Procesión de grotescos

By on julio 4, 2019

Winesburg, Ohio

José Juan Cervera

En 1919 se perpetraron los asesinatos de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht en Alemania, y el de Emiliano Zapata en nuestro país. Fue el mismo año de la fundación del Partido Comunista Mexicano. En Yucatán, el doctor Eduardo Urzaiz publicó su novela Eugenia, satírica y futurista; Norka Rouskaya cautivaba a los espectadores que en los principales recintos escénicos de Mérida pudieron apreciar su belleza exótica y sus danzas.

En ese año, la literatura estadunidense recibió un impulso vigoroso con la aparición de Winesburg, Ohio. El libro de los grotescos, en el que Sherwood Anderson reúne varios cuentos que por sus cualidades estilísticas no podían pasar inadvertidos, logrando un ascendiente tal que influyó en autores de renombre en las letras de esa nación.

El lazo que unifica a sus personajes es la condición de grotescos que los hace sobresalir con sus manías, sus compulsiones y los retorcimientos de su conducta, como portadores de extrañas verdades que se posesionan de su ser y se constituyen en fuente de angustia y de incomunicación devastadora.

Es así como la vida en una ciudad del Medio Oeste de Estados Unidos se torna en un muestrario de figuras lastimosas que el sarcasmo exhibe muchas veces en su vulnerabilidad extrema. En los seres que intervienen en estas historias subyace un anhelo de expresión de sus motivaciones profundas y de sus necesidades insatisfechas; es el caso de una madre que transfiere sus esperanzas en el hijo que pueda redimirla de tales carencias, haciendo valer los sentimientos de ambos.

La forma como el autor expone el entramado subjetivo de sus personajes confiere sentido a las actitudes más extrañas, al retraimiento y a la fantasía pueril, a la tosquedad y al fanatismo.

También intervienen algunas personalidades de sutil sensibilidad, cálidas y de apacible semblante que sucumben al avasallamiento de las fuerzas desatadas en Winesburg, asumiéndose como una referencia secundaria que contribuye a afirmar con mayor nitidez los caracteres extravagantes.

Además de plasmar con destreza la psicología de los protagonistas de cada uno de los cuentos, Anderson pone en juego su habilidad para lograr descripciones sobrias y precisas de los espacios y atmósferas, y símiles que acentúan los rasgos distintivos de los sujetos, al grado que basta la alusión metafórica para decirlo todo de ellos: “Cuando se subía a horcajadas en una idea, Joe era invencible.” (Un hombre de ideas).

El autor esboza ciertas claves interpretativas desde el preámbulo del libro, donde presenta a un anciano escritor que dialoga con un carpintero sobre asuntos prácticos entre reminiscencias de la Guerra Civil. Pasa revista a las impresiones que le dejaron hombres y mujeres grotescos a lo largo de su vida para registrarlas en una serie de relatos, haciendo ver incluso aspectos amables de su existencia tortuosa.

En los cuentos figura de manera constante un joven periodista que aspira a ser escritor y se convierte en testigo de hechos dignos de darse a conocer, más que en las páginas del periódico local, en los pasajes de un texto literario.

En esta obra, Sherwood Anderson hace relucir el encanto de la intensidad narrativa que le permite ventilar mundos interiores para transformarlos en materia viva de la literatura.

Sherwood Anderson. Winesburg, Ohio. El libro de los grotescos. Traducción de Emilio Olcina Aya. Barcelona, Editorial Fontamara, 1981, 159 pp.

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