Mujeres y libros

By on abril 27, 2017

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Mujeres y libros

Afortunada divisa. Hermosa combinación que acoge la calidez de la letra y la tersura de Venus omnipresente. Nadie más indicado que un poeta para trazar las dulces correspondencias que rigen la sabiduría de los cuerpos y la vitalidad esencial de los signos que desgrana la humanidad en las múltiples expresiones de su conciencia.

“Mujeres y libros” es el título de un poema que el escritor hidalguense Efrén Rebolledo (1877-1929) incluyó en su Libro de loco amor (1916). Compuesto de siete quintetos de versos eneasílabos, su autor plasma en ellos el fervor que le inspiran esas figuras primordiales que dieron sentido a su existencia. Reconocido integrante del movimiento modernista en México, colaboró en las páginas de la emblemática Revista Moderna, y varios de sus textos fueron ilustrados por el extraordinario dibujante Julio Ruelas.

El ideal femenino que Rebolledo canta en estos versos corresponde al estereotipo de la mujer de piel blanca y silueta estilizada, de llamativa indumentaria y con cualidades físicas que la hacen irresistible: “lindas mujeres de vestidos/de seda y raso coruscantes,/que perturbáis nuestros sentidos/con vuestros labios encendidos/y vuestros ojos fascinantes.”

En lo que concierne a los libros, el poeta señala tanto sus rasgos sensoriales como su contenido filosófico y artístico, mientras que en el caso de las mujeres parece bastar su voluptuosidad y el goce que sus formas prometen. Como “amigos fieles” que son los libros, es un deleite palpar en ellos la suavidad de su superficie y la blandura de su empastado, y del mismo modo apreciar las viñetas que los adornan y las refulgencias de sus bordes. Otro punto de interés alude a sus “hojas virginales”, que resultan así no sólo por no haber sido recorridas aún por la avidez de los ojos sino también por el hecho de tratarse de materiales intonsos, por lo menos de manera provisional, característica dominante en un tiempo que ya no es el nuestro.

Las estrofas finales del poema hacen referencia por igual a las mujeres y a los libros, atribuyendo a unas y a otros los más apreciados valores, ellas en su papel de musas y los impresos como faros que orientan las búsquedas existenciales. El último quinteto reitera los primores que las letras y las agraciadas compañeras del varón traen consigo, pero advierte que pueden portar también la evanescente sustancia de las quimeras: “porque sois foco de ambiciones,/y dulce fruto de placeres,/y fuerte vino de emociones,/porque sois prismas de ilusiones/os amo, libros y mujeres.”

En la vida de Rebolledo, como en la de otros modernistas, las mujeres y los libros vibraron como florido testimonio de sus afanes, espiga germinal y entraña generosa de las más dignas potencias, aunque no debe olvidarse que en el horizonte temático de ese movimiento literario también figura la imagen de la mujer fatal, de alma retorcida y distante. Presencias de esta índole aparecen, por ejemplo, en la novela Salamandra, con que el mismo autor hidalguense puso de manifiesto su destreza técnica y su sensibilidad estética también en los géneros narrativos.

La calidad de la poesía erótica de Rebolledo contribuye a hacer memorable el conjunto de su obra, que merece ser leída con atención y no sólo resonar como una referencia más en los compendios de historia literaria que, pese a su utilidad, encierran la tentación de sustituir con sus lecciones el conocimiento directo de las fuentes en las que fluye la palabra con el esplendor que rezuman los genuinos actos creadores.

José Juan Cervera

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