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Editorial

Primera semana del nuevo año de 2023 que asoma en el horizonte de nuestras vidas, sobre los cimientos de períodos precedentes.
Culminados los festejos religiosos por el nacimiento del Mesías, llega un año heredero de las cargas acumuladas aun por atender y de las expectativas de nuestros estados de ánimo.
Una vez más, se conmemora la festividad religiosa de aquellos tres reyes, calificados de Magos, que acudieron a la humilde población de Belén para llevar a un recién nacido presentes de oro, incienso y mirra, entregados con sanas intenciones de dar al neonato algo de riqueza: oro –metal de riqueza para los humanos–, incienso –para aromar y rendir homenaje a un ser superior–, y mirra –para ungir y dar potestad a un futuro rey, no de una tierra, sino de una generación inicial, nueva, de mentes abiertas a la paz y a la convivencia pacífica.
La simbología de esos hechos iniciales se vio acrecentada con el paso de los siglos, mas no en los momentos actuales en que, los elementos simbólicos de cada uno de ellos los observamos mutilados, privados de su valor original. En nuestro mundo trastornado, se usa el oro para dominar adversarios, el incienso para la loa y enaltecimiento de figuras pasajeras de gobernantes, artistas, e incluso delincuentes con alto grado de peligrosidad.
En dos milenios, el mensaje inicial de los tres dignatarios originales visitantes se ha desvanecido. El oro hoy se encuentra en las arcas de los poderosos, el incienso se quema en honor de políticos de medio pelo, y la mirra continúa celosamente guardada, esperando tiempos mejores y personas dignas.
Bien vale la pena reflexionar sobre este tema relevante…





























