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Recuerdos de Mi Infancia: 1935 – 1938

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Hopelchen y Dzibalchén, Campeche

Mérida, Yucatán, México

CAPÍTULO 10

EL RANCHO SAN MARTÍN

Y si es cierto que en Hopelchén nunca tuvimos casa propia, mi padre era propietario de un rancho llamado San Martín, a pocos kilómetros de allí, donde solíamos pasar temporadas. Ya de eso han pasado muchos años, pero aún no olvido aquellos días. Aún los añoro como una de las cosas más agradables de mi vida. Uno de los recuerdos más hermosos de mi niñez, que un día fue arrancada del pueblo para ser plantada en la ciudad, una ciudad que, con su bullicio y agitación, me hicieron extrañar mucho más mis días en el rancho. Días transcurridos entre faenas camperas, llenas de vida y de color, de los que no volví a disfrutar desde nuestra llegada a la tierra del faisán y el venado. El que ha vivido la vida apacible de un rancho no la olvida jamás, mucho menos entre el bullicio de un lugar lleno de ruidos y de prisas que no llevaban a ninguna parte.

Como era lo natural, en aquel rancho nosotros habitábamos la casa principal: una casa bastante amplia, ubicada frente a la pequeña plazuela en cuyo centro se hallaba instalada la veleta proveedora del agua, y rodeada de los corrales que guardaban el ganado por las noches. Era una casa de la que mi espíritu infantil recogió, como recuerdo agradable, que sus paredes estaban pintadas y adornadas con los personajes cómicos que, apareciendo en las tiras cómicas de los periódicos, hacían las delicias de los chiquillos. Allí estaban el Ratón Miguelito, el Gato Félix y muchos, muchos más; estaban pintados a colores y en un tamaño bastante grande, lo suficientemente grande como para no olvidarnos de ellos.

Aparte de la nuestra, en la plazuela no se encontraba más que otra casa: la que habitaba el encargado, vaquero, llamado don José, y su familia. Entre las faenas camperas de que disfrutábamos durante nuestra estancia allí, algunas de ellas llevaban otras personas para hacernos compañía, generalmente invitados de mi padre, ya que esas faenas solían durar no uno, sino varios días.

Del lado opuesto de la casa, junto a uno de los corrales, se encontraba el baño para el ganado. Era una pila larga y angosta, con rampas en ambos extremos. Por una de ellas se echaba a los animales, para que fuesen saliendo por la otra. La pila se llenaba de agua con creolina, que era lo que se usaba para librar al ganado de garrapatas y otros parásitos que pesaban en los montes, sobre todo cuando las lluvias caían muy frecuentes y comenzaban a verdear las extensas sabanas donde pastaban. Aquella faena, la del baño, se presenciaba desde el “blanqueador” como le llamaban a una construcción de mampostería, como pila techada, donde se recogía el agua de las lluvias y, en ocasiones, ya solo los muchachos, nos encaramábamos en una de las paredes del corral, en la que también se colocaban algunos vaqueros, armados con garrochas de madera, para vigilar el paso del ganado por la pileta. Un bonito espectáculo, típico de la vida campestre. Me divertía viendo a los animales chapotear con tan solo la cabeza por fuera del agua. En aquel canal no sólo se echaba a los animales adultos sino también a los becerrillos, que resultaban tan buenos nadadores como sus padres.

Así como a la faena del baño asistían hombres y mujeres, porque había sido lugar apropiado donde pudiesen instalarse cómodamente, había otras faenas que entonces quedaban exclusivamente para los hombres, no solo por la falta de lugar donde instalar a las mujeres, sino por la faena misma, que no tenía nada de grato para ser presenciada por el elemento femenino.

La “hierra” era una faena exclusiva para el elemento masculino, aún cuando todavía fuesen chiquillos, como en esa época lo éramos nosotros. Se hacía en el corral principal, y la llevaban a efecto los vaqueros; los muchachos que asistíamos teníamos que presenciarla sobre las piletas de concreto construidas a superficie del suelo, que servían de base de corpulentos árboles destinados a proporcionar sombra al ganado. Siendo una faena para hombres exclusivamente, tenía que resultar mucho más emocionante desde un principio ya que, quizá por instinto, no bien los vaqueros prendían el fuego y colocaban en él los hierros, todos los animales se alborotaban tratando de hallar la salida del corral, levantando en su carrera espesas nubes de polvo; la cosa se convertía en un verdadero infierno cuando daba comienzo la faena. Se señalaba la pieza que iba ser marcada y se daban entonces los vaqueros a la tarea de capturarla entre todo aquel grupo de animales desesperados, desesperación en que ellos mismos se atropellaban y golpeaban cuando se arremolinaban contra las puertas de la salida. Afortunadamente, aquellas puertas eran de madera bien resistente ya que, de no haberlo sido, difícilmente hubiesen podido soportar aquellas brutales embestidas.

