Nuevo Edificio de la Universidad de Yucatán en 1941 – III

By on febrero 17, 2022

Memoria de las Fiestas Inaugurales

III

El Nuevo Edificio de la Universidad de Yucatán

En el cruzamiento de las calles 60 x 57 de esta ciudad se levanta gallardo y majestuoso el nuevo edificio de la Universidad de Yucatán.

Es en el lugar que ocupara hasta hace muy poco el viejo abuelo, cariñosamente llamado así por las últimas generaciones que abrevaron saber y cultura en el Instituto Literario del Estado: y en tiempos lejanamente pretéritos el Colegio de San Pedro, fundado por los jesuitas. El moderno edificio de tres pisos, que viene a ser una nueva piedra angular en la historia de la educación superior de Yucatán, fue el feliz resultado de una radical transformación.

Al aproximarse a la nueva estructura, cautiva imperiosamente la atención el frontis, donde destacan austera, hermosamente el escudo de la ciudad y las molduras de ornato hechas en piedra chiluca de Querétaro –frisos, medallones, tableros y el capitel– talladas por las manos creadoras de nuestro artista huésped Enrique Gottdiener Soto, realizador también del portón principal de madera, los dos balcones superiores y la antorcha simbólica tallada en bronce.

Toda la obra artística del frontis está hecha dentro del estilo colonial plateresco (segundo período del Renacimiento español), mismo que impera, con ligeros matices, en casi todo el edificio, sin encuadrarse rígida, propiamente en ese estilo, sino ajustándose a las necesidades de la función a que será destinado.

Entrando por el ancho portón se atraviesa el sencillo vestíbulo que desemboca en el patio central. A los lados, dos escalinatas colgantes con barandales de hierro forjado conducen a los pisos superiores. En la pared lateral de la izquierda leemos en una placa de piedra de Sotuta, en letras españolas, a manera de pergamino:

«Por acuerdo del Ejecutivo del Estado se comenzaron los trabajos de reconstrucción y construcciones adicionales de este edificio en septiembre de 1938, suspendiéndose en septiembre de 1939. Se reanudaron en septiembre de 1940, habiéndose puesto al servicio de la colectividad el día 13 de diciembre de 1941».

Nada más. Un sobrio texto que expresa la modestia del Gobernante iniciador y realizador de la obra. Precedente inusitado en nuestro medio tan lleno de lápidas de autoincienso.

Continuamos hacia el patio central. ¡Qué impresión de austera quietud! ¡Qué señorial severidad en las líneas de sus arquerías! Nostalgia sin recuerdos de otras épocas…

Unos instantes vemos el edificio en pleno funcionamiento. La algarabía de nuestra grey estudiantil. Efectivo y confortador contraste: el nervio y la mentalidad presentes abatiendo el silencio y el prejuicio antiguos.

Descendemos de nuestra imaginativa peregrinación y observamos las locetas de piedra labrada que rústicamente cubren el patio en medio de la profusa vegetación de frescura; las viejas pilastras de piedra sobre las cuales descansan sus arcos de medio punto, quebrados en el piso segundo dándoles mayor movimiento y haciendo ensamble de los matices arquitectónicos, que encuentran su mejor expresión en el tercero. Entre cada arco un medallón color de piedra, ornamentados con hojas de trébol, formados por roles genuinamente coloniales. Arriba, los caños prominentes de desagüe (gárgolas), simulando saurios. Rematan las líneas columnarias en artísticos alfiles. La superposición de los distintos cuerpos de este tercer piso está hecha con un refinado sentido de la línea y de las proporciones.

En el centro del patio central, el brocal auténtico de un pozo colonial, de edad indefinida, en el que apunta una enramada de bugambilias.

En cada rincón un farol de hierro forjado, y en todo el piso bajo, coloniales lámparas del mismo tipo.

