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Recordando a Andrenio

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Benito Pérez Galdós

Ermilo Abreu Gómez

Casi casi (lo digo por los jóvenes) debo decir que Andrenio era el seudónimo de Eduardo Gómez Baqueiro, escritor fino, dilecto, y bien enterado de la literatura española. Fue amigo predilecto de Enrique Diez Canedo y tuvo delicadas consideraciones con Nervo, Icaza, Urbina y González Martínez, cuando estos poetas vivieron en España. Esa breve noticia es para que se sepa de quién se habla. Pues este crítico escribió, entre otros notables libros, uno de singular significación para nuestros estudiosos de las letras españolas: Novelas y novelistas. En este volumen examina a Galdós, Baroja, Valle Inclán, Ricardo León, Unamuno, Pérez de Ayala y la condesa de Pardo Bazán. Lo publicó en 1918, en Madrid, aquella secular casa Calleja.

El libro está impreso con pulcritud, con buen tipo, en papel suave, opaco, leve, que se deja tocar y se deja mirar. Lo tomé en mis libros viejos y al azar, por la noche, mientras oía caer la lluvia, lo empecé a releer. No pude detenerme: seguí leyendo. Cuando terminé la parte dedicada a Pérez Galdós me dije ¿qué tiene este Andrenio que de tal manera, sin alardes, cautiva, entretiene, al mismo tiempo que nos va diciendo o comunicando sus ideas críticas? Eso es ¿qué tiene? Volví a leer una página. Leí otra y otra más. Mi respuesta fue un poco desoladora, pues no tiene nada. Así como suena: “no tiene nada, nada de sobresaliente ni nada de particular”. Escribe como cualquier hijo de vecino bien educado. Eso es todo.

Ah, pero eso es mucho, muchísimo en estos días de renovado culteranismo, so pretexto de psicología de análisis y de no sé qué otras cosas graves de la ciencia contemporánea.

Pero vuelvo a Andrenio. El mérito de Andrenio estriba precisamente en eso que digo: en que no revela ningún arte ostensible, en que no nos lastima con fulgores ni con señales exóticas ni arcaicas. Andrenio trabaja (creo que esto me lo refirió don Francisco A. de Icaza) con calma. Le gusta abrir muy pausadamente los libros. La plegadera la deja entre las piernas y continúa la lectura. De vez en vez con el lápiz anota algo al margen, y continúa la lectura. Cuando termina el libro, lo cierra y lo deja en la mesa. ¿Ha concluido la tarea? No. Apenas ha empezado. Se trata de la primera lectura para irse enterando y para ir gozando el aroma del libro. Vendrán otras y otras lecturas hasta que el cuerpo y el alma del libro se hayan entregado al lector.

Entonces Andrenio se pone a escribir su ensayo. Lo escribe seguro de dos cosas: de lo que quiere decir, y seguro, todavía más seguro, del idioma que debe fluir por su pluma. Escribe con orden y sencillez. Como muestra véase este modo de decir: “En los trabajos que comprende este volumen no se ha pretendido hacer un estudio completo de cada autor. De algunos se estudian épocas o fases de su producción. De otros, obras sueltas. El papel del crítico contemporáneo es el de preparar materiales para la historia futura y depurarlos algo. Dentro de esta finalidad, las monografías ofrecen más interés que los estudios de conjunto, que son anticipaciones de la verdadera historia literaria, escrita a distancia, tras el cernido del tiempo.” Eso es todo; ha dicho lo que tenía que decir y lo ha dicho con las palabras justas que le aconsejó su caletre y su buen gusto. Y con igual tono está escrito todo el volumen.

Respecto del manido sentir de muchos –y hasta de no pocos mexicanos– de que Baroja (uno de los estudiados) no tiene estilo, veamos cómo despacha el tema este crítico: “En opinión de muchos, Baroja no tiene estilo, escribe de una manera vulgar y pedestre, aunque no sean vulgares las cosas que dice. Si el estilo consiste en hacer frases o rebuscar palabras, es indudable que Baroja carece de estilo. Pero el estilo es la manera del escritor aplicada al lenguaje o a la composición literaria, y siendo así Baroja tiene estilo, un estilo que es un ‘cendal transparente de su pensamiento’. El velo de palabras interpuesto entre las representaciones del autor y el lector está reducido a lo menos posible. En Baroja el estilo es un medio de expresión dócil y disciplinado que se acuerda de que es medio a todas horas y no se ocupa de engalanarse para adquirir importancia sustantiva.”

Pues quien tiene esta idea del estilo, tan certera, puede, en su propia obra, escribir con semejante transparencia. Andrenio es, sin la menor duda, uno de esos callados y modestos escritores de principios del siglo que, con buen decir y hondo criterio, sentaron las bases de una revisión de las letras contemporáneas. Leerlo hoy es un placer. Tengo la sensación de que converso con un amigo que me habla despacio, un poco lento, con hondo sentido de persuasión y de dignidad.

Acabo de cerrar el libro y lo dejo en su anaquel, junto al libro Evoluciones de José Moreno Villa.

 

Diario del Sureste. Mérida, año XXXII, 30 de julio de 1963, pp. 3, 7.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

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