su hipil mojado por uno seco y regresó a la cocina a seguir torteando. Al poco rato se sintió enferma: estornudaba a cada rato, tenía un fuerte dolor de cabeza y la fiebre hacía que tiritara de frío. Con bastante esfuerzo terminó de tortear.

Cuando su marido Julián regresó de la milpa, encontró a su retoño jugando al torero en el traspatio de la casa, y le preguntó por X-Peet:

–Muchachito, ¿dónde está tu mamá?

–Acaba de acostarse en la hamaca, dijo que tiene calentura –contestó el niño.

Julián entró a su casa y comprobó que su esposa tenía temperatura muy alta, no podía pronunciar palabra alguna y sólo contestaba a sus preguntas con leves movimientos de cabeza. Julián fue en busca de su hermano Jacinto para que lo ayudara a llevar a la enferma con el j-meen. El sacerdote maya los recibió, prendió una vela, miró fijamente su sáastun y luego le dijo a Julián:

–Muchacho, tu esposa se encuentra muy grave, la pulmonía que le vino al mojarse cuando tenía el cuerpo caluroso puede acabar con su vida en poco tiempo. Te voy a dar unos manojos de hojas de roble blanco, achiote y naranja agria para que los sancoches y la bañes con la infusión caliente de estas hojas; luego, la arropas muy bien. Si Dios no permite que persista este mal, con el baño basta, ella sudará la calentura; pero si después de un rato observas que no sucede así, llévala sin demora con un doctor del pueblo más cercano. La señora no sufriría esta dolencia si inmediatamente después que se mojó bajo la lluvia hubiera tenido la precaución de bañarse con agua caliente; con ese baño, la temperatura del cuerpo tiende a normalizarse.

Como la fiebre no cedió, Julián se vio en la necesidad de llevar a X-Peet con el doctor quien después de examinarla, así se expresó:

–Voy a tratar de salvar a tu esposa; ella padece de una severa pulmonía que puede cegarle la vida en cualquier momento. Ya le apliqué este medicamento y te daré otros para que la inyecten cada seis horas. No quiero ser pesimista, pero veo muy difícil que la paciente logre recuperarse.

El pronóstico del médico se cumplió: la pobre mujer murió por la noche de ese mismo día. Cuando se dio a conocer la noticia, su casa se llenó de familiares, amigos y vecinos, porque ella era muy apreciada en el pueblo. Las personas que acompañaron a Julián en su dolor, colaboraron con maíz, frijol y dinero en efectivo, como es costumbre en pequeñas comunidades donde todavía prevalece el sentido de ayuda mutua entre sus habitantes.

Después del entierro de X-Peet, Julián habló así con sus padres:

–Tomando en cuenta que por el trabajo no podré cuidar a mi pequeño hijo, quiero saber si aceptan que se quede a vivir con ustedes, la mera verdad, no me gusta separarme del niño porque lo quiero mucho, pero por su bienestar estoy dispuesto a cualquier sacrificio –dijo Julián, acariciando los cabellos de la criatura, que seguía llorando la partida de su madre.

–Muchacho, ten por seguro que nuestro nieto se sentirá como en su casa; sabes muy bien, cuanto lo apreciamos tu mamá y yo –contestó el padre de Julián.

El niño se negaba a quedarse con sus abuelos. Le llevó mucho tiempo a Julián lograr convencerlo, sólo aceptó separarse de su papá cuando le prometió visitarlo a diario, apenas regresara de la milpa.

Para no pensar mucho en su esposa, Julián se dedicó por entero a su trabajo. Al caer la noche, llegaba a comer a casa de sus padres, y después de jugar un rato con su hijo se despedía para ir a descansar a su propia casa. Con el paso de los días, la nostalgia por su hijo fue creciendo. Por las noches no lograba conciliar el sueño, le afligía sentirse solo y concibió la idea de vivir con una mujer a fin de tener quien se hiciera cargo del pequeño José. Cuando le platicó de sus planes a su madre, ella le dijo:

–Julián, si ya decidiste darle una madrastra a tu hijo, hazlo de una vez. Yo atiendo con mucho gusto a mi nieto, pero tienes todo el derecho de rehacer tu vida con la mujer que elijas. Todavía eres joven.

