Nuevo Edificio de la Universidad de Yucatán en 1941 – VI

By on marzo 11, 2022

Memoria de las Fiestas Inaugurales

VI

Del Colegio de San Pedro a la Universidad de Yucatán

Texto íntegro del discurso pronunciado por el señor Humberto Lara y Lara en la velada efectuada en el Teatro «Peón Contreras» para solemnizar la inauguración del nuevo edificio de la Universidad de Yucatán.

«Señor Representante del señor Presidente de la República; señor Gobernador del Estado; señor Comandante de la Zona Militar; señores Rectores: damas, caballeros, jóvenes estudiantes:

Más de tres siglos ha, que el legendario asiento de Ichcanzihó, vio levantarse en su árida llanura los muros de un edificio más, de entre los muchos que con las sagradas piedras milenarias de sus templos, había erigido el rubio y blanco conquistador hispano.

Aquel edificio, construido para los enigmáticos discípulos de Ignacio de Loyola, estaba destinado a escuchar los primeros balbuceos de la cultura yucateca.

Allí, el 30 de noviembre de 1618, había de inaugurar sus aulas el Colegio de San Francisco Javier, y seis años más tarde, en 1624, la primera Universidad de Yucatán, la Universidad Real y Pontificia, que subsistió siglo y medio, hasta 1767, en que el Rey Carlos III expulsó a los jesuitas de todos los vastos dominios.

Allí, entre los austeros muros del Colegio de San Javier, apuntó la aurora de los estudios superiores de Yucatán, que aletargados entre las brumas ideológicas y espirituales de entonces, gestaron sin embargo para la intelectualidad yucateca un alto destino cultural.

Allí, en las linfas de sus cátedras, nutrieron su entendimiento tan destacados varones yucatecos como con don Francisco Javier de Paz, inspirado aeda; don Luis Coello y Gaitán, inteligente escritor y generoso defensor de los mayas; don Ignacio Cavero, jurisconsulto eminente; don Juan José Vértiz, Gobernador en Venezuela y Virrey en Buenos Aires: don Manuel Brito, latinista y filósofo de renombre; don Vicente Anguas, maestro y filántropo; don José de Zavalegui, introductor de los estudios experimentales de física y don Domingo López de Llergo y don Eusebio Rodríguez de la Gala, los más eminentes abogados yucatecos graduados en aquella época.

La evocadora y amplia casona que durante varias décadas ocupara el «abuelo Instituto», y que hoy, transformada por mano de un gobernante progresista y dinámico, ha llegado a ser la modernísima Universidad de Yucatán, inaugurada esta noche, fue un tiempo recinto del Colegio al que la fe cristiana de nuestros mayores llamó «de Nuestra Señora de los Dolores y San Pedro», fundado en 1711.

Levantóse el edificio frente al de San Francisco Javier. Padres de la Compañía de Jesús fueron asimismo sus directores. Y fue su verdadero fundador un interesante personaje de nuestra historia, el Bachiller don Gaspar de Güemes, ilustre, acaudalado y desprendido sacerdote, nacido en esta ciudad de Mérida el 26 de junio de 1651. De corazón sencillo y nobles sentimientos, adornado con la selecta virtud del amor a la ciencia, el Padre Güemes aplicó sus dineros a obras de caridad y beneficio colectivo, siendo sin duda la más importante la fundación del Colegio que nos ocupa.

El 24 de marzo de 1751 abrió sus aulas un nuevo centro de enseñanza, que habría de trazar en la historia de nuestra cultura, y de nuestra existencia política un capítulo de particular significación: el Seminario Conciliar de San Ildefonso o Colegio Tridentino, que como todos los de su clase, tendía a restaurar y afianzar la obediencia al Papa, relajada en aquella época por la difusión de la herejía luterana. Su edificio levantóse en terrenos del Palacio del Obispado, limitando con la Catedral y la Sacristía Mayor y con la actual calle 58, entonces llamada «de los Rosados».

