Prematura decisión

By on octubre 3, 2019

Luis Carlos Sierra Martínez

Los ojos saltones de Enrique no perdían detalle de la chica, de esos labios que palpitaban nerviosos al sonreír, y de esas cejas que fruncía en línea recta para suavizar sus ojos almendrados de mirada inquisidora; mientras su mano derecha le hacía temblar el muslo, al acariciarlo y apretarlo suavemente, bajo la falda rosa de algodón. Era ligera para dejar respirar al cuerpo del calor húmedo de verano, del que se cobijaban bajo las ramas de un Ramón, en un rincón del restaurante Alma Calma, apartados de los demás, menos de la mirada de la mesera que atendía la barra de bebidas.

– Si en verdad nos amamos, no le veo nada malo -remarcó el hombre alzando ligeramente el tono de su voz y arqueando sus gruesas cejas rubias, mientras se llevaba a los labios un vaso de agua de chaya con lima, con un movimiento brusco que alejó la mano inquieta de la chica, cuya uña del dedo índice se enredaba juguetonamente entre sus vellos.

– ¡Claro que te amo!, ¿acaso lo dudas?, –lo desafió la chica con una tierna mirada de párpados caídos-.  Te he mostrado mi amor de mil maneras; cuando nos hicimos novios te presenté con mi familia y mis amigos, y siempre te defendí cuando alegaban que eras demasiado grande para mí.  ¿Recuerdas los pleitos que tuve con mi mamá?

– ¿Hasta ahí llega tu amor?

-¡Claro que no tontito! –y llevando a la práctica sus palabras le susurró-. Me gusta tomarte de la mano, llenarte de besitos, mirarte solo a ti. No tengo ojos para nadie más. Incluso, no te reclamo cuando coqueteas con tus amigas, aunque si me molesta, y muchito.

-No las coqueteo, pero entiéndeme, soy  hombre. Con alguien tengo que satisfacer mis necesidades, y si no es contigo… –dirigió una mirada furtiva a la mesera que no perdía detalle, por lo que no pasó desapercibida para esta última, ni para Verónica.

– ¡¿Otra vez con lo mismo?! –golpeó la mesa con las palmas de las manos y se levantó bruscamente, haciendo bailar un plato que amenazaba tirar rebanadas de melón, piña, papaya y plátano. Cerró las manos hasta clavarse las uñas para controlar la rabia, y los ojos para guardar su molestia en su interior. La luz que cruzaba tímidamente las hojas resaltó su pequeña nariz, sus delgados labios, y un mentón ligeramente alargado que le distinguía su rostro moreno. Pero también dejaron entrever, debajo del vestido, un delgado pero bien torneado cuerpo.

– Quisiera que me entregaras tu amor… para tener ojos solo para ti –imploró Enrique.

A sus 18 años, no era la primera vez que le pedían a Verónica una prueba de amor, pero ninguna como ésta, y eso le inquietaba el alma, por lo que, en más de una ocasión, se secó el sudor de sus temblorosas manos con las flores, hojas, ramas y grecas bordadas en el mantel de la mesa. Todas las anteriores peticiones las había rechazado: “Solo me entregaré al hombre con quien me case”, argumentaba levantando el pecho y con la mirada fija en el futuro. Sin embargo, era la primera vez que un pretendiente le llevaba 20 años de edad; pero sobre todo, que se lo pidiera tan poco tiempo después de conocerse.

Tres meses atrás, en el aniversario del Ballet Folclórico del Estado, fueron presentados por Isabel, una amiga en común: “¡Listo!, ya se conocen, misión cumplida, me voy a bailar, es nuestra fiesta”, les dijo con una sonrisa picarona y guiñándoles el ojo.

– ¡Es September! … de Earth, Wind & Fire, mi canción favorita, vamos a bailar, –Verónica lo jaló del brazo y lo llevó a la pista de baile, donde sus pies y cintura coquetearon al compás de la canción, y sus brazos extendieron elegantemente los movimientos de su cuerpo, haciendo flotar su falda plegada de campana, que dejaba ver unas torneadas pantorrillas.