Julián inmediatamente expresó:

–Mamá, por favor, no creas que ya cuento con una mujer para hacerla mi esposa; solamente te comento lo que pienso, con tal de tener al niño en mi casa.

Transcurridos dos meses de esta plática, mientras Julián cenaba con su madre, ella de pronto preguntó

–¿Te acuerdas de Rudesinda Pech? Aquella muchacha que se fue a trabajar como doméstica a la ciudad de Mérida, obligada por su padre, con tal de que no se casara contigo. Hace unos días, llegó al pueblo con un niño de la misma edad de José. Dicen que se casó y no le fue bien con el marido, por eso regresó con sus padres.

–No tengo interés alguno en saber lo que pasó con esa mujer contestó Julián.

–Te platico de ella, por si acaso la sigues queriendo. Podría ser la indicada, ya que deseas tener otra mujer –insistió la señora.

–No lo niego, tengo interés en tener otra esposa, pero sabré elegir a una mujer decente que sepa querer a mi hijo. ¡Quién puede asegurar que el hijo sea producto de ese mentado matrimonio! –dijo Julián, molesto.

Rudesinda, por su parte, cuando se enteró de que Julián había enviudado, vislumbró la oportunidad de darle un majan yuum1 a su hijo bastardo, lo que además le resolvería el problema que tenía con sus padres a causa del niño. Para el logro de sus propósitos, concibió un plan. Se propuso conquistar la amistad de doña Isabel, la mamá de Julián. Saludaba con amabilidad a la señora y buscaba entablar plática con ella cada vez que la encontraba por la calle o de compras en la tienda. De paso, preguntaba por la salud del pequeño José, como si tuviera mucho interés por el niño. Cierta noche que Julián llegó a la casa de sus padres, encontró a Rudesinda ayudando a desgranar maíz para el nixtamal, así como al hijo de la mujer, jugando con José en un rincón de la vivienda. Cuando su madre, le servía la cena, Julián, preguntó:

–Mamá, ¿se puede saber por qué está Rudesinda en la casa? ¡No me digas que tú invitaste a esa mujer de la calle!

–¡No seas grosero, Julián! ¡Yo no tengo motivo alguno para invitar a Rudesinda a la casa! Escuché que tocaban la puerta de la casa, y cuando abrí para averiguar de quién se trataba vi que era esa muchacha. Después que me saludó, pidió permiso para entrar a conocer a mi nieto. ¿Cometí pecado alguno por haber permitido que Rudesinda entre a la casa?

–Tal vez… ¡no lo sé! –contestó Julián malhumorado. Terminó de comer y salió de la casa sin despedirse de su madre.

A partir de ese día, las visitas de Rudesinda se hicieron cada vez más frecuentes. Con sus zalamerías logró encandilar a la abuela de José, haciéndola creer que era una mujer de buenos modales y nobles sentimientos. Julián la ignoraba, ni siquiera le dirigía la palabra. Una noche que doña Isabel no pudo dar de cenar a su hijo por tener el pie tronchado, pidió a Rudesinda que hiciera el favor de servir a Julián, ocasión que aprovechó la mujer para lanzar la carnada:

–Julián, ¿tanto me odias que no te dignas cuando menos a mirarme? Te portas de manera muy ingrata conmigo, y eso me duele mucho, porque te sigo amando, nunca he dejado de quererte. ¿Acaso no te has dado cuenta? Si visito esta casa es con la esperanza de ser tu esposa, hacer realidad lo que no fue posible tiempo atrás, por culpa de mi padre. Ahora que nada ni nadie nos impide unir nuestras vidas, podemos ser felices con nuestros hijos. Así como tú necesitas de una majan na’ para José, mi hijo Alberto necesita de un majan yuum.

Julián hizo oídos sordos a los argumentos de Rudesinda. Sin embargo, la taimada mujer en ningún momento cejó en su afán de atrapar al viudo y aprovechaba cualquier ocasión para acosarlo con sugestivas frases y actitudes provocativas. Su perseverancia obtuvo resultados positivos. No pasaron muchos días para que Julián abdicara de su abstinencia sexual y aceptó probar el bocado tan ofertado, pues según sabio refrán popular: ninguna persona con hambre se resiste a comer, sobre todo cuando la comida se le ofrece a cada rato.