Depositario de la dirección de la enseñanza pública, por haber llegado a ser el único después de la expulsión de los jesuitas, el Seminario de San Ildefonso constituía el modelo de establecimientos de alta cultura para la sociedad yucatanense. De él salieron, en los dos primeros tercios de la pasada centuria, hombres notables, que fueron honra y prez de nuestro solar. En sus cátedras se conjugaban todos los valores ideológicos de la época, en un falso adormecimiento que tarde o temprano había de romperse. En ellas, en sus enseñanzas turbias, estáticas, inmóviles, naufragaron silenciosamente muchas aptitudes. Esas enseñanzas, eran como lagunas de aguas negras, eran como mares muertos, que sólo alientos poderosos, como el titánico aliento de don Pablo Moreno, pudieron cruzar arrojando de sí, de su audaz barquichuela, los brumosos témpanos de la dialéctica peripatética, para arribar a las serenas y luminosas playas del pensamiento libre. Fue en verdad, inmensa fortuna para el porvenir cultural de Yucatán, el que muchos de los seminaristas adquirieran fuerzas bastantes para romper sus ligaduras y preparar con su concurso la transformación de nuestra sociedad.

Alcanzó el Seminario sus mejores días a principios del siglo XIX. Fue esa la época en que sus estudiantes rivalizaban con los alumnos de los frailes franciscanos, en conferencias y actos públicos, desenmarañando temas filosóficos, y mostrando el alcance de sus conocimientos, de su ingenio y de sus dotes oratorias. Celebrábase la inauguración de los cursos –dice uno de nuestros historiógrafos– «con fausto y pompa, asistiendo las eclesiásticas y políticas autoridades, las comunidades religiosas, los representantes de la municipalidad y de la milicia, caballeros principales de la ciudad y gente del pueblo; en el salón general del Seminario, a los acordes de la música, en medio del noble ardor de los alumnos y del risueño semblante de los invitados, el nuevo lector o maestro de filosofía subía las gradas de la cátedra, y pronunciaba desde ella una oración latina o castellana, en la cual esforzábase por demostrar sus preclaras dotes intelectuales con objeto de establecer su prestigio y autoridad entre los discípulos, en esta primera prueba pública de su ciencia y de su talento».

Pero estas mismas justas del intelecto fueron el primer palenque de brillantes próceres peninsulares que más tarde habían de salvar los precarios límites del mundo pigmeo a que los condenaba la escolástica, para agigantarse en bregas de mayor empuje y abrir a Yucatán sendas nuevas, derroteros ascendentes.

En efecto, los claustros del, a pesar de todo, benemérito Seminario Conciliar de San Ildefonso, vieron resplandecer el atrevido talento de don Lorenzo de Zavala, elocuente tribuno, fecundo literato, viril periodista, concienzudo historiador; y vieron resplandecer también el genio de don Andrés Quintana Roo, eximio patriota; el de don Manuel Jiménez Solís, talento profundo, corazón de oro, mente luminosa, educador insigne, a quien sus coetáneos llamaron «Padre Justis»: y el de don Manuel Crescencio Rejón, el célebre padre del recurso de amparo.

Nuevas ideas, más nobles aspiraciones sociales, pensamientos más altos modificaron a la Europa del siglo XIX. La fuerza incontrastable de la Revolución Francesa, difundióse por los cuatro puntos cardinales, sin excluir a España y sus dominios. Y entusiasmados por los nuevos ideales, los alumnos del Seminario comenzaron a abandonar sus aulas.

Esta juventud ardiente, esta pléyade de estudiantes, que poco tiempo después sería norte y guía en la vida total de Yucatán, agrupóse en una Casa de Estudios, centro cultural de los inolvidables «sanjuanistas», en el patriótico anhelo de difundir el sentimiento de la libertad en todos sus órdenes.

Resplandece en esta etapa, con vívidos fulgores, la figura de don Pablo Moreno y Triay, filósofo escéptico, de talento avasallador y rebelde espíritu, que fue en la tribuna seminarista un azote para sus propios maestros y, en las anquilosadas aulas de San Ildefonso, un genuino revolucionario. El Voltaire yucateco le llamó su época.