Las nubes de polvo se hacían entonces insoportables y nos dejaban a todos, incluyendo a los espectadores, hechos unas desdichas, cubiertos de tierra de la cabeza a los pies. Pero al fin, entre mugidos y resoplidos, caía bajo la experta mangana de los vaqueros el animal escogido. Se le ataba fuertemente de las patas traseras, y otro vaquero le sostenía el hocico con la rodilla, o le sostenía por los cuernos y se le colocaba en el anca o en el cuello el hierro al rojo vivo. Se oían mugidos imponentes y entre la piel chamuscada aparecía la marca del rancho. Cuando se le soltaba, aquel animal se ponía de pie de un formidable salto y se alejaba de allí, lamiéndose la parte sellada.

Se repetía luego la operación con los otros animales, hasta terminar con todos. Generalmente esa faena llevaba más de un día y, como era de entenderse, en aquella faena no se me permitía actuar, por el peligro que representaba. Pero había otras en las que asistía entonces no sólo como espectador, sino con el derecho de participar en ellas: la marca de becerros.

Se me amarraba de una soga como todo un verdadero vaquero, aun cuando fuese un vaquero en tamaño de “muestra gratuita”, y me echaba a correr tras los pequeños bovinos, en mi afán de capturarlos, tratando de imitar lo que había visto hacer a los mayores. Tenía un poco menos de suerte que los vaqueros a quienes andaba tratando de imitar porque, aunque pequeños, los becerrillos también sabían correr como locos y también sabían formar espesas nubes de polvo que dificultaban su captura. Si es cierto que lograba tumbar uno que otro animalito en aquellas mis andanzas por los corrales, también es cierto que algunas veces eran aquellos animalitos los que lograban derribarme a mí, cuando mi reata lograba caerles encima. Era una especie de torneo entre ellos y yo, ya que el número de caídas menudeaba de una parte como de la otra.

También tenía la oportunidad de practicar la equitación en el rancho. Naturalmente que no sobre brioso corcel, como legendario vaquero del bravío oeste, sino sobre lomos de un equino de lo más manso y dócil que allí tenían. Le llamaban “El Bayo” por su color naranja oscuro, y era de absoluta confianza, como para que yo me pasease sobre él sin vigilancia alguna. Sobre él practicaba mi equitación a través de la plazuela y de los corrales del rancho.

Fueron muchas las veces que me sirvió para hacer viaje de Hopelchén al rancho, siguiendo a mi padre. Por esas épocas no eran muy frecuentes los automóviles por aquellos rumbos, un tanto alejados, y aun cuando lo hubiesen sido, muy difícil se le hubiese hecho a una de aquellas máquinas internarse por esos lodosos caminos, pedregosos y, en algunos tramos, convertidos en estrechas veredas. Los viajes por esos lugares, cuando no eran hechos a caballo, que era lo más fácil y menos complicado, se hacían en carros cubiertos tirados por 6 y hasta 8 animales, y que por allí recibían el nombre de “bolanes”, siendo necesario algunas veces que fuese un hombre por delante abriendo brecha a machete. Ignorada por entonces la comunidad del automóvil, aquellos viajes eran para nosotros la cosa más natural del mundo.

Como es natural, el rancho carecía de luz eléctrica y nos bastaban por las noches las penumbras de las lámparas de petróleo. En aquellas noches no teníamos otro entretenimiento que las charlas familiares y, para los chiquillos, aquellas charlas no tenían nada de interesante ya que casi siempre se hablaba de cosas para mayores. Si teníamos visitantes se hablaba de cosas del trabajo, y cuando no los había mis padres platicaban sobre asuntos de la casa, o sobre cosas de la familia, que para nosotros no era un tema muy de nuestro agrado. Así que cuando el reloj marcaba las 9 de la noche, ya nos hallaba a todos los de la casa en el más profundo sueño.

[Continuará la próxima semana…]

Raúl Emiliano Lara Baqueiro

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