Pibil y la Presencia Siniestra

By on marzo 23, 2017

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Pibil y la Presencia Siniestra

Pibil, El ‘Defensor de los Angustiados’, acude en defensa de dos damas acosadas por una presencia etérea

En la cultura yucateca, la muerte no es el final, es vista como continuidad, permanencia y renovación. Nos alerta ante el peligro, recordándonos a cada momento nuestra naturaleza mortal y limitada. Mi chichí creía que los muertos no se van del todo, que siguen cerca de nosotros desde el más allá.

Norma y Blanca llevaban varios días sorteando una situación inexplicable. Aseguraban que en su casa había una ‘presencia’ que generaba mala vibra: había frío a pesar de ser verano; los pájaros que acostumbraban llegar todas las mañanas para posarse en las matas de limón a cantar, dejaron de hacerlo; e incluso sus dos perros ladraban mucho, permaneciendo inquietos todo el tiempo; inexplicablemente, la comida se echaba a perder aún dentro del refrigerador. Pero lo peor era que al entrar percibías aquella presencia, tus sentidos se alertaban y un escalofrío te recorría la espalda en dirección a tu coxis.

Recomendé a las afectadas los servicios de doña Elota, mi vecina, que es mediadora, es decir, que se puede comunicar con los espíritus. Ellas estuvieron de acuerdo. Así que, al día siguiente, todos juntos iniciamos aquel intento de diálogo. El plan era tratar de averiguar quién era aquel ser y, lo principal era saber lo que quería.

Doña Elota llegó acompañada del Padre Juan Ferráez Vázquez, quien bendijo la casa. Mi valiente vecina se sentó en una silla, permaneciendo ahí un largo rato con los ojos cerrados y las manos descansando sobre sus piernas. De pronto, comenzó a moverse de la cintura para arriba, sacudiéndose levemente hasta quedar quieta, sin abrir los ojos.

“¿Dónde está doña Brígida?” – preguntó una voz enojada proveniente de la médium, diferente a la de ella.

“¿La antigua dueña de la casa?” – preguntó Norma, visiblemente nerviosa.

“¿Antigua dueña? ¿Qué ya no vive aquí?” – refutó el ser.

“Nooo… Se mudaron hace 10 años, el mismo tiempo que llevamos viviendo aquí” – señaló Norma.

“¿Diez años?” estalló en la boca de la mediadora. Era obvio que aquella no era la respuesta que esperaba el huésped.

“¿Qué era ella de usted?” pregunté, intentando descifrar aquel galimatías.

“Es mi suegra, a la que no encuentro. Ella es testigo de mi inocencia, pero jamás se atrevió a decir la verdad, porque pensaba que yo era poca cosa para su hija. Me acusaron de haberla asesinado, me condenaron por ello, pero a ella no la maté, a otras mujeres sí, pero a ella no y mi suegra lo sabía. ¿Dónde está doña Brígida? ¿Dónde está ella?”

“Está, está… muerta. Falleció hace dos años,” dijo Blanca, al borde de un colapso.

“¿Se murió esa desgraciada?” – bramó la voz. “Pero, entonces… ¿por qué no está aquí conmigo?… Esto es injusto, injusto… injustooooooooooo”

Al apagarse su voz, doña Elota se sacudió de nuevo y regresó a este plano, sudorosa y sedienta. Tras recuperarse del todo, comentó con su habitual vocecita: ‘Creo que ya no volverá.’

“Esperemos todos que así sea, hijas” – dijo el padre Ferráez.

Mis amigas me abrazaron, agradecidas, también a doña Elota. Todo había salido bien en esta ocasión. La verdad, espero no volver jamás a cruzarme en el camino de ese fallecido asesino.

RICARDO PAT

riczeppelin@gmail.com

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