Rudesinda unió su vida a la de Julián. Con tal de ganarse el amor y la confianza de su marido, los primeros días se esmeró en mostrar cariño y atenciones al pequeño huérfano. Por lo tanto, cuando iba a la milpa, Julián confiaba que dejaba en buenas manos a su hijo. No pasó mucho tiempo para que aflorara la verdadera personalidad de Rudesinda, mujer perversa y cruel. Los días en que Julián se ausentaba de la casa por cuestiones de trabajo, Rudesinda obligaba a José a sacar cubos de agua del pozo para que ella lavara la ropa; lo ponía a lavar trastes de cocina y a dar de comer a gallinas y cerdos. Cuando el niño se demoraba en realizar las tareas asignadas recibía como castigo unos wáask’opo’ob2 y la consabida advertencia:

–¡Cuidado mocoso, no te atrevas a acusarme con tu papá! ¡Si llegaras a quejarte, juro que te va a ir peor! A fin de cuentas, Julián no va a creer en tus palabras; de eso me encargo yo. Tengo un “arma” muy eficaz para dominar a ese tonto.

El mal trato que daba Rudensinda al pequeño huérfano contrastaba con el exceso de amor prodigado a su hijo Alberto. El día que la mujer cocinaba che’chaak, a la hora del almuerzo servía a su hijo casi toda la carne, y a José solamente el caldo con un pedazo de hueso. Cuando en la casa se comía espelón k’abax, pipián de huevo u otro guiso que no era del agrado de Alberto, Rudesinda le preparaba su torta de jamón y queso. El caprichoso niño menospreciaba la mayoría de los guisos propios de la gastronomía maya yucateca y se hizo adicto al consumo de papas fritas, panecillos, frituras de harina, refrescos embotellados y otros productos industrializados conocidos como “comida chatarra”.

Cuando Julián llegaba de su trabajo y veía torteando a Rudesinda, le preguntaba:

–¿Ya comieron los niños, mujer? Debes procurar que ellos se alimenten apenas sientan hambre, y así puedan crecer sanos y fuertes.

–Di de comer a los dos al poco tiempo que comencé a tortear.

–¿Ya almorzaste, José? –preguntaba a su hijo.

–Sí, papá, me gustó mucho el guiso de hoy, y todavía me siento lleno. El niño nunca tuvo suficiente valor para dar a conocer a su padre las humillaciones y vejaciones que padecía a manos de su madrastra. En ningún momento Julián dudó de la bondad de Rudesinda con el pequeño José, no había motivo alguno para desconfiar de ella, porque las veces que comían los cuatro juntos, la astuta mujer se desvivía por atender al huérfano.

Cuatro años después, Rudesinda notó que José desarrollaba un espigado y musculoso cuerpo; en contraste, Alberto tenía baja estatura, complexión delgada y rostro macilento. Como toda madre, orgullosa de su retoño, enseguida pensó: “Alberto es flaco porque no come como cerdo; lo chaparro es herencia de su padre. En cuanto a su tez blanca es natural que la tenga así, pues él no es hijo de un humilde milpero”. Convencida la mujer de los sobresalientes atributos de su hijo, le causó mucha molestia lo que comentó Julián:

–Rudesinda, ¿qué sucede con tu hijo que no crece? Además, se ve esquelético y debilucho, como un cerdo mal alimentado.

–¡Pelana’! ¿Cómo, te atreves a comparar a mi hijo con un cerdo? ¿Acaso insinúas que Alberto está enfermo? ¡Mi hijo, chulito, está bien sano! Se alimenta muy bien, come y bebe cuantas cosas son de su antojo. ¡Óyelo muy bien, hijo de puta! ¡No te metas con mi hijo! –gritó histérica.