Manifestóse en todo su vigor en Yucatán la revolución política y religiosa a partir de 1812. Al calor de la contienda de esos días, los sanjuanistas trajeron en 1813 la primera imprenta, y de esta imprenta nació el periodismo yucateco, con el El Aristarco, Clamores de la Fidelidad Americana, El Misceláneo y El Redactor Meridano, todos paladines del progreso. Enemigos de éstos no tardaron los rutineros en reconocer las ventajas de la prensa: poco después editaron su órgano periodístico El Sabatino, que don Pedro Escudero, don Leonardo Santander y Fray Domingo Sáenz, dirigieron con habilidad y calor.

En el propio año de 1813, había en el Seminario Conciliar de San Ildefonso catedráticos rutineros y liberales en franca competencia. Y de esta lucha nació, el 12 de mayo de 1813, la ya citada Casa de Estudios, poderoso centro de difusión cultural, que sólo pudo extinguirse un año después de incansable batallar, cuando sobrevino en Yucatán la reacción absolutista a que dio margen la nefanda traición de un Rey que no mereció serlo. En esos días negros, Mérida derramó lágrimas ante la pública humillación del venerable Padre Velázquez; y ante la prisión de don Manuel Jiménez Solís, sabio maestro de la juventud y principal fundador de la Casa de Estudios; de don Francisco Bates, introductor de la imprenta; de don José Matías Quintana, padre del gran Quintana Roo; de don Lorenzo de Zavala, y de otros muchos distinguidos intelectuales.

¡Cuán noble es el estímulo que en alas del recuerdo arrastra a nuestro espíritu hacia esos tiempos gloriosos, gestores de nuestras libertades! ¡Cuán brillantemente desfilan ante nuestro pensamiento las gigantescas figuras de aquellos gigantescos yucatecos, que sin embargo de haber nutrido su espíritu en la desesperante parquedad de los conocimientos permitidos, férreamente sojuzgados por normas educativas exclusivistas, encontraron bastante valor y valer, bastante para transformarse en caudillos del movimiento intelectual moderno!

La aparición de la Casa de Estudios y de El Aristarco su órgano periodístico, difusor de los principios liberales, fue la aurora de una nueva etapa cultural. Obra fue de la juventud, plena de entusiasmo y de esperanza, consciente del vigor que llevaba dentro y de la justicia de su causa. «Las prendas del espíritu joven –ha dicho José Enrique Rodó– corresponden en las armonías de la historia y la naturaleza, al movimiento y a la luz. A dondequiera que volváis los ojos, las encontraréis como el ambiente natural de todas las cosas fuertes y hermosas».

La excepcional clarividencia del filósofo vallisoletano, sus avanzadas conclusiones en filosofía especulativa –que sembrara pródigamente con sabia palabra en el pensamiento ubérrimo de sus alumnos–, y la apasionante orientación liberal del Padre Velázquez, se tradujeron y brillaron esplendorosamente en la juventud sanjuanista. Al lado de un escritor joven, Lorenzo de Zavala, agrupáronse otros jóvenes, y obra de ellos fueron los sólidos cimientos de nuestra cultura moderna, como lo fue también la unificación ejemplar de la voluntad del pueblo yucateco en el pensamiento de nuestra independencia.

Enorgullezcámonos, señores, de los maravillosos frutos de nuestra cultura en aquellos tiempos. La ciencia, la literatura, el arte, todas las nobles manifestaciones de la inteligencia humana, hallaron en Yucatán dignos representativos. Piénsese, en que sólo desde 1812, la liberal Constitución de Cádiz pudo poner a esta provincia, dejada de la mano de Dios, en contacto con el mundo intelectual de esos tiempos. Recuérdese que sólo desde entonces, al conjuro mágico de la Patria que nacía, tuvieron nuestros pensadores libertad para instruirse, para dar vuelo a los sentimientos gestores de su creación artística.