El color amarillo del vestido relucía los finos rasgos del rostro, y lo sabía la chica, quien siempre buscaba poner su mejor ángulo, y su mejor sonrisa. Enrique, de camisa azul de ligeras rayas blancas que le escondían las pequeñas lonjas y unos años de más, le hizo segunda; pero sus piernas tenían un ritmo diferente al de sus manos. “Bailo a mi manera, no te vayas a reír de mí”, se disculpó con una tímida mirada, con esos ojos claros, que junto con su pelo rizado que le acariciaba los hombros, lo hacían verse más joven. Con su arrítmico paso, no dejó de hablar, de contar su historia, de preguntar por la de ella, y en menos de tres horas parecía que se conocían desde hacía varios años.

Al día siguiente, después de un ensayo del ballet, se les vio saboreando un sorbete de crema morisca en el centro de la ciudad, con las manos palpitando y los corazones entrelazados; con la mirada ávida por escarbar en sus más íntimos gustos. A partir de ese momento, no se supo quién era la sombra de quién, agarrados de la mano, besándose, jugando, coqueteando, diciendo cosas bonitas, riendo y, aunque muy pocas veces, también enojados.

Los amigos se dividían, habían quienes los festejaban, “han encontrado su pareja ideal”… “son un ejemplo para los demás”, y quienes los criticaban, “en pocos años serán abuelo y nieta”.  Ellos hacían oídos sordos, pero no todo era miel sobre hojuelas, ya que Enrique  profesaba el amor libre. “Juro que siempre respetaré tu decisión”, le susurraba a Verónica cuando sus besos y dedos jugueteaban cada vez más atrevidamente, hasta que la chica los enfriaba alejándolos con sus brazos, por lo que cada vez era más frecuente verlo con un rostro  aburrido, cansado.

– Bien lo sabes. No es tan fácil, sólo me entregaré a una persona, con quien viva para siempre –señaló la chica con voz grave y mirada dura, mientras se sentaba de nuevo.

– ¡Pues vayamos a vivir juntos!

– ¡No!… si me amas, vamos a casarnos y entonces seré tuya… ¿Será que eres tú el que no me ama?

– Claro que si te amo, no sé por qué piensas otra cosa.

– Entonces… ¡me pedirás matrimonio!

-Sí, podría ser, no veo ningún inconveniente –señaló con mirada coqueta, la misma que mantuvo con la mesera al pedirle la cuenta, murmurando entre dientes-: Soy hombre y tengo hambre, y si no me dan pan, lo comeré de otra parte.

– ¡Eres un sinvergüenza! –se despidió molesta Verónica, mirando con odio a la chica.

Enrique levantó hombros y manos en actitud de ni modo, mientras sus ojos se deslizaban  por el cuerpo de la mesera al mismo ritmo que su lengua acariciaba sus labios, hasta detenerse en la rosa tatuada en el grueso muslo derecho que relucía por la minifalda. La chica, en todo momento mantuvo su mirada fija en él, atrevidamente, con una sonrisa retadora.

Al atardecer, el timbre se mantuvo insistente en el domicilio de Enrique, quien tardó en abrir la puerta. Menuda fue su sorpresa. Sus ojos parecían salirse de órbita y sus labios dibujaron una perpleja sonrisa, al toparse con Verónica. Ella portaba el mismo vestido sencillo de la mañana, que se transparentaba con la luz del pasillo, y esbozaba en su rostro una sensual sonrisa que se desdibujó por un momento de duda, ¿seré inoportuna?, ¿estará sólo?, ¿qué me esconde?

– ¿Aquí es dónde vives?, –preguntó con voz apagada, y luego de respirar profundamente, lo apartó bruscamente de la puerta, y entró al cuarto con paso decidido-. ¿Te molesto?… ¿me invitas un vasito con agua?

 – Claro. ¿Y esa sorpresa? Ponte cómoda.

– ¿Sorpresa?, ¿y qué tanto te sorprende?