Al ver a su esposa tan alterada de los nervios, Julián salió de la casa y fue a visitar a sus padres. Estando en camino pensó: “tiene razón esa u yaal u x–che’ek’an peel na’o’, si no quiere aceptar que su hijo está enfermo, es problema de ella”. Pero pocos días después, Rudesinda, se percató que Alberto despertaba cuando ya el sol estaba alto en el firmamento, que caminaba lento, como una persona sin aliento y más tardaba en probar bocado que en trasbocarlo. Ante este problema, la mujer dijo a su marido:

–¡Julián, sólo Dios sabe que tiene Alberto! Sospecho que está hechizado. Le hizo daño una de tus x–keecho ‘ob3, en venganza por haberme preferido para esposa. Voy a llevar a mi hijo con un j-men, para que lo cure y me revele el nombre de esa bruja.

–¡Haz lo que quieras, es tu hijo! Pero yo pienso que el niño está desnutrido, no sufre de hechizo. Mejor guisa una tuza para que coma y pueda recuperar vitalidad y apetito –recomendó Julián.

En ningún momento pasó por la mente de Rudensinda llevar a la práctica la encomienda de Julián. Obstinada en puras supercherías, no dudó en llevar a su hijo con el j–meen del pueblo. El sacerdote maya aseguró a la afligida madre que Alberto no padecía de hechizo alguno y despidió a la mujer con estas palabras: “La enfermedad de tu hijo no es de mi competencia sino de un doctor”. Pero Rudesinda, aferrada en creer que la enfermedad, del niño provenía de una “maldad”, al día siguiente acudió nuevamente con el j-meen. Tal necedad, hizo que el j-meen, estallara en cólera:

–Estúpida! ¿Cómo es posible que pongas en peligro la vida de tu hijo? ¡Lárgate, de mi casa, incrédula!

Rudesinda, ante el enojo del j-meen reaccionó y llevó al niño con un médico, quien después de auscultarlo, dijo:

–Señora, tardó mucho en traer a su hijo. El niño presenta un cuadro severo de anemia, consecuencia de una deficiente alimentación. Voy a recetarle estos medicamentos para tratar de controlar la afección; el decaimiento ya está muy avanzado y puede ser de fatales consecuencias.

–¡Por favor, doctor, devuelva la salud a mi hijo! No importa el costo de su curación. Respondo con mis alhajas, cerdos, gallinas y pavos. Por favor, ¡no deje que muera! –suplicaba Rudesinda, llorando amargamente.

El doctor hizo todo lo posible por librar de las garras de la muerte al niño. Sin embargo, todos los esfuerzos del galeno resultaron infructuosos, el infante murió al tercer día. En el camposanto, a la hora del entierro, el lacerante dolor de haber perdido a su hijo hizo que, Rudesinda se quebrara en llanto:

–¡Waay, waay, waay! –aullaba como fiera herida– ¡Dios míooo! ¿Por qué te llevaste a mi hijito, a mi adorado Betito? ¿Por queeé, por queeé, por…? preguntaba reiteradamente, bañada en lágrimas.

De pronto, la desdichada mujer distinguió la presencia del pequeño José al lado de su padre, fijó su rencorosa miraba en la criatura y comenzó vociferar:

–¡No te rías, pequeño demonio! ¡No voy a permitir que te burles de mi! ¡Ahora sí voy a matarte de hambre! ¿Escuchaste, hijo de perra? ¡Vas a morir! ¡Vas a mo…!–repetía a gritos, como una demente.

Rudesinda pagó un precio muy alto por la soberbia y mezquindad que la caracterizaban. No sólo perdió a su hijo, sino también al marido. Julián la corrió de la casa al enterarse de las bajezas cometidas en contra del pequeño huérfano. El repudio de la gente del pueblo hacia ella no se hizo esperar; a partir de aquel día nadie le brindó apoyo y mucho menos aceptó darle posada en su casa. Esa arpía desapareció de Sak Lu’um sin dejar huella: pudo haberse marchado directo al averno…

 

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1 Majan yuum (Padrastro).

2 W’áask’op (Golpear con el puño cerrado la cabeza de otra persona).

3 X–K’eech (Amasia).

 

Santiago Domínguez Aké

Continuará la próxima semana…

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