Recuerdos en Blanco y Negro

By on febrero 6, 2020

Atisbando la Memoria

Carga de un coche eléctrico (1905).

ALFONSO HIRAM GARCÍA ACOSTA

Las capsulas del tiempo del día de hoy en tres fotografías son los cimientos que dieron base al avance tecnológico. Cuando en este momento ya entramos al nuevo mundo del automóvil autónomo, con celdas solares que se trasforman en energía eléctrica para dejar de consumir energéticos fósiles, y dirigidos sin conductor humano, pudiendo identificar semáforos, vialidades congestionadas, rutas alternas y más cortas, quienes pasamos más tiempo en el siglo anterior que en este nos asombramos con estos avances que desconocemos y que muchas veces solo podemos aplicar en un 10%. Las computadoras personales, los teléfonos móviles, e incluso que el tráfico aéreo y ahora vehicular terrestre sean controlados por satélites, nos parecen increíbles, como también que muchos de esos adelantos sean utilizados para destruir a la humanidad en guerras fratricidas e intestinas que ahora vemos como naturales en el mundo televisivo de cada día.

En esta ocasión, creí necesario ilustrar con una foto la profunda transformación del transporte que en unos cuantos años podrá también cambiarnos la vida.

Toyota nos adelanta su prototipo de coche autónomo dotado de una IA para mejorar la atención de los pasajeros y comunicarse con ellos.

En la siguiente ilustración de 1909, aparece un piloto en un antecedente de los helicópteros actuales, con un cerdito en una canasta adjunta, con dos mandos manuales para hacer volar este concepto de la elevación vertical y que posteriormente se ha convertido en medio de transporte diario -por citar un ejemplo- para el traslado rápido de pasajeros de los dos aeropuertos a los techos de rascacielos en Nueva York, que albergan hoteles en su interior, sin tener las molestias del tráfico urbano automotriz, en la Gran Manzana.


Alguien decidió que era hora de que los cerdos volaran (1909).

En los años setenta pude conocer Londres por vez primera. Recuerdos gratos ya que viajé por tierra y mar desde Francia con escala en Calé, donde me dejó un cómodo autocar. Al llegar al puerto de Calé, en marzo, me tocó una nevada de primavera que añoro, ya que fue la primera vez que vi caer nieve del cielo.

Mientras salía mi barco para cruzar a tierra británica, entré a un bar y también aprendí el porqué del uso del tarro cervecero alemán con tapa. Dije que deseaba una cerveza fría, y un caballeroso camarero francés levantó una hoja de guillotina en la ventana y me dijo: un minuto. Puso la botella en la cornisa de la ventana, la cerró y al minuto estaba la cerveza helada. Corolario: el tarro con tapa sirve para vaciar la cerveza; luego, unos cautines de punta al rojo vivo provenientes de un hogar de leña se sumergen en la cerveza y ésta queda caliente. Por el frío invernal, los parroquianos la toman como un caldo para entonar el cuerpo.

Ya en Londres, al llegar al hotel, caían los copos de nieve, y comenté a mi esposa: “No vamos a poder salir.” El que atendía la carpeta de entrada nos dijo: “Tienen al menos una hora para ir a pasear la plaza de Trafalgar y ver el lago; mientras nieva, no hay aire ni lluvia.”

Nos ofreció un paraguas y caminamos a esa hermosa plaza pública donde hay algunos pódiums para que subas y arengues políticamente a los que deseen escucharte –una maravillosa forma de sacar el stress político. Ya noche, tomamos un camión con techo de dos pisos hasta Picadilly Circus, para visitar esta plaza llena de luz, teatros y tiendas de regalos y souvenirs, en los cuales su transporte público no ha cambiado demasiado, solo que ahora tienen techo. Va una ilustración de 50 años antes de mi visita a la pérfida Albión.

Autobuses londinenses en 1928.


Nueva York el día de la inauguración del Empire State Building (1931).

En esta época, mi madre ya radicaba en Nueva York, como estudiante junto con sus hermanas. Margarita –mi madre– y mis tías –Aurora y Rosa Acosta Franco– estaban bajo la tutela de una tía de ellas, Concepción Argáez, que ya radicaba en esa urbe de hierro.

Margarita dominó el inglés y su vida la dedicó como maestra de idiomas, no terminó la carrera de medicina, pues se casó en Mérida en 1935 y yo nací un año después. Ella me contaba su vida de estudiante, de sus amigas, y de sus logros en el conocimiento de su idioma, dedicándose a la traducción de libros de inglés y francés. Escribió un texto educativo de inglés para la enseñanza en Yucatán, y fue miembro de la Asociación para maestros de segundas lenguas –Mextesol. Ella me habló del Empire State, que por años fue el emblema de los rascacielos de Nueva York.

La ilustración corresponde al día en que fue inaugurado este emblemático edificio.

Dejaré para la semana entrante otras fotografías en blanco y negro para recordar los cimientos de los avances que hoy estamos viviendo.

Fuentes

Todo-Mail

Archivo AHGA.

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