Verónica sentó su inquietud en el único sillón, de una estancia que parecía más amplia por lo blanco de sus desnudas paredes. No había ni la más mínima foto, ni de su familia, ni una litografía, ningún otro mueble, solo un distintivo con el logotipo y el nombre del Alma Calma, que buscaba mostrar su presencia, semiescondido entre el cojín del sillón y el posabrazos. Alejó el recuerdo de la mesera del restaurante, pensando que eran niñerías, ¿o debo dudar de él? Con el corazón haciendo escuchar sus latidos y la respiración agitada, volteó a ver a Enrique, quien tranquilamente sacaba una jarra con agua del refrigerador, luego de cerrar la puerta de su recámara tras echar una mirada a su interior. Se sentía nerviosa; presentía que algo no estaba bien. El hombre regresó lentamente con la bebida y ella le hizo señas para que se sentara a su lado, quería calmar sus nervios. Sorbió un trago de agua y lo miró fijamente.

– Puede parecer una pregunta estúpida, pero necesito estar bien segura… ¿En verdad me amas? –le dijo mientras sus dedos temblorosos lo tomaban de las manos.

– Bien lo sabes nenita, más que a cualquier otra persona.

– Pero me amas tanto qué estarías dispuesto a pedirme que viva contigo, a tener una familia.

– Claro, eso anhelo, vivir juntos todo el tiempo que se pueda –le susurró al oído mientras le besaba el cuello.

Verónica lo apartó, y con la mirada dulce y una voz que irradiaba ternura le dijo:

– A mí, me fascinan los niños, quiero tener dos. Y a ti, ¿te gustaría tener una familia conmigo?

– Si se da el momento, sería un placer, un sueño.

– Entonces, acepto. Estoy dispuesta  a demostrarte mi amor.

– Es tu decisión mi reina, y yo solo soy tu peón.

Verónica se levantó del sillón y se plantó sensualmente ante él, invitándolo. Enrique se paró y comenzó a besarla y acariciarla, con unas manos ágiles que pronto buscaron sus muslos, pero de nueva cuenta, ella les impidió alcanzar su presa.

– ¡No!…, disculpa –agregó bajando la voz, pero igual de firme-, me es difícil, entiéndeme, estoy rompiendo una tradición familiar. Además, estoy muy nerviosa.

– Yo también estoy nervioso mí vida, es la primera vez que lo hago con una virgen. Pero ten la seguridad de que te trataré con todo mi amor, como a una reina.

Ella lo tomó de una mano, y con mirada y movimientos coquetos lo condujo a la puerta de la recamara.

– Mejor nos quedamos en la sala. No he recogido mi cuarto, está muy sucio, no sé qué te vas a encontrar.

Verónica volvió a dudar, y con una mano nerviosa abrió la puerta. Entró rápidamente.

– Conste que te lo advertí –sentenció el hombre.

La chica optó por mantener la luz apagada, y dejarse seducir por los besos y caricias de su amado.

Al despertar, Verónica se sentó al borde de la cama. Lo contempló sin hacer ningún movimiento ni ruido, para no interrumpir ese momento de placer, y cuando éste abrió los ojos, le dijo con una voz llena de pasión.

– ¡Te amo!, jamás pensé que fuera tan maravilloso, –Enrique solo sonrío.

Después de un ligero respiro, la chica continuó con una amplia sonrisa, los ojos resplandeciendo de felicidad y unas manos inquietas que constantemente buscaban a su amante.

– Estuve pensando en mi mamá, lo feliz que se pondrá. Porque ahora que te he entregado mi amor, al fin podremos casarnos, como lo habíamos pensado.

– ¿Casarnos? –le respondió el hombre con los ojos aún entrecerrados. Se sentó lentamente, y con rostro, mirada y voz fuerte, le dijo:

– Imposible –se persignó y continuó con voz solemne-. Le prometí a mi madre, en su lecho de muerte, que solo me casaría con una virgen.

lucasierramartinez@gmail.com

One Comment

  1. Alejandra sierra

    octubre 5, 2019 at 9:00 pm

    Me encanto la forma de como describe una relación entre un hombre maduro y astuto y una inocente jovencita, excelente cuento

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