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Alberto García Maldonado
Como ya anotamos antes, el día 15 por la tarde quedó todo listo para la actuación de la caravana artística que, de modo particular, no oficial, fue a prestar su colaboración en la fiesta de Ciudad del Carmen.
El profesor Muñoz, atento y puntual, era el único contacto que teníamos en la agitada y alegre ciudad. El día 16, en la Feria Ganadera y lugar de la actuación, todos los fiesteros se dieron cita ahí. En el lugar que se le destinó a la caravana para que aguardara su turno mientras les tocaba actuar a los demás, las gentes se aglomeraban en las puertas y hasta a un muchacho le oímos decir con entusiasmo: “Ahora sí veremos algo bueno”.
Frente a las gradas fue colocado el templete que serviría de escenario, el cual fue rodeado por una compacta muchedumbre. Comenzó el programa con la actuación de la Banda Sinfónica de la Secretaría de Marina y se continuó, según el programa, con “la actuación artística de los grandes valores locales. Carmita Sáenz de Fonz, Charito Gómez y Jorge Soler (Pénjamo)”. Todos estos números apenas logramos oírlos por un momento pues, con la aglomeración y lo lejos que estábamos, no podíamos ni prestar atención y sólo oíamos claramente los aplausos cuando terminaba cada número. Cuando se avisó que ya podía ir la caravana yucateca, con la que se cerraría el programa, todos sus componentes tuvieron que ir abriéndose paso entre el público. Primero actuaron los artistas que harían la Ofrenda del dios Chaac, quienes con sus trajes precortesianos llenos de colorido y propiedad dejaron en suspenso al auditorio, aunque no faltó quien deseara recibirlos sin cortesía, pero la belleza de los trajes, el porte majestuoso del rey, con su traje palencano y a quien se le pone después la máscara del dios Chaac para que presida la ofrenda como el mismo dios personificado; la bella y hermosa doncella a quien se “sacrifica”, etcétera, hizo que se guardara la mayor atención y al elevarse el “corazón” de la doncella y oprimirlo haciendo salir de él la sangre que aún contenía para que con ella se regara la tierra que produciría el maíz, produjo una emoción particular y una cerrada ovación. Seguidamente el conjunto de trovadores con sus albos y típicos trajes deleitó a la concurrencia con cinco emotivas canciones y se cerró el programa con el gran final de la jarana. Tres parejas, dos de mayores y una de niños, bailaron en todos los tiempos en que se toca la jarana y como eran nada menos que los campeones de dicho baile, ya puede imaginarse cualquiera las filigranas que bordaron en el entarimado. Las ovaciones, la música esplendorosa, las bombas, los trajes llenos de flores, etcétera, fue como dijimos antes el gran final de la parte artística de la VI Exposición Ganadera, Industrial y Comercial de los Juegos Florales y fiestas de julio.
Pero como no todo podía ser jolgorio y regocijo, ya bien entrada la tarde del mismo día 16, el cansancio se iba acentuando en todos, el estrépito, etcétera, todo se aunaba para no poder decidir con seguridad si se efectuaría la actuación de la noche en el parque Zaragoza como estaba anunciado. Únicamente la puntualidad cronométrica del profesor Muñoz era lo que aliviaba nuestra incertidumbre y, paradójicamente, nos dejó desconcertados al anunciarnos muy serio y seguro de lo que decía, que en veinte minutos comenzaría a llover. Al ver nuestra alarmada incredulidad nos aseguró que si no llovía volvería en una hora. No pudo regresar, llovió a cántaros por más de una hora.
Los trovadores y los jaraneros aguardaron vestidos hasta más allá de la diez de la noche en que ya sentados alrededor de la mesa para cenar se les avisó que ya había dejado de llover e iba a comenzar “la gran fiesta del pueblo en el parque Zaragoza”. Tuvieron que levantarse y salir rumbo al parque.
Cuando regresaron, felices del éxito artístico de su actuación y con renovada hambre, materialmente devoraron su cena.
En el parque el bullicio era casi infernal, los altoparlantes, los juegos estaban abarrotados, grupos de mariachis con poca voz, enviados por las cervecerías, cantaban a más no poder por distintos lados; los juegos pirotécnicos tan grandes como no habíamos visto antes y que, según todo el mundo sabía, costaron quince mil pesos ya que fueron encargados al señor Juan D. Zamarrón, de Cerrito, San Luis Potosí, fueron la admiración de propios y extraños.
La noche se iba adentrando, los bailes estaban repletos. El profesor Muñoz, con su inigualable cortesía, nos hizo pasar al baile de mayor postín.
Un rato de sueño y antes de que aclarara bien abordamos el autobús en las primeras horas del día 17, pero antes desayunamos en el moderno mercado.
Diario del Sureste. Mérida, año XXXIII, tomo CXXXI, 2 de agosto de 1964, pp. 3, 7.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