Mas retrocedamos un poco en el curso del tiempo. Recordemos que, clausurado al tiempo de la expulsión de los jesuitas, el Colegio de San Pedro abrió sus puertas de nuevo en 1882, con la denominación de Colegio de Indios, por virtud de las gestiones y desvelos de uno de sus discípulos más notables, el presbítero don José Nicolás de Lara, parpadeante luminar en aquellas vastas lobregueces intelectuales, precursor en el movimiento reformista del Seminario Conciliar de San Ildefonso.

Durante más de doscientos años, las macizas bóvedas del Colegio de San Pedro, mudos testigos de los inquietantes secretos de la vida jesuítica, han acogido, como a peregrinos en marcha por la senda del Destino y hacia la eterna interrogación del Porvenir, a vocingleras, incontables generaciones de estudiantes, que en ese añoso recinto volcaron el inapreciable tesoro de su alegría juvenil, de su optimismo radiante, de sus sueños, de sus esperanzas y de sus ilusiones.

Allí en las austeras aulas del viejo y rugoso Colegio de San Pedro, cobijáronse en 1849, los estudiantes de la Academia de Ciencias y Literatura, que presidiera don Gerónimo Castillo, el celebrado autor del Diccionario Histórico, Biográfico y Monumental de Yucatán.

Allí encontró pasajero hospedaje la segunda Universidad de Yucatán: la Universidad Literaria, creada por el Augusto Primer Congreso Constituyente del Estado, el 18 de marzo de 1824. Universidad que fue reflejo de las aspiraciones de un pueblo recién nacido a la vida de la libertad y que buscaba, en el mejoramiento de la instrucción pública, la realización de los ideales democráticos y del progreso científico que inspiraron a sus adalides.

Ciertamente, hondas y luminosas huellas imprimieron en la formación intelectual de la juventud que asistía a las cátedras de aquella Universidad, la sapiencia de maestros como don Domingo López de Somoza, jurisconsulto insigne, perseguido en España por sus ideas avanzadas, y de quien fue discípulo el inconmensurable don Justo Sierra O’Reilly; como el doctor don Ignacio Vado, guatemalteco de origen, que impartió en Yucatán la enseñanza de la ciencia de Hipócrates, propagando métodos y descubrimientos que recogió en los grandes centros científicos de Europa; y como don José Martín Espinosa de los Monteros, talentoso émulo de Arquímedes, que trajo a nuestra juventud el estudio de las matemáticas.

Los recios muros del Colegio de San Pedro contemplaron en 1861, bajo el Gobierno del señor licenciado don Liborio Irigoyen, el nacimiento del Colegio Civil Universitario, que aunque de corta existencia, entraña el paso trascendental de la enseñanza pública de las pálidas manos del clero que la dirigió tres siglos, a las del elemento civil, esto es, el laicismo, precursor de las doctrinas educativas contemporáneas.

Ellas presidieron, también, el 18 de julio de 1867, tras la derrota del Imperio extranjero, el feliz advenimiento del Instituto Literario de Yucatán, obra cumbre de un hombre cumbre, el señor general don Manuel Cepeda Peraza, campeador de nuestras libertades cívicas, que al deponer las armas, nunca humilladas, ante el retablo de la República victoriosa, coronó sus sienes con los laureles de un triunfo mayor: el triunfo del espíritu y de la idea del sentimiento y de la doctrina liberales, que en las aulas del Instituto, estaban destinados a renovar su vigor con cada una de las generaciones de estudiantes que más tarde se acogerían a la sombra discreta de sus claustros –propicia a la meditación y al ensueño– del mismo modo que según cuenta la simbólica leyenda de la Hélade inmortal, recobraba sus fuerzas el gigante Anteo con el solo contacto de la Madre Tierra.

¡Porque no en vano había nacido el Instituto Literario junto a los rescoldos de épicas lides libertarias, ni en vano había recibido la inapreciable herencia ideológica de la Casa de Estudios de los Sanjuanistas!

