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Ermilo Abreu Gómez
Ya no soy hombre de muchas lecturas. Casa día me voy haciendo no diré más exigente con mis autores, pero sí más escrupuloso. Por otro lado, a mí ya no me dicen nada las famas que se hacen bien sea en los círculos literarios o en el fragor de la prensa. Ya he vivido años y más años para no advertir que casi todas estas famas las sostiene el viento. Nombres de mi época zarandeados por el clamor de un grupito o grupote y por el cacareo de no sé cuántas revistas hoy no los conoce nadie y yo mismo recordándolos me pongo a pensar en la tristeza de la vanidad humana.
Ya dije que leo poco. Debo decir más bien que leo lo que me interesa o se aviene a mi manera de ser o a mi temperamento. Pero también dije que me voy volviendo escrupuloso. No me es fácil así ponerme a leer cualquiera de esos libros que aparecen reseñados en las historias literarias y luego incluidos en no sé cuántas colecciones de nuestros clásicos. En ocasiones oigo a mis compañeros de clase que se despepitan acerca de esos ponderados clásicos. Los cubren de elogios, hablan hasta por los codos acerca de sus méritos, de sus profundos pensamientos, de sus estilos, de sus virtudes estéticas y demás lindezas propias de la gloria literaria. Antes yo me atenía a estos ditirambos y me ponía a leer semejantes libros. Me quedaba un agrio sabor mental después de cada página. Yo, inocente, pensaba “será que mi caletre anda mal formado y la belleza no la percibo”. Seducido por aquellos ditirambos volvía a leer. Me volvía a pasar lo mismo, no podía soportar tanta vulgaridad de pensamiento, tanta torpeza idiomática, tanto rebuscado afán de lucimiento. De vez en vez, tímido, señalaba a mis amigos, elogiadores de aquellos sujetos, una página o un párrafo. Y les hacía ver que aquellas líneas estaban mal escritas y peor pensadas. Nada, mis amigos me miraban sobre el hombro o me daban una leve sonrisa compasiva. Era como si me dijeran: “Tú de esto no entiendes”. O bien: “Nosotros estamos al cabo de la calle”. O bien: “Nosotros ya fuimos y ya volvimos de todas estas dudas y de estos desasosiegos”.
Pero un día mandé al demonio tanta pedantería escrita y oral. Me dije: de hoy en adelante, así, en forma autoritaria, en forma drástica, y sin más apoyo que mi conciencia y mi experiencia de lector, de hoy en adelante, digo, no tendré más juicio que el mío.
Y como lo decidí lo hice. Mi independencia me ha dado excelentes resultados. Desde aquella fecha, no le permito a nadie que me salga, así como así, con las virtudes de nuestros clásicos intocables y divinizados.
–¿A ustedes les parece un buen escritor? –les pregunto.
Me responden:
–Claro que sí, excelente.
–Bueno, pues tráiganme un texto cualquiera y hablamos –les respondo, sin más pormenores.
Y entonces dos cosas suceden: primero, que me traen el texto; y segundo, que si me lo traen les digo:
–A las pruebas, vamos a leer esto.
Y sucede que a la segunda línea aparece una falta de concordancia, una sarta de incisos y una retahíla de adjetivos vulgares y mal pegados. Y si luego nos vamos a lo del pensamiento, éste no aparece por ninguna parte si no es con el brillo de un reflejito, o el eco de una luz mortecina y que pasó por ahí.
Así invito a nuestros jóvenes estudiantes y a nuestros maduros profesores que tengan mucho cuidado con lo que se dice, se propala y se decreta acerca de nuestros clásicos. Hay que leerlos sí, hay que leerlos y examinarlos; y sólo después de directo y certero conocimiento se puede decir si son buenos o si son malos.
Cuando acabemos de leer con criterio libre, libre de prejuicios históricos, literarios y hasta políticos, el índice de nuestros clásicos quedará reducido a la cuenta de los dedos de una o de dos manos. Lo demás es para cubrir los programas de enseñanza y para lograr que nuestros alumnos nos digan con aire socarrón:
–Maestro ¿de veras a usted le gusta esto que nos acaba de recomendar? Porque a mí me parece una cosa horrible.
Y entonces debemos decir la verdad:
–Sí, es muy malo; pero aprende siquiera su nombre porque su nombre aparece en el programa…
Diario del Sureste. Mérida, 6 de agosto de 1963, pp. 3, 7.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]




























