Poetas del Olimpo

By on febrero 23, 2024

Letras

Al pintor Eduardo Ortegón (+), por mofarse de los exquisitos de Yucatán

Edgar Rodríguez Cimé

 

(Cualquier parecido con la fantasía literaria en Mérida, Yucatán, a fines del siglo XX es pura realidad)

“¡Brindemos por un laurel para las sienes de Apolo, el mejor bardo de estos lares, que vino a elevar la poesía, superando tendencias literarias y métricas obsoletas!” anunció Adonis, levantando su flauta de champaña.

La selecta concurrencia –algunos arquitectos, bailarines, dos tres gentes de teatro, y todos los miembros del Club de Escritores– hizo lo mismo entre vítores al vate premiado.

Los meseros, vestidos elegantemente, se apresuraron -al tronar los dedos el galardonado- a escanciar de nuevo las copas.

El lujoso bar de caoba del anfitrión ostentaba su selecta variedad: vino Luis XV, güisqui Johnny Walker Blue Label, vodka Romanoff, champaña Dom Pérignon y tequila Viuda de Romero. Nada de cervezas y ron, porque eso era para paladares de la gente vulgar, de “nacos, ñeros y huiros”, acostumbraban a decir.

Apolo contempló orgulloso la mesa, haciendo gala de su ambrosía: camarones de exportación, langosta a la Termignor, lomo canadiense, soufflé, caracoles en su cáscara, foie gras, pavo envinado, queso gruyere, aceitunas negras, bombones Ferrero Rocher

Apolo y Adonis eran un par de exquisitos. Se decían –mirándose al espejo, cual Narcisos– “los mejores poetas de su tierra”. Se envanecían de ser ganadores de becas, premios y bienales, así como de conformar la vanguardia de la literatura contemporánea. Y todos les creían.

Entre los cientos y cientos de volúmenes de sus bibliotecas, se jactaban de releer, porque “leer” era para la gente común y corriente, a Platón, Virgilio, Petrarca, Voltaire, Tagore, Elliot, Rilke, John Perse, Borges, Paz, y otros grandes, de quienes decían “no estar tan lejos de su altura”.

-“¿Cómo ves el ambiente, Adonis?” inquirió el festejado a su excelso compañero de letras. El otro, pavoneándose, respondió: “Sublime, no se compara a las bacanales de los pintores, llenas de vulgaridades, falenas diletantes, y hedores de marihuana”.

El Club de Escritores estaba bajo su égida, por lo cual fungían como la creme de la creme: siempre eran los elegidos en presentaciones de libros, conferencias y cursos, lo que les aportaba jugosas retribuciones y canonjías. Lo anterior, sumado a sus respectivos sueldos de sus otros dos y tres empleos, les permitía un nivel de vida de primera.

Al ser reconocidos como non plus ultra de la poesía local, avalados con la bendición tanto de la Dirección de Cultura como de la Rectoría de la Universidad, eran maestros-asesores de talleres literarios habidos y por haber.

Además, gracias a su aureola de “poetas más premiados”, acaparaban las páginas de las revistas literarias de la Dirección de Cultura, de la Universidad, y del Instituto de la Juventud, aparte de encabezar los consejos editoriales de las mismas.

Ambos habían obtenido las becas estatales de “Jóvenes Escritores”, y luego “Escritores con Trayectoria”, en varias ocasiones. Un año, uno; y el siguiente, el otro. Los dos también ocuparon el cargo de “Asesores en Letras” en el consejo artístico de la Dirección de Cultura. De igual modo, habían figurado como “Directores de Literatura” de la misma.

Este dúo dinámico igualmente poseía premios nacionales de poesía de diversos estados del país, aunque no fueran de los más prestigiados: Baja California, Campeche, Durango, Tabasco. A esto se sumaban reconocimientos, diplomas, menciones honoríficas, y hasta un “Honoris Causa” de la Universidad de Valladolid… Yucatán.

La fiesta-celebración, después de su apogeo, entró a su fase final. La música había mutado: de Bach, Vivaldi, y Stockhausen, a los pianos de Di Blassio y Yanning, para aterrizar con Don Omar y Daddy Yankie.

Los ampulosos vates se habían quitado la corbata de moño, uno, y aflojado el nudo, el otro. Los invitados, un poco desaliñados, habían hecho a un lado el glamur de los cubiertos y comenzaban a meterle mano directamente a los saldos de camarones, pavo o langosta. Devorando el resto de los platones de comida.

Ya medio pedos por los vapores de los licores, los egregios rapsodas comenzaron a dar rienda suelta a su ego:

– “Ahora el único lauro que le falta a mi colección es el “Excelso Premio de Literatura”, otorgado a los grandes maestros. Creo lo merezco,” soltó Apolo.

– “Lo merecemos, aunque seamos un poco jóvenes,” desenvainó petulante Adonis.

– “Si tú aún no crees merecerlo, quizá tengas razón; pero yo me encuentro en plena madurez de mi numen,” replicó en un duelo de egos Apolo.

– “Bueno, creo que tienes razón: lo merecemos,” puntualizó el otro.

Al fin y al cabo, el método para obtenerlo podía ser el mismo de siempre: apoyarse en los jurados de la capital del país, con quienes amarraban becas y premios. Para algo les conseguían pasajes aéreos, hospedajes en los mejores hoteles y excelentes viáticos para pasársela de lujo en su llegada a la provincia. A qué escritor no le interesa venir a pasar unos días en calidad de “turista cultural” con el paquete VTP (viaje todo pagado), incluido paseos a la playa o sitios arqueológicos, y francachelas en antros y lupanares V.I.P.

Para Apolo había un obstáculo: la convocatoria del “Excelso Premio de Literatura” prohibía la participación de funcionarios culturales; y él era en esos momentos el flamante Director de Literatura, lo cual dejaba listo el terreno para que tan ilustre reconocimiento lo recibiera su alter ego, Adonis.

Éste, para variar, había recibido el honor de bautizar con su nombre el recién inaugurado premio literario del Instituto de la Juventud del nuevo gobierno conservador, aun cuando fue precisamente él quien se encargó de recabar las firmas de todos los miembros del Club de Escritores en apoyo al anterior gobierno tricolor.

Blasonando de satisfacción ambos, al unísono propusieron brindar por el próximo laureado con el “Excelso Premio de Literatura”. En el fondo, los dos se sentían ya dueños de tal distinción.

Los miembros del Club de Escritores, ya medios ebrios, alzaron sus vasos y exclamaron, al unísono:

“¡Por el futuro recipiendario del reconocimiento!

“¡Por el mejor escritor de estas latitudes!

“¡Por el mejor poeta de esta tierra!!”.

Mientras degustaba su Dom Pérignon, Adonis paladeaba anticipadamente su triunfo, ante el impedimento burocrático de Apolo.

Entonces, comenzó a pensar cómo iba a disfrutar los $100, 000.00 del soberbio premio: las playas del Mediterráneo, Paris o la añorada Venecia.

Cuando tiempo después se enteró del laudo, y cómo le hizo su ilustre colega y “hermano de letras” para hacerse acreedor al “Excelso Premio de Literatura”, le dolió tanto chot nak (dolor de barriga) que no pudo salir en meses de su prolongado auto encierro en la blanca, y “muy noble y muy leal Mérida” (dixit el Rey español Felipe III).

El divo Apolo, con la astucia de José Fouché y la exactitud de Pitágoras, había renunciado a su puesto de Director de Literatura un día antes de la fecha límite de la convocatoria, para recibir el codiciado premio: ¡El Excelso Premio de Literatura de Yucatán!

edgarrodriguezcime@yahoo.com.mx

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