Mas, lejos está de nuestra mente el propósito, superior a nuestra capacidad, de trazar esta noche un cuadro del proceso evolutivo de la cultura yucateca. Ni siquiera un pálido esquema. Solamente queremos pasar, alígeros, sobre su panorama histórico, para contemplar, embargado nuestro espíritu de profunda emoción, sus altos picachos, bañados por la luz maravillosa de la gloria.

Sabios, oradores, legisladores, retóricos, eruditos, poetas y artistas –¿no lo fueron todos, acaso?– forman apretada falange en las rutas de nuestro pasado cultural. Ellos dieron ilustración y personalidad a nuestro pueblo; ellos marcaron el rumbo de su porvenir, la simiente generosa y fecunda de sus ideas, son parte de su conciencia. Ellos le pertenecen, y él, le pertenece a ellos, por encima del abismo inescrutable de la muerte. Sus cenizas, tienen un sepulcro en todo Yucatán. Y sus sombras se agitan en nuestra mente, o se proyectan sobre nuestros horizontes espirituales, iluminadas en conjunto como una lejana, eterna y enigmática constelación, como para mantener viva en nuestras almas la fe en los destinos de nuestro pueblo.

Limitémonos a recordar aquí a unos cuantos: a Wenceslao Alpuche, nuestro primer poeta lírico; a don Justo Sierra O’Reilly, padre de la literatura peninsular; a don Olegario Molina Solís, primer Director del Instituto Literario de Yucatán: a don Serapio Baqueiro Preve, historiador; a don Eligio Ancona, historiador también y novelista: a don José Antonio Cisneros, talentoso dramaturgo; a don José Peón Contreras, nuestro más alto poeta dramático, gloria de las letras mexicanas; a don Manuel Sales Cepeda, esteta, filósofo, enciclopedista; a don Juan Francisco Molina Solís, brillante émulo de Clío; a don Delio Moreno Cantón, a don Néstor Rubio Alpuche; a don Bernardo Ponce Font, a don Ramón Aldana Santamaría, a don Vicente Calero, a don Gerónimo Castillo, a don Ramón Aldana y del Puerto, a don Crescencio Carrillo y Ancona, todos ellos maestros en el gayo saber.

Y viven aún, si bien que como peregrinos en lueñas tierras, pero –estamos seguros– con el pensamiento puesto en el solar que los vio nacer, los Mediz Bolio, los Rosado Vega, los Mimenza Castillo, los Covián Zavala, los José I. Novelo….

Inspirada en los ideales de la Revolución Social Mexicana, a impulsos de una época batalladora anublada todavía por el polvo de carcomidas estructuras sociales que las ansias de justicia de un pueblo derrumbaron, establecióse en Yucatán su tercera Universidad, la Universidad Nacional del Sureste, creada por decreto de 25 de febrero de 1922, a iniciativa y bajo los auspicios del que pronto había de convertirse en Mártir del Proletariado Mexicano: Felipe Carrillo Puerto.

Fue este instituto de alta enseñanza, un instituto esencialmente democrático, esencialmente popular, propio para satisfacer anhelos sociales que las universidades precedentes ni siquiera acertaron a adivinar desde la prisión de sus brumosos dogmas y de sus hinchados formulismos, gestores de espíritus contemplativos de almas embebecidas en éxtasis místico, y de mentes aletargadas en sueños antisociales.

La Universidad Nacional del Sureste fue la primera luminosa realización de la cultura revolucionaria que hoy vivimos.

En julio de 1938, bajo el Gobierno del señor ingeniero Humberto Canto Echeverría, la Universidad Nacional del Sureste comenzó a llamarse Universidad de Yucatán. Mas este cambio de apelativo llevaba en sí una profunda transformación. Tratábase, en realidad, de un organismo nuevo y de la implantación de un sistema educativo concordante con el desarrollo de nuevas necesidades.

