Nombres

By on abril 7, 2023

PERSISTENCIA SONORA

XXVI

 

NOMBRES

 

El sábado antepasado le comentaba a Pedro Hernández, corrector de El Mañana, que la nueva fotografía en mi columna está saliendo invertida (originalmente, corresponde al perfil opuesto) y ello obedece a razones de composición con respecto a las poses de don Manuel y Mauricio que aparecen en la misma página. Verla acomodada de esa manera fue todo un hallazgo: comparando el derecho con el izquierdo, cada lado revela expresiones diferentes de la misma imagen. Me resultó provocador por inusual y una bruma mental me transportó a los juegos de desdoblamiento que usa Bergman en los espejos yuxtapuestos de su película Persona.

Un detalle simple como éste ha servido de pauta para comenzar a firmar con mi otro nombre que, curiosamente, representa lo contrario del primero. Guadalupe (en descomposición etimológica: guada, agua, lupus, lobo) viene significando “estanque o aguada donde merodean los lobos”, y Paloma, ya se sabe, es el símbolo universal de la paz, inmortalizado por Picasso.

Tal vez como manifestación de excentricidad dosificada, disfruto a plenitud la frecuencia con que amigos y familiares suelen llamarme con nombres distintos al mío. Hace mucho tiempo, después de varios años de dejar de vernos por distanciamiento geográfico, me reencontré con Chelito Parra en el Colegio México. Ella me saludó cariñosamente y, distraída como siempre ha sido, comenzó a llamarme Irma sin que hubiera aclaraciones de mi parte. Así se fueron dos años de primaria de nuestros hijos hasta que, en una junta, al repasar listas, ella me volteó a ver con desmesurados ojos: ¿Qué, no eres Irma Aréchiga? –Chelito, por el amor a Dios, siendo tú de Progreso y yo de Mérida, ¿no me has podido reubicar? Nos reímos hasta hartarnos, pero me siguió llamando Irma y yo le respondía halagada, pues era un obsequio ser confundida con una señora no solamente bonita, sino muy bonita en todo sentido, como es Irma Aréchiga.

Cuando comencé a cultivar amistad con Miguel Ángel Vidal Osuna; las modificaciones nominales se trasladaron a Elizabeth, que tampoco me disgusta, sobre todo por lo genuino que tiene la despistada personalidad de Miguel. Aunque los domingos vea la columna con todo y foto, él está convencido de que debo llamarme Elizabeth y, en todo caso ¿quién soy para rechazar las convicciones de un señor verdaderamente encantador y con tanta información musical registrada en el cerebro?

Cauteloso, Alfredo Arcos recurre al pragmatismo refiriéndose a mi como Madame Bello, impulsado, posiblemente, por la firme decisión de no errar entre ambivalencias; en cambio, Héctor Romero Lecanda hace mucho decidió comprimir sustantivo y diminutivo en Palopita. Un antropólogo que se ha acercado en algunas ocasiones a la mesa de intelectuales en la cafetería que frecuento en Mérida, cuando extiende su mano, hace una caravana y me dice: “¿Cómo ha estado, Laura?”

Estas situaciones me divierten muchísimo, quizá por motivos de reciprocidad, pues una de mis costumbres habituales es modificar el nombre o la pronunciación del nombre de mis afectos cercanos. Es probable que las personas relacionadas con el arte y la cultura, por su desarrollada sensibilidad, miren estas variantes con natural aceptación pero en otras cause desconcierto y por qué no, hilaridad.

Entre paréntesis, en Tamaulipas no existe una ley estatal que conceda a sus habitantes el derecho de reemplazar su nombre de pila por otro, por una sola ocasión. Para el efecto, habría que llevar a cabo un complicado juicio en la ciudad capital, pero al menos en Nuevo Laredo no existe ningún antecedente, según declaró hace algún tiempo el doctor Luis Onofre Hernández Madrigal, director del Registro Civil.

Sea Irma, Elizabeth, Laura, Palopita o Madame Bello, el lector y los amigos saben que, en esencia, se trata de la misma persona y puede orientar sus preferencias o inventar otras posibilidades, aunque en adelante prefiera yo usar Paloma, pues a estas alturas de la vida es privilegio disponer de libertad para hacer y decir lo que buenamente quiere uno decir y hacer. Y concluyo con una consulta a los lectores: ¿a poco no resulta sugestivo un nombre que evoca al ave mensajera de buenas nuevas después del diluvio?

Nota: El artículo fue publicado inmediatamente después de la creciente del Rio Bravo, cuando el ciclón Alex, en julio de 2010.

Paloma Bello

Continuará la próxima semana…

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