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Ermilo Abreu Gómez
Se escribe mal. Este juicio es aplicable hasta a muchos escritores de aquí y allí. A diario tengo que leer libros y artículos que me producen molestia, cuando no franco disgusto. El cesto de mis papeles está siempre lleno de no sé cuántas páginas que tiro. Muchos escritores parece que no han pasado por ninguna escuela, de tal modo ignoran el valor de las palabras y las reglas más inocentes de la sintaxis. Y sin embargo publican sus trabajos en libros, revistas y diarios.
A veces me pongo a examinar la torpeza de sus escritos y a investigar la posible causa de tantísima ignorancia. Y, la verdad, después de mucho ajetreo mental empiezo a percibir el mecanismo de tanta barbarie escrita y las raíces de su origen. Me parece entender que estos escribetales toman la pluma y se dan a la tarea de llenar cuartillas y se atienen a lo que salga. Ni el diablo podría reducir a un mínimo orden lo que brota de sus caletres. Sus pocas ideas andan al garete, no concluyen nada y hasta, si a mano viene, no pueden ni ayuntarse para formar una mediana cláusula. Luego, si se observa la estructura, sale a la superficie que el autor no tiene idea ni de la concordancia. Pero la gente lee y aplaude y celebra los engendros que se producen, y a sus autores los premian llevándolos a cualquier academia.
Pero vuelvo a preguntar ¿a qué se debe que la gente escriba mal? Porque no es posible aceptar que tal desgracia se deba sólo a que no se piensa o se discurre mal, porque conozco a tipos que no lo hacen mal cuando, alejándose de todo ejercicio escrito, se refugian en lo oral.
Dándole vueltas al tema, he llegado a la conclusión de que la causa remota de esta penuria literaria radica, por igual, en los programas de español que se desarrollan en la escuela y en el adocenamiento de los maestros.
En efecto, los programas escolares son pésimos: siguen recargados de gramática y de terminología pedantesca y de vueltas y más revueltas que quieren oler a ciencia y no huelen sino a torpeza e ignorancia. Estos programas, por más que piden ejercicios espontáneos a los niños, no hacen sino atiborrarlos de reglas. Les piden composiciones cuando no se les ha enseñado la estructura práctica y objetiva de la oración. Una maestra que quiso objetarme sobre este particular me dijo:
–Maestro, mis alumnos, en tres meses pueden redactar.
–Pues usted es más grande que el propio Comenio; pero tráigame una página, la mejor de su mejor alumno y la leemos aquí. Si es verdad lo que usted dice retiro todas mis censuras.
La maestra me trajo, llena de satisfacción, unos pliegos y me dijo:
–Esta composición es la de mi mejor alumno. Se titula “Una visita al Monte de las Cruces”.
–Léala, por favor –le dije.
Y la buena maestra se puso a leer aquellas cinco páginas.
Cuando terminó, levantó los ojos y me preguntó con aire de triunfo:
–¿No le parecen buenas?
–Dígame usted ¿dónde está el primer punto?
Y la maestra, llena de temblor, se puso a recorrer cuidadosamente las páginas que había leído. El punto apareció en la última línea de la última página.
–Pues ya ve usted, maestra, un niño que escribe una retahíla de palabras, si distinguir el predio de sus oraciones, es un niño que no sabe escribir. Si no se le salva de este error, nunca jamás aprenderá a redactar una carta. Mire usted, en la propia universidad rechazo tesis bien pensadas y mejor documentadas por una razón obvia: porque no vienen escritas en castellano.
Cuando el maestro pide a sus alumnos una composición, los está poniendo en un tobogán. El chico se despeñará sin remedio y acabará redactando unas páginas en las cuales nadie podrá distinguir por dónde andan los sujetos y los predicados, que son los elementos justos y necesarios del juicio. Y el juicio es la clave de la redacción, bien sea comunicativa, bien sea expresiva.
El niño debe tener, desde los comienzos, una idea de la unidad idiomática; que no es la palabra sino la oración. Nadie habla con palabras; ni los niños de pecho: todos hablamos con oraciones más o menos organizadas. Ya se ha dicho que existe la oración monopalábrica del niño. Con los carriles retorcidos de los programas actuales, el niño se indigesta de terminologías. Se gasta el tiempo en reconstruir listas de adjetivos, de adverbios, de verbos y de artículos y, a la postre, nos encontramos con que el niño no sabe redactar. Este niño nos pone en ridículo en cada clase. Una vez nos dice:
–Maestro, usted me dijo que tarde es adverbio de tiempo.
–Así te dije.
–Si, pero hoy nos dijo que en “linda tarde” es sustantivo. ¿Por fin qué debemos creer? También nos dijo que araña es nombre; y ahora nos dice que en “el gato araña”, es verbo. ¡Yo no entiendo nada!
Y el maestro se rasca la cabeza que es lo mejor que pudiera hacer toda su vida. ¿Qué ha pasado? Algo sencillo, sencillo en toda su magnitud de torpeza: que el maestro enseña su materia en el mismo orden que aparece expuesta en su gramática: y así va de la morfología a la sintaxis. Y este método es sólo para aprender gramática; y lo que se quiere, lo que quiere la escuela es que el niño aprenda, lo mejor posible, su lengua nacional. Y para aprender la lengua nacional no hay más que seguir las breves y claras normas indicadas por Comenio, Rébsamen, Pedro Henríquez Ureña, Amado Alonso, Américo Castro y no sé cuántos otros maestros de buena mollera. Estas normas podrían reducir a estas veinte líneas:
1 – Derivar los ejercicios escritos de las expresiones orales.
2 – Conocer la estructura de la oración por medio de reiterados ejercicios de redacción.
3 – Explicar las reglas gramaticales en función de la práctica oral y escrita.
4 – Fomentar la lectura de textos claros, sencillos y de depuradísimo buen gusto.
5 – Hacer que el conocimiento del idioma contribuya, sustancialmente, a fomentar el arte de pensar y a percibir el valor de la belleza literaria.
México, D. F., agosto de 1963.
Diario del Sureste. Mérida, 28 de agosto de 1963, pp. 3, 7.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