La nueva Universidad de Yucatán, significa, sobre todo, universidad. Agrupa en un mismo recinto a todas las escuelas y facultades que la integran. En sus patios soleados, compostelanos, en sus vastos corredores, donde alienta una tradición estudiantil dos veces centenaria, nuestras juventudes se dan la mano con un solo sentimiento de clase, mirando al porvenir con una misma mirada, desde una misma atalaya y con un mismo supremo anhelo, que es ímpetu y es amor, porque destruyendo antiguas diferenciaciones, injustificadas categorías, crea un solo espíritu estudiantil y forja un solo sentido del deber, un solo concepto de la moderna función social del profesionista.

«Dormía –dijo Kant– y soñé que la vida era belleza; desperté, y advertí que ella era deber». «Si el deber es la realidad suprema –corrigió Rodó– en ella puede hallar realidad el objeto de su sueño, porque la conciencia del deber le dará con la visión clara de lo bueno, la complacencia de lo hermoso». Y nuestra juventud debiera grabarse estos pensamientos en el corazón.

El majestuoso edificio de la Universidad de Yucatán, que se inaugura esta noche, tiene, pues, un significado moral trascendente.

Es, en otro aspecto, culminación de una obra gobernativa perenne. De una labor que lleva implícito el sentido del futuro de nuestro pueblo, y que, como índice augural, señala una meta donde el numen de la Patria, logrará sus glorias totales, en la irradiación apolínea de su cultura en el porvenir.

En efecto, si se piensa en las borrascosas circunstancias que obstaculizaron casi todo el período de gobierno que está a punto de finalizar, es preciso reconocer que sólo una voluntad forjada en convicciones muy profundas, en una conciencia de responsabilidad a toda prueba, ha sido capaz de coronar con obra semejante un programa social como el que condensan las tres instituciones que caracterizarán siempre, asegurándole un lugar de honor en las páginas de nuestra historia, el régimen del señor ingeniero Humberto Canto Echeverría: el Hospital del Niño, el Campo Deportivo «Salvador Alvarado» y esta Universidad.

Consagremos aquí, también, un cordial voto de agradecimiento al señor general de división don Manuel Ávila Camacho, Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, por sus valiosos donativos a nuestra máxima institución de cultura. Su entusiasmo por organismos de esta índole y su grande amor a Yucatán, no hubiesen podido encontrar estímulo más significativo para nuestro pueblo, que el de dotar a su juventud estudiosa de medios de investigación científica que estaban fuera de su alcance.

¡Estudiantes que habéis recibido estos legados: que vuestra conciencia os dé fuerzas para conservarlos!

Una nueva Universidad en un edificio nuevo os abre sus puertas. Se os muestra el camino. Largo y dificultoso es el viaje de la vida que iniciáis, bulliciosos y confiados, «con un libro entre las manos y en la mente un ideal». Tal cantó un día Leopoldo Peniche Vallado, exquisito apolonida.

Accidentada es la marcha. Agobiadora la jornada. Mas tenéis la lámpara maravillosa de Aladino y el hilo de Ariadna, que son vuestra juventud y vuestra alma, no envenenadas aún por el desengaño y la mentira, para salir con bien del laberinto de todo mal, sin la tristeza sepulcral de la derrota, sin que los abrojos aleves de la senda destrocen vuestras sandalias y hagan sangrar vuestras plantas. Las lágrimas no han empañado aún vuestras pupilas, ni el dolor ha impreso su rictus melancólico en vuestros labios, ni el escepticismo ha ensombrecido vuestras almas.

Llegaréis a la meta. Escalaréis la cumbre. Plantaréis vuestro pendón en la cima, llevando todavía vuestras alforjas henchidas de ilusiones y vuestros sueños sin mácula.

Cantad, entonces, vuestro himno de hoy. Cantad ¡Alma Máter! Y seguiréis unidos, seguiréis vencedores, seguiréis hermanos, porque a vuestras mentes retornará el recuerdo de vuestra Universidad, y se posará dulcemente, calladamente, en lo más íntimo de vuestro ser. ¡Y seréis mejores! ¡Y seréis más fuertes! ¡Y seréis más humanos!

Continuará la próxima semana…

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