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José Juan Cervera
En el lienzo extendido del trato social, el silencio es un tejido intangible cuyos lazos más firmes encierran impresiones profundas, en un marco de interpretación que sellan los caprichos de la conciencia.
Lo que algunos llaman vida interior se nutre de inercias externas, ajenas y relativas; muy a pesar suyo, propone significados que echa a volar cuando suelta las amarras que colman el sopor de su existencia.
Sus favores valen mucho cuando llegan como bien extraído de un molde de juicios luminosos y conducen el beso de la musa que hace florecer la lira o trae la calidez de la elocuencia.
En el santuario de los símbolos de vida, la palabra omisa es una ofrenda marchita, vestigio de las preces que alguna vez invocaron un soplo de bienaventuranza.
Sólo los catadores de ambientes silenciosos tienen la potestad de reconocer el origen de las actitudes en que concurren el cálculo o la prudencia, el gesto arrogante o el impulso creador que irradia fulgores áureos.
En el terreno movedizo que abona el encuentro afectivo, en ocasiones se observa una expresión que se bate en retirada dejando huellas que diluyen las perturbaciones atmosféricas.
El reflujo de voces conocidas arrastra matices que se desprenden de un esplendor ajado, a punto de extinguirse ante los rigores de una tarde invernal.
Los acentos acallados se aposentan en un limbo donde reina el alarido que ensordece vibraciones esenciales, consumidas bajo signos de custodios de las sombras.
Si un diálogo clausurado constituyese la última rama de la comunicación verdadera, traería como frutos privilegiados el desarraigo y el aislamiento.
El registro de los hechos muestra que el coloquio afable se transforma en dicho lacónico, y éste en puente levadizo reacio a descender, dando fe de los compartimientos de vida en que las metamorfosis dictan su verdad.





























