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Parir un libro y el posparto literario

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En la era digital y globalizada que vivimos, pareciera ser que las emociones han desparecido o que son entidades aisladas del pasado. Afortunadamente, aún no es así, aunque la literatura y el cine se encargan de futurizar que esto está a punto de suceder, y en nuestra natural resistencia existencial ya se busca que los llamados “mechas y robots” tengan integradas emociones humanas.

Es importante reconocer la confusión y el miedo que surge al creer que expresar una emoción es lo mismo que sentirla. Las emociones son reservadas exclusivamente para la experiencia subjetiva de la humanidad, nunca para un robot.

Los avances tecnológicos de la Inteligencia Artificial (AI) refuerzan nuestros temores éticos, filosóficos y jurídicos por esa resistencia, tal vez no tecnológica sino existencial.

En la actualidad existen propuestas para repensar en la hibridación afectiva, o emodiversidad (*), como una compleja interacción entre la cultura, la tecnología y lo cognitivo de este mundo interconectado en el que vivimos. Este “nuevo concepto” que para la psicología científica y las neurociencias se traduce como sentimientos cruzados, emociones complejas o encontradas, es en esencia exclusivo del ser humano, puesto que es el único capaz de sentirlas, expresarlas, auto regularlas y gestionarlas.

Por todo ello es que en el mundo de las subjetividades algo emotivo y conmovedor sucede al terminar de escribir un libro —a mí me ha sucedido. Cada escritor, al terminar su obra, vive diferente ese hecho.

Habrá quien niegue categóricamente la aparición de emociones, negándolas al mismo tiempo, intelectualizándolas como mecanismo defensivo; otros argumentos se enfocarán en comentar que no existe tal afirmación porque carece de esa empatía por alexitimia o por características propias de su personalidad; habrá quien simplemente las ignore.

Cualquiera que sea el motivo, no exime la existencia del hecho de que “algo sucede” y le llamamos de diferentes modos. A mí me gusta nombrarle posparto literario, por la hermosa analogía con un parto humano, dos procesos tan iguales con orígenes diferentes. Cada gestación con su pre y su post, cada uno con sus peculiaridades.

Metafóricamente, parir un libro es una expresión muy potente que se refiere obviamente a la publicación de un libro, a ese nacimiento que se encuentra envuelto en un proceso emocional y que afecta de diferentes formas la vida de quién lo ha gestado.

El proceso de gestar una obra durante meses o años atraviesa sin duda por procesos cognitivos que inevitablemente siempre están asociados a lo emocional, a la ilusión de imaginar que aquello que solo existe dentro de mí en un futuro tendrá vida propia. Aparece el entusiasmo, pero también el miedo.

Cuando iniciamos hablando de la gestación, nace la idea, y ella comienza a crecer como en los embarazos humanos; empiezan igualmente los cambios y malestares, apareciendo dudas, sueños, fantasías, tal vez hasta las típicas preguntas sobre cómo será al nacer, si gustará, si es lo que soñamos o planeamos, si será entendido o comprendido.

Entonces las inseguridades y algunos momentos de cansancio hacen su aparición, llega esa intensa etapa de corregir de reescribir, de cambiar, de volver a corregir y nunca sentir que está terminado, el momento difícil para decidir soltarlo cuando ha llegado la hora de parir.

Por eso la comparación con el parto funciona muy bien, el trabajo de parto es el nacimiento de un libro que se publica. Viene entonces ese alivio de finalmente soltarlo, una sensación de vacío, un sentimiento extraño, la edición y nuevas correcciones, nuevas sugerencias y nuevas opciones, hasta que ya no haya nada más que corregir.

Llega luego la nostalgia para despedirnos de las horas, de las personas, de las emociones y de las experiencias que acompañaron su escritura. Y quizá la emoción más profunda sea la que sigue: esa de desprendernos del libro para imprimirlo y entregárselo a los lectores, que implica posicionarnos en un estado de vulnerabilidad, permitir a otros entrar en lugares íntimos de nuestros pensamientos, de nuestra memoria e imaginación. Todo ello en muchas ocasiones no lo tenemos consciente como proceso; sin embargo, existe.

Llega entonces lo que llamo el posparto literario. Después de terminarlo, pueden aparecer complejas emociones encontradas, la felicidad, la melancolía, y una posible sensación inesperada de vacío emocional, de tristeza o pérdida porque algo que nos acompañó durante tanto tiempo ya no está dentro de nosotros. Obviamente, no es una depresión posparto en el sentido clínico, sino una metáfora del duelo que acompaña al nacimiento de una creación. Todo ello en compañía del renacimiento pues, cuando un libro nace, también nace una nueva versión de quien lo escribió. Nace el orgullo de mirar el texto impreso y pensar con gratitud en quienes nos acompañaron en el proceso y, por supuesto, el pensamiento: “Yo hice esto, yo lo engendré”.

Llega el agotamiento del posparto. ¿Y ahora qué hago con todo este silencio? Ya no podré protegerlo de las críticas, análisis, censuras, de las interpretaciones, o de la indiferencia. Aparece el deseo de descansar, de no ver letras, de sumergirse en otras actividades diferentes, dormir, ser feliz, llorar, agradecer, contarlo, o no hablar nada de él hasta su presentación pública; de honrarlo, quizás.

Llega el momento de no escribir, aunque en el fondo, en la mente, en las ideas, en la energía, siempre estamos escribiendo. “Parece que no pasa nada, pero pasa”. Congelarnos un tiempo antes de iniciar otro proyecto, que seguramente ya fue pensado; antes de volver a escribir.

Es como si de pronto fueran dos mundos, algo así como lo que nos pasa con las personas que criamos: conocemos a ese hijo, pero no sabemos quién es cuando genera otros vínculos que lo conforman de un modo más integral.

Las palabras y frases de felicitaciones saben dulces y sinceras, a pan recién horneado por la calidez de sentirse reconocido, a vino, a sal, a fruta madura, a simulación, a todo, o a nada.

La imagen de “parir un libro” puede ser especialmente poderosa: Mucho esfuerzo, la sangre simbólica la tinta en el papel, y finalmente una criatura que ya no nos pertenece del todo.

¡No tiene por qué sucederte a ti, tal vez solo nos sucede a unos cuantos sensibles humanos!

(*) Emodiversidad: capacidad humana para sentir y nombrar un amplio y variado abanico de emociones

MAR GÓMEZ

Psicóloga clínica y narradora de historias

acuzomac61@hotmail.es

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