Precisemos mejor las reformas hechas. En el primer piso, cuyos departamentos se dedicarán a las diversas dependencias de la Universidad, hubo varias modificaciones. La ampliación de la biblioteca consiste en la anexión de varias piezas adyacentes comunicándolas entre sí por medio de arcos abiertos, ofreciendo el local la amplitud y ventilación necesarias. Un grupo de pintores y dibujantes, dirigido por el maestro escenógrafo, don Teodoro Zapata, se encargó de la decoración de los lugares más importantes. Aquí en la biblioteca apreciamos la nítida decoración estilo español catalán del siglo XVI.  En las paredes, los retratos de Andrés Quintana Roo, Justo Sierra, Eligio Ancona, Manuel Sales Cepeda, Antonio Cisneros, José Peón y Contreras, Delio Moreno Cantón, Crescencio Carrillo y Ancona, Ramón Aldana, Wenceslao Alpuche, Bernardo Ponce Font, Lorenzo de Zavala, Néstor Rubio Alpuche, Apolinar García, Juan F. Molina Solís y don Francisco Sosa. En sendas placas, los nombres de don Pablo Moreno, Jerónimo Castillo, Serapio Baqueiro y Juan Pío Pérez. Los mejores exponentes de cuantos en la vida cultural de la Península han sido. ¡Cómo evocan estas galerías las distintas épocas de la lucha por el pensamiento libre de Yucatán! Figuras, muchas de ellas gigantescas de la intelectualidad nacional. Su sola presencia será un estímulo para los futuros lectores universitarios.

Una de las naves del costado poniente se habilitó para Salón de Actos del H. Consejo Universitario. El maestro Zapata realizó la decoración de esta sala consistente en representaciones simbólicas mayas de fenómenos de la Naturaleza; el rayo, la lluvia, un eclipse de sol y la producción de los cereales, en las paredes laterales; y en el fondo, una escena de la ofrenda de copal y flores al «nacimiento de la primavera», en el edificio del «Caracol» de Chichén Itzá. En el plafón, los signos del zodiaco, la fantasía de un joyel maya con los cuatro puntos cardinales y la simbolización del día y la noche, tomada del Códice de Dresden. En la pared de la entrada, la representación gráfica de un detalle del telescopio mayor del mundo instalado en el Monte de «Las Palomas» en California.

Otra ampliación importante es el Auditorio o Sala de Conferencias, construido en la parte superior del gimnasio. Esta estructura está hecha totalmente de concreto armado: cubre una superficie de 270 metros cuadrados aproximadamente, con capacidad para 400 personas ocupando confortables sillas dispuestas en gradas. Aquí la última decoración, más sencilla, en estilo Mission a base de siluetas a dos tintas, interpretando escenas y figuras de la vida moderna.

En el resto del segundo piso, las modificaciones consistieron únicamente en la supresión de algunas divisiones y la adición de otras, para un mejor acondicionamiento de las aulas y laboratorios. La blanquecina luz mate de la iluminación fluorescente se disemina en las paredes de este piso, igual que en el superior.

La innovación medular radica en la construcción totalmente nueva del tercer piso, cubriendo toda la extensión del antiguo edificio, para la cual fue necesario demoler toda la techumbre, sustituyéndola con entrepisos de concreto armado. Este tercer piso consta también de salones amplios, bien ventilados, que serán destinados exclusivamente a laboratorios y aulas.

Por último, un departamento de tres piezas construido sobre el tercer piso del frontis, en segundo término, que se utilizará para la estación radiodifusora.

Existe el proyecto de construir dos estructuras más sobre las azoteas de las naves del costado sur, que funcionarán como observatorios. Se dotarán con sendos telescopios ecuatorial y meridiano.

Circundan el edificio, destacándolo, amplios jardines limitados por rejas de hierro ornamental.

Posiblemente la suprasensibilidad de algunas personas ya no perciba en las baldosas los pasos apagados del maestro Sales Cepeda; ni la familiar y venerada figura de don Nicolás Moguel, maestros de varias generaciones, a quien la perversidad de nuestros inquietos años estudiantiles mortificaba placenteramente. La pérdida de estas sombras, muy estimadas, se compensará con el notable adelanto de la pedagogía universitaria, aproximándonos más al ideal platónico de la educación, como una cristalización de los sueños de un gobernante progresista que no sólo se ha preocupado de los diversos aspectos de su administración, sino que ha dotado a la juventud de un magnífico santuario en donde se agitarán las ansias de renovación espiritual y económica de las generaciones del porvenir.

Salimos. La noche se nos ha echado de bruces, desflecándose tenuemente en las bombillas edisonianas de nuestra ya moderna ciudad. Ambulamos varias calles conservando todavía en proyección caleidoscópica en nuestra retina las magnificencias de la nueva sede de la cultura superior de Yucatán.

RENÁN IRIGOYEN

Continuará la próxima semana…

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